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Nación centrífuga

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mayo 12
15:57 2015

“Contemplad, nuestras huestes triunfantes…”

Verso de los omitidos en “La Bayamesa”, el Himno Nacional

 

No exagero si digo que los cubanos andan-andamos cada cual por su-nuestro lado.

¿Usted sabe qué es un vector, que tiene dirección y sentido (no, no es lo mismo)? En fin, no importa. Pues somos eso más o menos: unos trece millones de vectores; algunos girando, sin dirección; otros, sin sentido; la mayoría divergentes. Es decir, de nuevo, cada uno por su lado.

El resultado es que no logramos hacer nación: es así de simple.

No sé si antes del Desastre era diferente. No puedo saberlo; tampoco importa. Es más, ni siquiera le daría crédito a quien  me dijera que sí, que efectivamente, que éramos-eran, en aquellos entonces, un pueblo –antropológico, no geográfico– relevante, envidiable (eso sí, los cubanos son-somos envidiosos: nos viene de casta), faro de nuestra-´la de ellos´ América y, si te esfuerzas un poco, del mundo. Suena exagerado, eso de que éramos algo, y que ya no lo somos.

Por cierto, en eso de exagerar, se sabe-sabemos, tampoco nos ganan; las playas más lindas del mundo; ajo, aguacate y ají, allá son mejores que aquí; no hay cielo más azul como tu cielo (que, en realidad, con tanta humedad, tiende a ser de un azul-blanquecino, gris a ratos, como el aro senil de los ancianos, o los mocos de la alergia; para cielo azul exagerado, váyase al desierto…); y la cahnepuehco, ¡ay, la cahnepuehco!, ni se diga, qué sabor cubano ese, a berrenchín, a sudor de puerco; caramba, Cuba, que linda es Cuba, derruida-sucia-despingada, a defenderla porque se quiere más –más lejos, por favor, más lejos, allá te ves bien, allá…

Disfrutemos entonces, ya encaminados en nuestra excepcionalidad, de la también nuestra comida cubana, ya se sabe, pantagruélica, copiosa, la más sabrosa; también la mejor del mundo –grasa con sazón, almidones fritos y azúcar para crecer–; del café, ¿qué decir?, ni se diga, que eso se inventó en Cuba, igual que singar bien; nadie hace el café como los cubanos, con chícharo, y cafeteras italianas marca INPUD. Cada cubano debe saber templar y templar bien; eso también se sabe. Pero hay mejores cafés, se los aseguro; el que yo tomo, por ejemplo, que es de casalapinga de Indonesia, lo compro en grano, lo hago cada mañana en mi cafetera, eléctrica, igual que el molinillo, que no son italianos ninguno de los dos: son americanos, o chinos, quién sabe; los chinos, que singan más que los cubanos. Los números no mienten.

Decía entonces que Martí, buen cubano, era igual de hiperbólico; exagerado como él solo –porque hay que ser exagerado para salir a cabalgar, en contra de unos soldados entrenados y armados con máuser, llevando una pechera blanca, orlada con un traje negro, y todo sobre un fondo de follaje verde oscuro–. José, decía, dijo, que un error en Cuba, un error en América, era un error en la Humanidad entera. Y esa es, fuera de discusión, la mayor exageración –después de su muerte-suicidio, por supuesto– que ha tenido lugar en la breve historia de nuestra nación en fuga.

Vamos, ni siquiera las convocatorias a la inmolación que disparaba el mesiánico en jefe, con su “cualquier cosa o muerte”, se le acercan a ese tremendismo martiano. El Apóstol, miope romántico,  exageró-extrapoló nuestra propia importancia sin llegar a imaginar que, por ejemplo, cien y pico de años después, trece millones de cubanos chapotearían en un error que parece eterno, que ya va por más de medio siglo, y que América como si nada, por no mencionar a la Humanidad: ya tiene bastantes problemas la Humanidad con musulmanes, los arsenales nucleares, y la temperatura; el hielo que se derrite, más de mil millones de personas viviendo junto al mar, incluyendo una buena parte de los cubanos: Miami, el Malecón, la playa en Long Island, Cojímar, Alamar, ya tú sabes, los cubanos dando el paso al frente, compartiendo los problemas de la Humanidad. Tengo que recordar vender la casa de Cojímar y, además, mudarme a Colorado antes que suba el agua. O a las Castkill. A un lado de esos. Tengo que empezar a buscar pincha allí, rápido, que se derrite…

Como si fuera poco, alguien dijo que los cubanos son-somos los judíos del Caribe. Alguien que, en un rapto de emoción ante su propia prosperidad, decidió endilgarse el mote. Con toda probabilidad, antes del ochenta, cuando todo era más sencillo: gusanos y revolucionarios. Los gusanos, desecando pantano, volando alto; los revolucionarios, demoliendo el país, encuevados en madrigueras de gusanos.

Desde entonces, pues los judíos de verdad, con un día a la semana menos que los gentiles, han seguido acumulando capital, poder político, curriculum en la academia, y laureados con el premio Nobel, mientras los otros, nosotros, los autodenominados judíos caribeños, de esa ajena gloria autoadjudicada, a estas alturas, sólo tienen-tenemos una canción con la que se dejan-´no me dejo´ convencer que los cubanos son de pinga, unos volaos, que acere qué volá, que yo soy cubano cantidá; nojotro los cubanos y el resto de la Humanidá, gracias a la Ley de Ajuste, porque de otra manera fuéramos dominicanos, o centroamericanos, no caribejudíos errantes, qué maldá.

Qué idea tan rara esa de judiocaribeños; se me ocurre que se le ocurrió a alguien que no conocía ni a los judíos, ni a los cubanos. Vamos, si ni siquiera caribe-sinagoga tienen-tenemos para vernos las caras una vez a la semana; sólo se-nos reúnen-reunimos como la basura que arrastra el agua hacia los caños: por gravedad, por masa crítica, todos a la plaza, por fatalismo geográfico, gregarios por casualidad, solitarios por nacionalidad; un millón en Miami, confinado entre el inglés y el agua del Estrecho; otro millón por cualquier lado, resistiendo el empuje de la escoba que nos quiere llevar al tragante, todos a Miami el primero de mayo, y el resto de año también, que en Miami yo en el mar me baño, todo el año: mi chicharrón en la sauesera, mi tamal en jayalía, mi soledad en cualquier parte.

Cada uno, entonces, por su lado. MYOB. Mind your own bussiness. Eso también se inventó en Cuba.

Los españoles, padres colonizadores-exterminadores-fundadores, fornicadores de negras, hacedores de mulatas y jamón ibérico, por su parte, donde llegan hacen mestizos, clubes y fomentan sociedades fraternales; se reúnen allí, a gritar, a comer bien, a ver futbol –soccer pues, que el otro nadie lo entiende, joder–, a jugar dominó en un bar minúsculo: yo los he visto, los veo, ahí, en Astoria, en Queens; como si fuera poco fundan, además, escuelas, institutos Cervantes, el idioma como bandera, atrayendo a propios y ajenos.

cintas_amarillas_CubaO los argentinos, europeos naufragados tan al sur, latinos emigrados acá en el norte, con sus escuelas sabatinas, donde enseñan sobre Belgrano, y a hablar español con entonación italiana. Mientras, en la acera del frente, se saludan sonrientes los coreanos, tan decentes, ataviados en trajes y corbatas, vestidos y pamelas –los asiáticos son la única minoría que le sube el valor a los barrios–; se reúnen entonces, decía, estos coreanos, bendición del real estate, a rezar en sus congregaciones metodistas y después a comer bulgogi –¡viva Hundai!–; un par de cuadras más allá, los musulmanes cuecen su medievalismo en el Centro Islámico, y los judíos desandan las aceras, todos a la sinagoga, cada sábado; pasan junto a las tabernas moscovitas de Brighton Beach, y los templos ortodoxos, donde rusos y ucranianos se observan con ojeriza durante misas interminables –ya lubliu Putina-Putin na juyá–, para después llevar a sus hijos a la paz de las escuelas dominicales, a que pulan el cirílico de sus padres, y se enteren de glorias de zares y bogatires.

Todo sucede, todos se congregan, mientras nosotros, los cubanos, centenares de miles de vociferantes cubanos, que no se-nos escuchan-escuchamos siquiera entre sí, pues los cubanos sí que no.

Los cubanos, minding their-our own bussiness. Los cubanos, tú pallá y yo pacá. Los cubanos, yo sí era tú nunca fuiste. Los cubanos, Cuba tenía tres pisos para poder acomodar tanta alcurnia y peculio. Los cubanos, yo soy tú no eres. Los cubanos, yo piscina, tú eficiency. Los cubanos, obesidad y complacencia, masa cárnica, mierda de perro. Los cubanos, yo dinero, tú pesteamierda. Los cubanos, me lo prometió Martí y Fidel me lo cumplió, calabaza calabaza, los cubanos, reunidos si acaso en la Plaza, carneros felices, acarreados, da igual, y cada uno pa´su casa. Cubanos, nuevo rico nunca pobre. Cubanos, de dónde tú eres, ah, de La Habana… Cubanos, este debe ser del G2. Cubano, y aquel, disidente mercenario. Cubanos, me la corto, es del G2. Cubanos, mi mierda no apesta. Cubanos, yo no fui, yo siempre fui. Cubanos, pallá pallá. Cubanos, nación a capella, volando en solitario, sin fechas para celebrar, y muchas para lamentar. Cubanos, nación de trece millones de naciones.

Nación, un carajo.

Así nos ha ido, y así nos va. Probablemente, así nos-les irá. Es-será así porque una nación sin sentido de nación, un todo que es la resta de sus partes, sin la capacidad para fundar, para rebelarse, para conversar, que no puede sonreír sin carcajada procaz, una nación de gente corriendo despavorida hacia afuera de la nación, no es nada.

Es, apenas, país –geográfico, no antropológico–; lugar para turistas que no regresan; tierra de casualidad para que descanse mi gente muerta; es la no-nación, la de los que andan-andamos cada cual, a solas, por cualquier lado.

Es, somos, la nación centrífuga.

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Sobre el autor

Alex Heny

Alex Heny

Habanero, hijo, padre, cubano, emigrante, escribidor. En ese orden, más o menos. Heny tiene esposa, tres hijos, un doctorado en Ingeniería y Ciencia de Materiales, y una gran disposición a opinar sin que se le pregunte. Actualmente vive con su familia en Long Island, Nueva York, ciudad donde edita el blog http://havaneroenny.blogspot.com/

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