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Ni cubano apolítico ni tamarindo dulce

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Ni cubano apolítico ni tamarindo dulce

Ni cubano apolítico ni tamarindo dulce
Mayo 10
12:18 2016

 

Un afilado filósofo de las calles habaneras, el rockero Gorki Águila, se burla ingeniosamente de sí mismo cuando canta que aunque a él no le gusta la política, él sí le gusta a ella. Eso es describir de un plumazo el drama del apoliticismo en Cuba, a punto de convertirse en malformación de la mente y del alma.

Por más que el régimen se haya encargado de dinamitar todos los puentes que permitían escapar al influjo de su política, somos muchos, demasiados, los cubanos de ambas orillas del Estrecho que insistimos en presentarnos o en actuar púbicamente como apolíticos. Tal vez en el fondo constituya otro modo de asumir las enseñanzas de José Martí, para quien, en política, lo real es lo que no se ve. Pero esa aberración ante el autoengaño, o peor, ese intento de engañar tan flagrantemente, resultan ya patológicos. Si es difícil hallar una sola familia de emigrantes cubanos que no haya sido desmembrada y dispersa. Si mucho más difícil resulta hallar en la Isla a un solo ciudadano al que no le falte lo imprescindible para vivir sin sobresaltos. Todo por culpa del poder político. Si no hay, en cualquiera de las dos orillas, una sola familia entre cuyos miembros no se registre al menos una víctima de la violencia provocada por la política guerrerista y represora del régimen. Si este mismo régimen ha llegado a mantener entre rejas a unos 100.000 ciudadanos, entre presos políticos y comunes, luego de haber convertido el día a día en un calvario en el que resulta imposible no delinquir o no disentir… ¿Cuál sería entonces la lógica de quienes sienten o dicen sentir indiferencia ante su política? Dadas las circunstancias, sobran motivos para creer que de la misma forma que nuestro suelo nunca fue propicio para el tamarindo dulce, tampoco lo es hoy para el apoliticismo.

Claro que cada cual tiene derecho a ser o aparentar que es apolítico, si es lo que más le conviene. Pero no olvidemos que cuando el derecho de un individuo se ejerce en detrimento de los intereses del conjunto, resulta la negación de lo que debiera ser.

Por lo demás, es fácil entender el pretendido apoliticismo de muchos cubanos de a pie, temerosos, frustrados, escépticos, asqueados, cuya única alternativa es aplicar la picardía del indefenso. Sin embargo, trastorna y parte el alma asistir al espectáculo de los artistas e intelectuales (dicen que) apolíticos. Si entre nuestra población corriente el apoliticismo actúa como un recurso defensivo con el que se auto-humilla a conciencia, imponiéndose la obligación de hacer la vista gorda ante el verdugo; entre la élite de la cultura y el arte en el país representa la misma humillación, más una cobarde renuncia a su papel como pretendida avanzada intelectual y espiritual, y es una connivencia que les desacredita.

Alguna vez, a propósito de otro drama similar, el poeta Juan Gelman nos recordaba que para los antiguos atenienses el antónimo de olvido no era memoria, era verdad. Sin que sea necesario ponernos tremendistas, podemos parafrasearlos: hoy, en Cuba, el antónimo de apoliticismo no es politicismo, es decencia.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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