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Mitomanía

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marzo 29
22:07 2014

Perdí mi virginidad mientras el resto de mi familia paladeaba sus doce uvas para recibir el año 2000. En la televisión se escuchaban gritos de gente y en las calles los cohetones reventaban el cielo oscuro y amilanado de la ciudad; escuché también el choque de copas y los deseos que mi tío Ausencio le refrendaba a mi padre cada año: “Ya sabes lo que te deseo, compadre, este año sí vamos a ser campeones…”. Me había acostado con Ulises por dos razones: porque era el chico menos feo que conocía y para recibir el nuevo milenio con una novedad, aunque la verdad la pérdida de mi virginidad no significó nada ni alteró mi vida de ninguna manera (esta es mi primera gran mentira). Unos segundos después de la doceava campanada, emitida ad exordium por el reloj familiar —un armatoste alemán que hacía un ruido casi apocalíptico—, Ulises eyaculó emitiendo, igual que el reloj, ruidos extraños como de viejo enfermo de los pulmones, un pujido gutural, un sonido detestable; yo no tuve ninguna aproximación al orgasmo, aunque se diga que las mujeres somos capaces de tenerlos uno tras otro, como si se tratara de hacer pedorretas con los labios. Con el tiempo he llegado a creer que eso del multiorgasmo femenino es más bien un pretexto para intentar llevarnos a la cama cada vez que se les antoje (a los hombres). El principio natural justifica la perrería. Por supuesto que para muchos esto no es más que una especie de teoría de la conspiración, como también lo es esa de que las mujeres “sólo” dejan que los hombres “crean” que tienen el control. “¿Sólo crean?”, como si de veras a la gente le gustara dejar creer a los demás que tienen el control. Yo apenas estoy segura de tener el control de mi vida, aunque la vida, en este momento, se me escape entre las manos como peces podridos (esta es mi segunda gran mentira).

Después de aquella noche vi a Ulises un par de veces más y volvimos a acostarnos juntos una vez más; yo tenía una espina clavada, pues no sólo había arruinado mi vida sino que me había amargado la llegada del nuevo milenio: con la ilusión que me hacía que el mundo se terminara cuando el reloj diera las doce. (Mucha gente aún se aferró a la idea de que la hecatombe universal vendría con la llegada del año 2001, arguyendo que la llegada formal del nuevo milenio no era en 2000 sino en 2001. Todos sabemos que la profecía no se cumplió).

El rito fue idéntico que en la primera ocasión, sin variaciones: el cabrón eyaculó haciendo ruidos de viejo tuberculoso y yo me quedé ahí, recostada con las piernas abiertas, como si estuviera dando a luz a semejante mojón, que se quedó ahí frente a mí, con la cara desencajada y sosteniendo con la mano su miembro fláccido y untuoso.

¿Cómo pude acostarme con semejante imbécil otra vez? El rito fue idéntico que en la primera ocasión, sin variaciones: el cabrón eyaculó haciendo ruidos de viejo tuberculoso y yo me quedé ahí, recostada con las piernas abiertas, como si estuviera dando a luz a semejante mojón, que se quedó ahí frente a mí, con la cara desencajada y sosteniendo con la mano su miembro fláccido y untuoso. Fornicar es asqueroso, lo único que hace es ensuciarte, y no hablo de asuntos morales, sino de verdadera suciedad, de la sensación desagradable cuando el escupitajo obedece a la inercia y escurre como un crustáceo entre las piernas, como tentáculo enfermo de lascivia.

Después me enteré que Ulises se había vuelto homosexual (o quizá descubierto que desde el principio ya lo era, las conversiones repentinas, por experiencia propia, suelen ser sólo subterfugios para salir al paso de las críticas y asunciones familiares), lo que de cierta manera me insufló una microscópica esperanza en la sexualidad. Me pondría el hábito —en sentido figurado—, pero no renunciaría a fornicar como Dios manda en un futuro no muy lejano.

Así llegué al año 2018, con la esperanza escurriendo entre mis manos y dos hijos que no me daban dolores de cabeza ni retortijones en el estómago. Me había casado, sin querer, con un imbécil que no tardó mucho tiempo en dejarme embarazada de mi segundo hijo y que, apenas unos días después de dar a luz, había comenzado a ponerme los cuernos de manera sistemática con mi prima Eugenia; quien la viera, y con esto se pueden imaginar a la mosquita muerta de mi prima, pensaría que es una soberana pendeja, pero de eso no tiene ni un pelo, aunque hasta fechas recientes haya pensando que no me había enterado de nada, y que pese a las discreciones a las que ella y Carlos se aplicaban con extenuante sigilo, conocía con pelos y señales las maneras tan peculiares que tenían para apañárselas y ensartarse tantas veces como era posible.

Carlos mejoró mucho en la cama desde que comenzó a verse con Eugenia ¾lo dicho, de pendeja no tiene nada…¾, no sólo hizo a un lado el consuetudinario misionero, sino que consiguió lubricantes y juguetes sexuales que no por convencionales dejaron de surtir el efecto erótico esperado. Practicamos posturas extravagantes, unas más incómodas y efectivas que otras, entre las que llegué a favorecer la postura conocida como “Posición del simio” (yo le decía “el molino”, basta con mirar una ilustración extraída del Kamasutra para que comprendan mi lógica).

Como Carlos, comencé a ver con discreción y extremo sigilo a otras personas. Al principio aquello me pareció una excentricidad imperdonable, pero con el tiempo acepté que era natural que buscara en camas ajenas lo que en casa era incapaz de encontrar. Mi primer desliz fue con un muchacho universitario, tosco y, como pude comprobar ipso facto, sin experiencia y más proclive al fanfarroneo que a la veracidad. Sólo lo hicimos una vez, y baste con que diga que me recordó in extremis a Ulises: su precocidad para eyacular y su perseverancia en la emisión de ruidos de viejo tuberculoso eran casi idénticas. Tras algunos intentos, siempre fallidos, no tardé en conocer a Carmela, una española que no ceceaba y que a la menor provocación profería expresiones escatológicas y diarreicas, es decir, se cagaba en todo y en todos. Desde el principio de nuestra relación, como más tarde me lo confesó, Ella fue a por mí, con el claro propósito ¾como también me confesó¾ de lamerme el chocho. Yo, por mi parte, no tenía, primero, ni idea de que Carmela era lesbiana, y, segundo, de que yo misma también lo era, este detalle (o conversión, como quieran llamarlo) fue lo que me alentó a caer rendida sobre su sugestiva proposición.

Con Carmela descubrí el clítoris en el sentido metafísico de la palabra y aunque suene cursi o absurdo, mi verdadera vida comenzó con ella. Carlos y yo continuamos afanados a la “posición del simio”, aunque manifestando un creciente desinterés y una continua y mutua frustración. Hubo un tiempo en que incluso llegué a pensar que Carlos estaba convirtiéndose en maricón (o que la eclosión desde el closet comenzaba a torturarlo), pero no tardé en constatar que su falta de motivación conmigo se debía a los caprichos de Eugenita. Para su mala suerte, Carmela era masajista en el Spa donde Carlos y Eugenia quemaban calorías y derrochaban fructuosas y proteínas varias veces a la semana.

Cuando Carmela supo que la asidua pareja del gilipollas y la monja eran mi marido y mi prima, le dio una risa tremenda.

Sobre el autor

Francisco Laguna Correa

Francisco Laguna Correa

Francisco Laguna Correa nació en la Ciudad de México y actualmente reside en Carolina del Norte (Estados Unidos). Se licenció en literatura hispánica en la Portland State University y la Universidad Nacional Autónoma de México. Es máster en Filosofía y Antropología Social por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado, entre otros, los libros “Crítica literaria y otros cuentos” (Editorial Paroxismo, 2011) y “Finales felices” (rdeditores, 2013), libro de microrrelatos por el que recibió el Premio Literario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE).

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1 comentario

  1. Clara Vidal
    Clara Vidal abril 02, 15:02

    muy orgullosa de este cuento de Francis, la poesia esta ahi todo el tiempo rondando la historia, y que final mas preciso, es como un golpe en el silencio, Divino.

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