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Mitos del calentamiento global (I)

Mitos del calentamiento global (I)

Mitos del calentamiento global (I)
junio 05
15:38 2017

La teoría del calentamiento “antropogénico” (hecho por el humano) ha exagerado la incidencia de la deforestación y los combustibles fósiles, que son menores en comparación con los efectos naturales.

Estos escenarios pesimistas y alarmantes y este culto secular a la fobia del carbono que machacan constantemente los medios de comunicación, no disponen de bases científicas. Descartan los datos meteorológicos y astrofísicos, de satélites y de globos que sí establecen derivaciones científicas. Más de 31,000 científicos firmaron una declaración afirmando que los humanos no están causando el calentamiento global; otros 1,000 científicos escribieron un informe expresando que no hay calentamiento global en absoluto.

Sus defensores no tienen en cuenta el patrón de calentamiento y enfriamiento de los últimos miles de años durante nuestro período interglaciar actual, considerando sólo la “moderna” era instrumental de 1880 hasta el presente.

Se han analizado las inexactitudes en los datos climáticos históricos, las limitaciones de intentar modelar el clima en las computadoras, no se ha tenido en cuenta la consideración de la variabilidad solar y su impacto en el clima, los efectos de las nubes, las corrientes oceánicas y los niveles del mar en el clima global y los factores que podrían mitigar cualquier incidencia humana en el clima planetario.

El cambio climático es un fenómeno natural; una función del viento solar, una constante alteración en la órbita de la Tierra y de la inclinación de su eje. También es desechado el hecho que la actividad del Sol dicte más que cualquier otra cosa la temperatura de la Tierra. Los defensores del cambio climático pro-humano no contemplan las repercusiones de la energía solar, incluyendo la ionización atmosférica y la formación de nubes, como contribuyentes significativos de calentamiento global.

El Sol fluye en ciclos de corto y largo plazo. Así, la actividad solar aumentó bruscamente en el siglo XX, al igual que lo ha hecho con otros períodos calurosos en los últimos miles de años.

Debido al incremento de la actividad solar, las concentraciones de ozono en la estratosfera desde fines de la década 1950 hasta mediados de la década 1990, disminuyeron constantemente, provocando un crecimiento de la radiación ultravioleta (UV) en la superficie de la Tierra.

Esta radiación UV es la principal fuente de calor atmosférico, lo que ayuda a explicar el ascenso de las temperaturas durante la última parte del siglo XX. Así, el planeta se ha calentado aproximadamente 0,8 grados centígrados en los últimos 150 años, como resultado de que la producción del Sol ha crecido a niveles que no se han visto en 2,000 años.

Incluso, irónicamente, en la historia, los períodos de calentamiento global han implicado una mayor producción de alimentos y menos necesidad de utilizar combustibles fósiles para la calefacción.

En la Antigüedad, 250-400 d. C., el clima global era más templado que hoy, por lo cual se le calificó como el “período cálido romano”. En esa época, la actividad solar era alta, creando las condiciones templadas que ayudaron a la expansión del Imperio Romano. Luego, la actividad solar se desplomó después del 400 d. C., entrándose en un ciclo de frío brutal que incluso congeló al río Nilo en el 829 d. C.

Ya en pleno Medievo, la actividad solar amainó inaugurando un lapso cálido (950-1250 d. C.), que incluso permitió a los vikingos cultivar en Groenlandia y a los británicos desarrollar viñedos y producir vino.

De 1350 a 1850, nuevamente, la actividad solar se abatió entrándose en una era más fría, la llamada “Pequeña Edad de Hielo”, en la cual millones de personas murieron de hambre y enfermedades. Fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX que las temperaturas escalaron de nuevo a nuestro clima actual.

La Tierra ha estado sufriendo calentamientos durante los últimos 25,000 años sin que en ello interviniese la mano humana. Y cada aproximadamente 100,000 años hace lo mismo que está haciendo ahora. De hecho, se puede argumentar que el CO2 ha evitado que este planeta alcance las máximas de los calentamientos pasados. Porque a pesar de los efectos del CO2 este ciclo de temperatura es inferior que cualquiera de los eventos pasados.

Asumiendo que la Tierra inicialmente estaba en equilibrio térmico (la misma energía que entra al espacio), un aumento en la energía que viene del Sol hará que la energía empiece inmediatamente a acumularse en la atmósfera, en la superficie, en las aguas superficiales, en las profundidades oceánicas. Pero esa energía extra se distribuye entre todos los componentes de “la Tierra”, lo que lleva tiempo. Así, aunque partes del planeta comiencen inmediatamente a calentar, hay un retraso antes de que todo el sistema terrestre alcance la nueva temperatura. No importa si la energía proveniente del Sol deja de aumentar para que la energía de la Tierra siga aumentando.

La Tierra ha estado bajo el bombardeo del “horno” solar, absorbiendo un nivel elevado de radiación durante un período prolongado de tiempo, desde aproximadamente 1900.

Por lo tanto, si el Sol ejerce un impacto decisivo en el clima de la Tierra, ¿cuánto más influye nuestro propio tiempo galáctico en nuestro Sol y en su Sistema Solar?  Nuestra galaxia, Vía Láctea, puede tener un efecto mucho mayor en el Sistema Solar, como un todo, en especial por los eventos cósmicos catastróficos y las emisiones de rayos gamma del núcleo galáctico.

Hay energías desconocidas, y que ni siquiera podemos detectar, y que influyen en el delicado equilibrio de nuestro clima y en el campo magnético, pues estamos constantemente moviéndonos en áreas del espacio que nunca habíamos habitado antes. Nuestro Sistema Solar viaja a través de un medio interestelar cuya densidad y energía varían enormemente, y durante largos períodos de tiempo.

¡El Sistema Solar no está en un espacio fijo! ¡Nunca estamos en el mismo lugar en el Universo! El sistema solar está viajando a través de mucho cielo tormentoso, e incluso podría estar a punto de salir de la enorme nube de gas en la que hemos estado planeando a lo largo de por lo menos 45,000 años.

En esta época atravesamos por una nube interestelar de energía muy alta, que la NASA detectó en la década de 1970, pero sólo revelamos al público en la víspera de Navidad de 2009. Que nuestro Sistema Solar, el Sol y todos sus planetas se están moviendo en una zona potencialmente peligrosa por la desestabilización de la nube de energía interestelar.

Esto también explica los cambios climáticos planetarios que se han observado en varios planetas y lunas, y en todos los objetos de nuestro Sistema Solar, que son susceptibles de verse afectados por tales eventos. Hemos descubierto un fuerte campo magnético justo fuera del Sistema Solar. Los análisis hechos a partir de los datos del Voyager, muestran que las atmósferas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno están inexplicablemente excitadas, con inmensas tormentas, erupciones gigantescas, arcos de plasma que chorrean desde la superficie de los planetas hasta sus lunas.

La nave espacial Themis, como parte de la flota de la NASA, ha hecho tres importantes descubrimientos sobre las erupciones espectaculares de las auroras boreales llamadas “subterráneas” y la fuente de su poder. Los descubrimientos incluyen cuerdas magnéticas que conectan la atmósfera superior de la Tierra con el Sol y explosiones en las afueras de la Tierra

Los satélites han encontrado evidencia de que las cuerdas magnéticas conectan la atmósfera superior directamente al Sol, según el Centro de Vuelo Espacial Goddard, y las partículas del viento solar fluyen a lo largo de estas cuerdas, proporcionando energía para tormentas geomagnéticas y auroras.

Esta turbulencia es causada por una inyección externa de energía en las atmósferas de los planetas: a saber, una nube de energía interestelar que el borde delantero del Sistema Solar ha entrado ahora.

Del libro inédito Mitos del calentamiento global

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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