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Mucho más que un gusano de seda

Mucho más que un gusano de seda

Mucho más que un gusano de seda
agosto 01
00:16 2017

En cierta ocasión José Kozer fue a dictar una conferencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, y vio que a la entrada del recinto, donde aparecía el enunciado con su nombre, alguien tuvo la mala leche de escribir el peyorativo “gusano”. Así que con su habitual serenidad, extrajo el bolígrafo y agregó “de seda”. Con todo, se quedaba corto. Su modestia, tan extraordinaria como su grandeza, no iba a permitirle aclarar que mucho más que un simple gusano, aunque de seda, es el más notable y prolífico entre los poetas cubanos vivos.

En rigor, si nos atenemos a la connotación que el fascismo fidelista aplica a la palabra gusano (la cual hace que muchos la reciban como un elogio y no como lo que es, un intento de agresión descalificadora), Kozer ni siquiera es un gusano, aunque de seda. En tanto distinguido poeta, sin aptitud para el maremagno de las controversias ideológicas y para el común tejemaneje con la dictadura de Cuba, ha vivido –vive– al margen de toda pasión política, con criterios bien definidos y verticales, pero sin disposición para la contienda. Y además, sin tiempo, de lo cual dan cuenta sus más de 9 mil poemas y 60 libros publicados.

Tal vez ese sano (y sabio) recogimiento en sí mismo explique de alguna manera por qué no es suficientemente conocido, y aún menos leído, entre los cubanos del exterior. Aunque el propio poeta parece haber contemplado otras razones.

En una entrevista que concediera hace no mucho tiempo al periodista y poeta italoperuano Maurizio Medo, Kozer afirmaba: “… en el exilio, mi poesía es atacada, o más bien mi persona y de paso mi poesía son atacadas: los ataques suelen ser venales, pobres, hijos del resentimiento, y de la frustración de muchos practicantes de poesía que siguen rimando banalidades y creyéndose los mejores poetas del mundo (por supuesto que incomprendidos, aunque el tiempo dirá, bla bla bla, etc.). Esto ocurre desde el ala de los poetas de mi generación, y de poetas de larga trayectoria desconocida, pero por el contrario, no ocurre de un tiempo a esta parte entre los jóvenes poetas y lectores cubanos que se han exiliado en la última década: son mis adalides, mis defensores, mis lectores, y en verdad los lectores que respeto y quiero”.

Sin duda, Kozer debió tener algún motivo para tales declaraciones. No obstante, a mí me parecen desproporcionadas. Y no sólo en lo que se refiere a la queja contra los poetas de su generación. También cuando habla sobre esos jóvenes exiliados en los que él cree ver entusiastas lectores y adalides de su poesía.

Igualmente me ha parecido excesivo otro criterio suyo que se relaciona con sus lectores dentro de Cuba. A propósito del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (uno de los pocos que ha recibido en su ya larga vida, y que le fue otorgado en 2013), Maurizio Medo le preguntaba: ¿Crees que Cuba apoyaría que se premiara a un exiliado? A lo que él respondió: “Por razones políticas evidentes, no. Lo que me atañe y alegra es que en mi país se me lee, hecho incontrovertible que ningún régimen puede controlar o impedir, ya que por mucho que se prohíba a un escritor, su obra penetra por canales secretos, a oscuras y segura. Yo no estoy prohibido, por el contrario se me publica, y el gobierno no se mete con o contra mi trabajo: ni lo alienta ni lo rechaza (que es bien pensado un modo de inexistencia que a mí en concreto no me hace daño)”.

Me resulta penoso aceptarlo, pero no creo que José Kozer sea leído en Cuba. A no ser que entendamos por “ser leído” cierta devota lealtad conque unos escasos lectores, poetas sobre todo, lo frecuentan desde hace un corto tiempo. Y aun así, habría que ver hasta qué punto han podido adentrarse de lleno en su obra.

Después de su exilio, en Nueva York, a los 20 años de edad, Kozer ha regresado una sola vez a Cuba, en febrero de 2002. Durante los 42 años que mediaron entre esa visita y la fecha de su partida, en 1960, había dejado de existir para nosotros como cubano y aún más como poeta. Y no me parece que la publicación de un fragmento bien limitado de su obra sea suficiente, ya no para enmendar aquella bruta anulación, sino para conseguir que prenda en el público la asimilación de un quehacer poético como el suyo, tan singular, vasto y diverso.

Cuando yo vivía en La Habana, recuerdo haber sentido vergüenza cada vez que pasaba por las librerías de Obispo, o la de O y 25, en el Vedado, o la de la Terminal de Ómnibus, o la de la Esquina de Tejas… y veía aquellos ejemplares de cubierta blanca –compendio de algunos poemarios de Kozer– muriéndose de risa en los estantes, amarillentos ya y cagados por las moscas, luego de varios años de editados sin que nadie los comprara. Quizá algún alma bondadosa, que quiere bien al poeta, le habrá dicho que sus libros vuelan de las librerías habaneras como pan caliente. Pero no es cierto, por más que duela.

Naturalmente, esto no merma ni en una pizca la condición de José Kozer como auténtico poeta cubano, uno de los fundamentales, no sólo por las bijiritas o jutías o palomas buchonas o totíes o vianderos de Santos Suárez que pueblan sus versos, sino, sobre todo, por las inequívocas esencias criollas que pujan desde el fondo de su universalidad. Asimismo es posible que no le afecte mucho que los lectores de adentro o fuera de la Isla no frecuentemos sus libros en la justa medida. El carácter imperecedero de su poesía no ha de perder demasiado con ello. En todo caso, perdemos nosotros, que nos privamos de leerla.

Tampoco creo que le sorprendan la comedida popularidad y el mesurado éxito comercial de sus libros, después que él mismo reconociera: “He sido toda mi vida un marginal, y no uso esa palabra gratuitamente. Por mi poesía y mi situación de cubano exiliado, por no tener el apoyo de un gobierno ni de una universidad, y ser demasiado transparente y demasiado bocón, he hecho una vida muy solitaria”.

En decir que logró hacer lo suyo, a pesar de los pesares. Y eso es más de lo que casi todos ansiamos conseguir en la vida. De modo que hoy puede gastarse el lujo de vivir recogido en su casa de Hallandale (a unos 40 minutos de Miami en automóvil), al margen, aunque grande entre los grandes, y a salvo de riquezas comprometedoras, de elogios, de premios cómplices, del cotilleo al uso, y privilegiado al poder declarar: “Soy un poeta jubiloso, mi poesía en última instancia es un gesto esperanzador, una cantidad determinada que cuenta y canta y cree en cosas mayores sin duda, pero también, y mucho, en cosas menores: una casa, un cuarto, una compañera con la que comparto toda una vida hace más de cuarenta años, la mujer que me enseñó a reír y a quien tanto por eso mismo le debo: la armonía cotidiana es posible, la felicidad media es concebible y hasta probable, se puede hacer vida interior en pleno siglo XXI”.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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