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Moraleja ronera

Moraleja ronera

Moraleja ronera
julio 03
12:23 2017

Moral. He aquí una palabra de fácil ingestión. Es ágil, biensonante y utilitaria. Tanto que puede ser usada para nombrar cualquier cosa. En La Habana hay un bar que se llamaba Moral. Supongo que quien lo bautizó fuera un jodedor. Aunque no necesariamente. Quizá fue de uno esos machistas pintorescos para quienes la mejor manera de exhibir la moral entre varones radica en matar el tiempo bebiendo ron o cerveza recostado a una barra, mientras cuentas tus hazañas de “hombre a todo” y lanzas piropos de dudoso gusto a cuanta mujer pasa cerca.

No creo que el Bar Moral haya sido nunca un eficiente propagador de otro tipo de moral. No era su función. Pero tampoco debe ser el motivo por el cual el régimen fidelista (con su habitual falta de sentido del humor) le cambió el nombre al intervenirlo. Ya que con el nombre actual, Cafetería Esquina de Tejas, exagera su aspecto desmoralizador: sucia, desabastecida, invadida por las moscas, con las paredes sin pintar repletas de consignas e imágenes politiqueras, y con el mismo ambiente machista y chulesco de antes, pero ahora agravado por la pérdida de ciertos caballerosos modales de los años cincuenta.

La moral, de acuerdo con el diccionario, es “ciencia que enseña las reglas que debe seguirse para hacer el bien y evitar el mal”. Pero los hechos indican que las reglas seguidas por las más influyentes figuras y entidades de la historia, desde Alejandro hasta Colón, desde la Iglesia hasta El Pentágono, han propiciado el bien de unos sin evitar el mal de otros. Así, pues, más que ciencia, la moral es tendencia con la que cada cual arropa su conciencia. En tanto, los moralistas salvadores de la humanidad se encargan de trazar las normas, regulando para las demás personas lo que tal vez sea mejor para ellos. Los hay incluso que regulan no a partir de lo que creen sinceramente, sino de aquello que más les conviene, o de lo que quieren hacer creer que creen.

Representativo es el caso de muchos cubanos, calados hasta la médula por el tremendismo fidelista, del cual no lograron salvarse ni siquiera algunos de los más enfáticos enemigos de Fidel Castro y su régimen. De espaldas a esa vieja máxima según la cual lo contrario del mal no es siempre el bien, ya que igual puede ser otro mal, nos fue impuesto en la Isla, desde que nacimos, la intolerancia y el ninguneo ante la opinión del otro. Y no sólo. También fuimos adoctrinados para llevar esos lastres hasta extremos de simpleza y oportunismo sin precedentes, un oportunismo de sesgo mitómano, que es el de quienes rinden culto a sus propias falacias y las venden como verdades incontestables.

Fidel nos repetía: si estás contra mi gobierno, eres traidor a la patria, enemigo del pueblo, mercenario, agente de la mafia, anexionista, o todas esas cosas juntas. Hasta que llegó un momento en que aprendimos a sobrevivir “moralmente” adaptando la máxima a nuestros propios intereses: “si no apruebas lo que yo pienso, el equivocado eres tú; y si suscribes ideas contrarias a las mías, eres mi enemigo”. Nadie nos enseñó a tiempo que aquellos a quienes realmente les interesa encontrar la verdad, deben empezar por desconfiar de todo el que asegure haberla encontrado y quiera imponerla a otros.

Y esa parece ser ya una carencia punto menos que congénita para los cubanos. Lo apreciamos a cada minuto en las redes sociales. Lo cual quiere decir que se trata de una constante del peor cubaneo, y no sólo del que se ve en Cuba.

Ahora mismo parecen ser muchos entre nosotros los que creen que la verdad, o sea, lo más válido moralmente para Estados Unidos (esta generosísima nación que nos acoge), consiste en aplicar la incorrección política a rajatabla, desmantelando el establishment que durante tantos años ha hecho valer la democracia como ejemplo y norte del mundo civilizado. No es así, por suerte. Pero de poco vale con nosotros. Porque trajimos ya incorporado al flujo sanguíneo que la única verdad es aquella en la cual nos hacen creer ciertos líderes.

Un poeta de tiempos atrás, en versos que no recuerdo literalmente, dejó dicho a los poetas jóvenes que reconocía su prisa por descomponer el soneto, al considerarlo demodé, pero les aconsejaba que antes de descomponerlo, aprendiesen a componerlo. Y es posible que alguna prisa semejante esté gravitando ahora sobre nosotros. Nos parece perfecto que alguien se proponga destrozar el establishment que es base de la democracia en Estados Unidos. Apoyamos apasionadamente el intento y, claro, descalificamos con vehemencia a todo el que no le apoye. Pero, ¿estaremos plenamente conscientes de todas las implicaciones que ello arrastra? ¿Acaso no sería preferible subsanar el sistema, serena, inteligente y ordenadamente, sin poses mesiánicas y sin dar palos de ciego o trompazos de elefante en la clásica cristalería?

Combatir la impostura desde la impostura, es algo que me recuerda la actitud de aquellos que le cambiaron el nombre al Bar Moral. Tal vez esto no sea más que una simple moraleja ronera. Lo admito. En cualquier caso, se trata de mi verdad personal. No pretendo que sea más que eso. Y así me corresponde defenderla. Pero, claro, sin descalificar gratuita y mañosamente las verdades de los demás.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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