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Nadie merece el Premio Nobel de Literatura

Nadie merece el Premio Nobel de Literatura

Nadie merece el Premio Nobel de Literatura
enero 30
23:51 2014

Me imagino que debí decir en Madrid, en 1977, que Vicente Aleixandre mereció el Premio Nobel de Literatura. Pero no me dio la gana. Vicente Aleixandre fue un buen poeta. Vicente Aleixandre es un gran poeta. Sólo que en cada país de este saturado planeta hay dos docenas de poetas tan buenos, grandes y eximios como el autor de La destrucción o el amor. En rigor nadie merece el Premio Nobel de Literatura. Nadie –sin que se cometa un tremendo acto de injusticia– puede ser señalado como el escritor mundial del año, que es lo que viene a ser el galardón sueco. Eso es tan estúpido como «la madre del año» o el «héroe de la semana».

Es lógico suponer que el descubrimiento de la penicilina es más importante que una loción para eliminar las espinillas. Probablemente no sea imposible establecer una relación jerárquica en los hallazgos de la física, la química, la medicina y hasta la vidriosa economía, porque el lenguaje científico es inequívocamente universal. La ciencia, sin graves errores, puede dictaminar la invención o el descubrimiento que más espectacularmente favorece al hombre, pero nadie, jamás, podrá convencerme de que el sentido hai-ku que un japonés cornudo le hizo a su casquivana esposa, es mejor o peor que el soneto de un inspirado poeta de Albacete ante la muerte de su cuñada. Si la poesía de ambos es buena, cualquier jerarquización resultará arbitraria. Sólo a un señor tan distante de la poesía como Alfredo Nobel se le pudo ocurrir el disparate de equiparar la literatura con las ciencias. ¿Cómo van a compararse versos? ¿Cómo van a compararse novelas? ¿Cómo, seriamente, puede decirse que Aleixandre fue mejor que Octavio Paz o que el premio Nobel debió ser para Carlos Fuentes y no para un novelista hindú? Además, ¿qué saben los suecos de la literatura universal? ¿Qué sabe nadie de la literatura universal para elegir al escritor del año?

Una primera versión de este texto apareció en el libro “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (Madrid, 1980).

Ubiquémonos en 1977, y hablemos en presente. Entre los académicos de Estocolmo sólo Artur Lundkvist, presidente, por cierto, de la Academia, escritor e hispanista, está más o menos enterado de lo que se publica en nuestra extraña lengua. Pero Lundkvist tiene sus filias y sus fobias. A Borges lo ha vetado por ser derechista –Lundkvist es filocomunista–. A Cela por provinciano. A Vargas Llosa porque es muy joven. A Nicolás Guillén porque no le parece serio. A Cardenal porque (justamente) le parece malo. A García Márquez porque nunca pudo desenredar el lío de la familia Buendía. Y es que Lundkvist, como todos, lee con prejuicios éticos y estéticos los pocos libros a que tiene acceso un lectómano que dedique cuatro horas diarias a entretener las retinas. Porque si el buen Lundkvist es capaz de leerse un libro cada dos días, al cabo de un año habrá terminado ciento ochenta volúmenes, cifra más bien modesta ante una producción española anual de veinte mil títulos.

Pero por lo menos hay un académico sueco incurso en eso que se llama hispanismo. ¿Cuáles son los especialistas en literatura turca, iraní, libanesa, hebrea, camboyana, mongólica, gallega o vascuence? ¿Cuántos libros en swahili han leído los académicos suecos?

Entendámonos: yo me alegro de que mi admirado Aleixandre se llene de honores y dinero. Me alegro porque sus versos me han gustado siempre y porque los escribe en esta pobre y olvidada lengua nuestra. Además, enriquecer y halagar a un poeta de golpe y porrazo, aunque sea una vez al año, como si se soltara a un Barrabás encarcelado, me parece la mínima e irónica restitución a que tenemos derecho del gracioso que inventó la dinamita. Sólo que además de parecerme estupendo, el hecho me resulta absurdo, demencial y arbitrario.

Una última reflexión de aguafiestas: los premios Nobel concedidos a españoles han contribuido, a medio plazo, a destruir el prestigio de los galardonados. El primero se lo dieron a Echegaray (por no dárselo a Galdós) y Don José acabó siendo el ejemplo que siempre ponen los españoles para ilustrar los horrores del teatro malo. Luego se lo dieron a Benavente y hoy no hay escritor español que se explique tamaño desatino. Los intereses creados, La Malquerida y otros dramones menores no resisten una semana de puesta en escena. Más tarde le tocó el turno a Juan Ramón y, confesémoslo, aquí, entre nosotros: Platero y yo es un texto sentimentaloide que sólo le gusta a los niños pedantes o a los adultos tontos. O sea, al mismo ente antes y después del bigote. Si a Don Vicente le hubieran dejado tranquilo, con su modesta fama para iniciados, le hubiera augurado una inmortalidad literaria sin sobresaltos. Con el Nobel a cuestas, no estoy seguro. Conociendo a los españoles y a los hispanoamericanos: Entre la destrucción y el amor siempre optamos por lo primero.

Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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