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Muerte del comunismo

Muerte del comunismo

Febrero 07
04:10 2011

comunismoEl socialismo tuvo un final sórdido. Los hechos refutaron su construcción ideológica: primero, la revolución no estalló en Europa o América, sino en los bárbaros confines del Este. Después, se desplazó al Oeste apuntalada por bayonetas y tecnología policial. Finalmente, se extendió hacia la periferia del mundo moderno.

La prosperidad del Occidente patentizó el fracaso de Marx, pues su bosquejada sociedad, canonizada por Lenin, no avanzó acorde con el desarrolló científico y técnico de la época. Su teorizada superioridad política, económica y moral se esfumó en el siglo XX, el cual no sólo demostró que las sociedades liberales eran superiores moralmente a las totalitarias, y la democracia más justa que el comunismo, sino que el sistema económico capitalista generaba más bienestar para las clases pobres que el socialismo.

La unidad monolítica interna de los partidos comunistas era un simple engaño, una fábula.  El lema del apoyo irrestricto del pueblo al socialismo no se lo creían ni los propios militantes comunistas. El nefasto mito revolucionario agonizó en medio de un absurdo amasijo de condicionamientos subjetivos y coyunturales esgrimido por una élite para eternizarse en el poder. Grandilocuentes en promesas de libertad humana y emancipación, los gobiernos socialistas resultaron regímenes tiránicos miserables y anacrónicos a lo Nicolas Ceaucescu, Enver Hoxha y Fidel Castro. Ya antes de ser fusilado por el delito de buscarle una alternativa al estalinismo, Nicolás Bujarin, el más brillante de los bolcheviques, había concluido que el marxismo en la práctica era un total fracaso. A una conclusión parecida arribaba Trotsky desde su exilio en Coyoacán.

Al ser el comunismo un sistema político que ignora y rechaza masivamente la libertad del individuo, acaba derrumbándose. ¿Pero si la sociedad totalitaria no aporta la salvación, cómo se produce la posterior muerte del esclavo y resurrección del humano libre? Tal es el primer dilema, pues la corrupción comunista no se detiene sólo en las instituciones políticas; el daño irreparable no es sólo contra la naturaleza y la economía, comprende también a las almas humanas. El segundo dilema es que debido a su naturaleza, a que el poder del Partido Comunista había sustituido a la autoridad del Estado, la caída del uno precipita la desaparición del otro.

El totalitarismo promete la felicidad para todos, pero sólo cuando se hayan eliminado quienes no son dignos de ella, las clases enemigas o las razas inferiores. Niega la autonomía de los sujetos individuales, su derecho a elegir las normas según las que van a vivir, precisamente cuando desea que la sociedad tomada como un todo quede liberada de cualquier tutela. Debemos  reconocer el horror de que son capaces los seres humanos. El humanismo no consiste en un culto al humano; no, el punto de partida son, aquí, los campos de Auschwitz y el Gulag de Kolima, la mayor prueba que se nos haya dado en el siglo XX del mal que el humano puede hacer al humano. La segunda característica es una afirmación de la posibilidad del bien, pero no del triunfo universal del bien, sino renunciar a sustituir al individuo por las leyes de la Historia. Para escapar del Estado universal, para no sucumbir a la tentación de edificar el paraíso en la tierra, mejor será no asumir la tarea de curar a la humanidad de todos sus males.

La primera instancia en el debate político e ideológico del siglo XX giró en torno al papel del Estado en la civilización. Precisamente, los sistemas comunistas, socialistas, las dictaduras y caudillajes centralizadores, las economías dirigidas fracasaron al inflar excesivamente el patrocinio del Estado sobre la sociedad y el individuo. Si la izquierda enarboló hace dos centurias la bandera de la libertad, hoy la libertad ha dejado de ser de izquierda. El comunismo ya es una mera referencia en los libros de historia, y sus profesantes son tan escasos como intelectualmente nulos. Sólo queda un puñado de despotías comunistas que se niegan a aceptar su derrota por miedo a perder el poder

Sobreviven aún, claro está, grupúsculos tentados por la utopía comunista, pero el trauma infligido por la experiencia del comunismo totalitario a los pueblos fue, a mi entender, demasiado profundo, demasiados graves los daños causados, para que podamos imaginar que la doctrina marxista-leninista recupere su seducción en un porvenir cercano.

El siglo XX, según el calendario cristiano, terminó hace una década, pero no deja por ello de obsesionar nuestras memorias.

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