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Miseria del posmodernismo (en torno a la filosofía de la historia)

Miseria del posmodernismo (en torno a la filosofía de la historia)

Miseria del posmodernismo (en torno a la filosofía de la historia)
noviembre 25
21:42 2013

Plaza de Armas (Daphne Rosas)

Plaza de Armas (Daphne Rosas)

Hay una pregunta recurrente desde hace ya casi dos décadas entre los que se han dedicado a teorizar sobre la Cuba contemporánea: ¿Está basada la ideología oficial en un discurso teleológico? La más reciente respuesta a esta pregunta ha venido de la mano de Emilio Ichikawa en un breve trabajo titulado El posmodernismo: la filosofía posible del anticastrismo.

Ichikawa cita un fragmento del editorial del periódico Juventud Rebelde, órgano oficial de la UJC, sobre el 10 de octubre de 1868. Allí se decía:

“En ese proceso de continuidad histórica, de objetivos de liberación nacional y social en correspondencia con las circunstancias de la época se enlazan –como eslabones inseparables– el 10 de Octubre de 1868, el 24 de Febrero de 1895, el 26 de Julio de 1953 y el 1ro. de Enero de 1959”.

Nótese que el texto en cuestión habla de “continuidad de objetivos de liberación nacional y social”. Por supuesto,  no hay tal continuidad desde el punto de vista histórico, tal como lo reconoce la frase, donde se intenta matizar esta contradicción, de “en correspondencia con las circunstancias de la época. En este sentido, pretender abolir la esclavitud era el equivalente circunstancial a lo que un siglo más tarde seria eliminar las relaciones capitalistas de producción. Esto no es una originalidad del castrismo pues ya Marx hablaba de “esclavitud asalariada”, usando una analogía para trasladar el sentido despectivo de una práctica social a otra.

Hasta aquí todo parece bien, sin embargo, Ichikawa considera este ejercicio más retórico que histórico de teleología y define esta última como la presuposición de que la historia tiene un sentido, “propósito”, dirección o finalidad que rige entre los accidentes particulares. Asimismo incluye que existe un patrón o rasero con el que medir si la historia va progresando, retrocediendo o está estancada respecto a esa finalidad. ¿Es este realmente el significado de teleología? Aristóteles en su metafísica, entiende que dicho sentido o finalidad está incardinado en la esencia o naturaleza de cada ser particular.

Como se ve para Aristóteles, creador del concepto que según Ichikawa invoca la ideología castrista, la causa final esta incardinada en la naturaleza de los seres particulares. En otras palabras, si se fuese aplicar esto a la historia de Cuba estaría en la naturaleza de los independentistas que en 1868 se sublevaron contra la monarquía española, la tendencia al socialismo que vendría a consumarse un siglo más tarde.

Es interesante que se use el término teleología simplemente como sentido de la historia, pues es evidente que es imposible ver un pensamiento socialista en aquellos independentistas. La revolución de Yara ocurriría veinte años después de que Carlos Marx escribiese su Manifiesto Comunista pero no hay trazo alguno de socialismo en documentos tan importantes como el Manifiesto de la Junta Revolucionaria, que de ser leído se verá que refleja los ideales del liberalismo que Marx apellidaba como burgués. Sin embargo, el marxismo reconocía un valor en este tipo de movimientos liberales, veía en ellos un carácter progresivo al oponerse a un tipo de sociedad pre-moderna, basada en la esclavitud y en donde se limitaban derechos básicos como los de la libertad de imprenta y reunión.

Lo cabalmente “posmoderno” sería, en términos de William James, pensar en un universo de posibilidades donde 1868 pudo dar lugar a una república libre y de pequeños propietarios y no a un pacto donde los revolucionarios no recuperaron sus propiedades confiscadas ni se obtuvo la independencia.

Sin embargo, ¿reconocer carácter progresivo implica suponer que un acontecimiento ha tenido como causa una finalidad que se encuentra más allá del mismo, en un futuro? Marx consideraba un progreso al capitalismo porque implicaba la negación de todo el pasado que hoy denominamos pre-moderno y planteaba una tensión que ha de ser superada en el comunismo. Ahora, una cosa es reconocer un carácter progresivo en un hecho histórico y otra pretender que un progreso futuro lo explica. Reconocer en la contradicción un progreso era propio del pensamiento hegeliano y su optimismo. Que la guerra de independencia arruinara al país, abriera el camino a que el capital norteamericano comprara enormes extensiones de tierra, se convirtiera en el primer propietario de la misma y creara un proletariado hasta entonces inexistente puede ser visto como efectos negativos de la guerra y justificar en cierto modo el planteamiento de los reformistas que quisieron evitarla, pero también ha sido visto como un mal necesario que crearía estas tensiones necesarias para alcanzar un estadio que se considera superior: el socialismo.

Ahora bien, en este último caso se justifica el pasado por el presente. Sin guerra de independencia no hubiera habido penetración del capital norteamericano y la creación de una economía dependiente de los altibajos del mercado americano. Precisamente, del intento de crear una industria nacional y dar tierra a los campesinos vino el choque con los Estados Unidos, según la historiografía oficial. Si esta es la lógica que está siguiendo Ichikawa (oponerse al “telos” de la historiografía e ideología oficial implicaría dejar de exaltar a autonomistas y reformistas como “la otra teleología” o la “racionalidad instrumental”), equivale a suponer que sin 1868 no hay 1895 ni 1933 ni 1959. En otros términos: no se puede criticar el encadenamiento causal que va de 1868 a 1959 y al mismo tiempo decir que el reformismo y el autonomismo fueron los derroteros deseables de la historia. Ambas presuposiciones históricas están basadas en la idea de que sin 1868 no hubiera habido 1959. Al respecto, me resulta interesante recordar como uno de los personajes de la novela Viejo muere el cisne, de Aldous Huxley (cito de memoria) atribuía la causa de la Segunda Guerra Mundial… ¡a la revolución francesa! (pues, en efecto, sin 1789 no hubiera habido Napoleón, sin este no hubiese terminado el Sacro Imperio Germánico ni hubiera habido Napoleón III, sin este último no hubiera habido 1871, y sin 1871 ni 1914 ni 1939). Buscar la causa de un acontecimiento siempre ha sido problemático.

Lo cabalmente “posmoderno” sería en términos de William James pensar en un universo de posibilidades donde 1868 pudo dar lugar a una república libre y de pequeños propietarios y no a un pacto donde los revolucionarios no recuperaron sus propiedades confiscadas ni se obtuvo la independencia. Si, por ejemplo, el intento de atentado contra Machado y su gobierno en los últimos años de la revolución del 1930-33 durante el entierro de Clemente Vázquez Bello hubiese sido exitoso, quizás otra hubiera sido la historia de Cuba. Quizás una figura como Batista no hubiera alcanzado la resonancia que tendría poco después.

Explicar el fracaso del 68 como resultado del regionalismo, caudillismo (inmadurez de la “Idea” nacional) o en última instancia “al bajo desarrollo de las fuerzas productivas” o a cualquier otro factor, implica apelar a ese finalismo que se quiere desterrar. En este sentido, reconocer un progreso (digamos, en términos de libertades civiles) en la Cuba de 1880 con respecto a la de 1867 no implica asumir la tesis de que el estadio alcanzado en 1880 explica lo acontecido en 1868. Por supuesto que la noción de progreso –salvo la relativa al progreso técnico que hasta ahora no creo ningún pensador posmoderno haya cuestionado, pues en muchos casos es el fundamento de su crítica a la modernidad (véase la idea de Lyotard de la transformación del saber en una “era” tecnológica)– es limitada.

Si fuésemos a comparar las libertades de hoy con las de hace cien años veríamos que ya es imposible que un maestro pueda ser llevado a juicio por ensenar la teoría de Darwin o que pueda existir segregación racial. Pero sí, a diferencia de otro tiempo, el gobierno puede espiar nuestra correspondencia electrónica, restringir el derecho de entrada a otros países (hablo de naciones democráticas, no totalitarias) y mantener en prisión a extranjeros sin garantías procesales. Igual problema notaba Benjamin Constant al comparar las libertades de los antiguos con las sus contemporáneos: se había ganado en cuanto a la libertad del individuo pero luego de que el individuo perdiera importancia dentro del poder político, una crítica que me resulta un tanto análoga a la de Marx. De manera que hablar de progreso sería relativo.

A pesar de que el posmodernismo ha sido rechazado por los marxistas cubanos, late en Marx una contradicción entre la idea de que el hombre no tiene esencia, que esta se disuelve en las relaciones de producción. De manera que no podría estar en la esencia de un modo de producción dar lugar a otro. Sin embargo, esta contradicción entre el determinismo hegeliano y el rechazo a la esencia se mantiene en el pensamiento marxista. Ya Marx, en una de sus cartas, reconocía como parte del materialismo histórico “la creencia en la victoria final del proletariado”. Sin embargo, esta creencia no forma parte de la ideología oficial desde el momento en que ya no se habla de proletariado sino de “pueblo”, y se plantea que la “revolución” –término que ha venido progresivamente sustituyendo al de socialismo– puede tener carácter reversible. De manera que la tensión posmodernismo-ideología oficial no tiene necesariamente que evadir el destino de otras doctrinas anteriores que llegado el punto han producido un intento de conciliación.

Por otra parte, la alternativa que propone Ichikawa (rechazar esos componentes (“objetividad” y “telos”); lo que equivale a negar la racionalidad de la historia y, de hecho, la historia misma), dejaría sin sentido al anticastrismo. Nadie se lanza a reformar o derrocar un gobierno o un tipo de Estado si no piensa que las cosas van a mejorar. Con esta perspectiva, daría igual si Cuba continuara indefinidamente con la batalla de ideas de 2000-2007 que con las recientes reformas. En este sentido, podemos descubrir que esta perspectiva”posmoderna” que tanto quiere huir del determinismo termina atrapada en el mismo. ¿Qué obliga a suponer que nada va a progresar? Lo contrario a la necesidad es la posibilidad y, en este sentido, un futuro mejor es una posibilidad. Pensarlo como una imposibilidad equivale a afirmar lo mismo que se quiere negar: la finalidad de la historia.

Sobre el autor

Ariel Pérez Lazo

Ariel Pérez Lazo

Ariel Pérez Lazo (La Habana, 1977). Master en Historia Contemporánea por la Universidad de La Habana, es profesor en el Management Resources Institute de Miami. Fue premio de ensayo Casa Cuba de la revista Espacio Laical en 2009. Ha publicado artículos para Convivencia, Diario de Cuba y Cubaencuentro, entre otros sitios digitales e impresos. Sus ensayos “La filosofía cubana”, “Martí: crítico de Darwin” y “Aproximaciones a un pensamiento filosófico cubano” han sido recientemente publicados en Amazon.

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