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Ni el rastro de una pelusa

Ni el rastro de una pelusa

Ni el rastro de una pelusa
febrero 01
23:52 2015

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí
Augusto Monterroso

Joel y yo —mi amigo que ya les presenté desde el primer relato—, un día como muchos, nos pusimos a hablar de la Isla, y de que los científicos ahora estaban estudiando el fenómeno de transformación que desde hacía muchos años le ocurrió a ese ser histórico, innombrable, que —sabrá Dios por qué sortilegio del vudú— de equus caballus pasó a tyrannosaurus rex.

De manera inevitable, al hablar de la Isla hay que hacer referencia obligada a esa entidad extraña que era el Rex, no se puede dejar de decir que la Isla llevaba ya más de 50 años dominada por esta portentosa criatura, y los cineastas lo sacaban en películas jurásicas, y en documentales y noticieros de la televisión americana y europea, y los escritores lo publicaban a granel en libros de biografías y reseñas, en contra y a favor… pero últimamente el motivo principal era el hecho de tratar de comprender que, por encima de lo que la biología (bueno, la zoología) parece decir, el Rex aún estaba allí.

A unos cuantos actores de Hollywood les había dado por irlo a ver, porque admiraban cómo aquella criatura se había mantenido tanto tiempo sin cambiar de rugido, con una misma articulación gutural que con los años solo el sonido se le ha venido haciendo más ácido, estruendoso y repetitivo. Y lo animaban con sus visitas, con sus elogios; no sólo los actores de Hollywood (algunos con el pretexto del cine, pero lo que les interesaba era el exotismo de tirarse fotos con el Rex), sino muchos políticos que hasta lo envidiaban y le temían porque su lengua podía decir secretos que a ellos no les convenía que se rebelaran (Parece que el Rex le hacía un expediente a cada uno cuando visitaban la Isla y hacían cosillas más allá de sus deberes, cuando le daban rienda suelta a sus fantasías por creerse en la magia de una Isla que les permitía lo que en sus países era muy complicado de hacer. Así, muy diplomático pero por sus conductos ocultos, Falexdel les advertía de las cosas que no se debían hacer cuando ya estuvieran en sus países, fuera de sus vacaciones insulares, para que anduvieran derechitos, para que no se salieran del juego que tenían con él). Y por ese ánimo el Rex se movía mucho mejor, como si el mundo nunca hubiera cambiado; y caminaba y tenía sus dedos y uñas bien finas, falanges, falanginas y falangetas largas, huesudas y suaves, y no se parecía en nada a un dragón senil (que dicho sea de paso: no era un dragón, porque estos viven en la imaginación infantil). Pero eso sí, era un Rex dando coletazos año por año, y los coletazos llevaban mucho tiempo, muchísimo tiempo, estremeciendo los dos lados y las dos puntas del zoo que ha sido la Isla (debido a que la mayoría sonreía ante las cámaras y lo celebraban por todo lo alto, mientras que por lo bajo lo maldecían, ¿pero qué podían hacer, era el Rex?).

Este rex-pater era un rugidor que constantemente se mantenía gruñendo, más que hablar, bablando. Como ha dicho Caín: “…iluminando a los reunidos y a los temas con su verbo, que siempre se convertía en verborrea”.

Probablemente él (quiero decir el Sempiterno Rex) también perteneciera a la especie de los dinos, pero no uno cualquiera (mucho menos un dragón, insisto; este animal mitológico se relacionaba con leyendas de caballeros y princesas, de tesoros fabulosos y espadas mágicas, y yo los apreciaba muchísimo porque de alguna manera los dragones tenían que ver con mi imaginación). Sin duda, el Rex se caracterizaba por ser un rugidor (Grrr…) que a veces daba risa y a veces daba espanto (proyectaba pavor cuando la gente no le hacía caso y le llamaban Bablador-Rex y Sempiterno-Rex, o Narciso el Orgo-Rex, o Mico-Rex, o Tutankamon-Rex, o los miles de nombres que los bienintencionados le inventaban), más cuando levantaba su dedo índice con la uña afilada, limada y acicalada en señal de admonición, de regaño y de amenaza, pero antes se sabía que sus araracas y gruñidos respondían a una estrategia, en bien de sus súbditos, naturalmente, y aun cuando esto conllevaba un supuesto ímpetu de ser el Gran-Narc-Is-o-Rex, era una manera de crear su espejismo y su propia visión (la visión y el espejismo de Falexdel, su verdadero nombre, cuando se hablaba de las Crónicas de In al-Uz), que él se la creía, como benefactor de los que estaban con él, puesto que su poder se declaraba omnímodo y perenne casi por ley… bueno, su rugido en cualquier discurso era ley. Y la gente de seguro se lo comentaba con el pensamiento: “Sigue bobo, síguetelo creyendo, que ya te llegará tu turno”. Pero nada, ¡qué turno ni qué ocho cuartos!… Porque en el transcurso de los años, nadie había imaginado (ni sus más allegados) que un xer así, primero equus caballus y en seguida tyrannosaurus rex, lleno de rabietas por defender sus ideas irreprochables, convencido hasta los tuétanos de su Verdad, plantado en sus 13, con el firme propósito de que sus Enemigos Unidos lo respetaran y supieran con quién se metían, puesto que ya había demostrado ser un genio para mantenerse en el poder, y nadie se imaginaba, repito, que pudiera durar tanto, que pudiera resistir tantos bamboleos políticos, tantos ataques y tanta energía en su contra proveniente de los deseos mentales y prácticos de los miles y millones de contrincantes y disidentes que con los años se le habían venido sumando.

El caso es que, por encima de todo, el Rex se mantenía allí, como si el mundo necesitara de su presencia para seguir siendo el orbe macabro y grotesco de las contradicciones, del absurdo objetivo y concreto que cada día deformaba (y deforma) más la realidad de la vida en la Isla, y de buena parte del mundo (¿por qué no?). El mundo también estaba pendiente de él por los shows asombrosos que provocaba cada año, para que la opinión pública internacional, queriéndolo o no, estuviera pendiente de su fosilidad: eso que siempre se ha dicho de que muchas veces la realidad es más fantástica que la propia fantasía.

Sin embargo, en el caso del Rex-Rugidor-Sempiterno la realidad de él mismo y de sus alrededores había devenido grotesca y tétrica (por culpa de los Enemigos Unidos), que más que una fantasía se presentaba a modo de una pesadilla salida de los malos sueños del Demogorgon, allá por los inicios remotos de todas las leyendas (el Demogorgon fue/es una entidad creadora de dioses y monstruos).

Para decirlo con honestidad, el ejemplo del Rex ha sido algo que no ha tenido parangón en los anales históricos del poder (porque realmente no hay una explicación coherente ni científica para tanta suerte de vida, para joder tanto a los que se le oponen y para tanta permanencia en un poder que, incluso, durante mucho tiempo su presencia invisible se ha salido de la Isla y se ha inmiscuido en los asuntos internos de muchos países… ¡Oh!, por supuesto, por el bien de esas naciones, que no conocían/conocen la Verdad del Rex. Es un proceso que nunca se ha logrado explicar ni entender bien, y que, quizás, solo se podría catalogar de “impredecible”. Sí, la solución del proceso que el Rex ha creado también puede ser “impredecible”. Aparte se podría añadir algo que entraría en las probabilidades, como que es el hecho de que la actuación de los Enemigos Unidos le propició al Rex la estratagema fehaciente de decirle, gruñirle y rugirle a los isleños sobre la Invasión-del-Nunca-Acabar, lo que impuso una era de miedo crónico y de grotesco (un absurdo virgiliano de miseria y carnaval)… Pero nada, en la Isla se mantiene el Rex a todo tren, con su dedo admonitorio…

El Rex nunca fue un dragón, ya dije, porque nunca ha cuidado riqueza alguna para los isleños ni tesoro nacional, sino que derrochó la riqueza y el tesoro nacional por el bien de los isleños, porque es mejor no tener nada y ser pobre, víctima y pelagatos, igualados en miseria y esperanza ante el Enemigo. De esta manera, “con su mejor intención”, intentó hacer creer a los isleños de que había que ser pobres como los demás pobres del mundo, así se practica bien la solidaridad, lo que los llevaba a mostrarse como los perfectos servidores del Rex. El asunto es que, en su época clásica, antes de ser un vejestorio vociferón en bien de Su Causa, el Rex fue Sadim, un rey Midas-al-Revés que todo lo que tocaba lo transformaba en porquería, división y desarraigo (bueno, esto lo han dicho los Enemigos, así que no les crean), pero si ha habido “porquería, división y desarraigo” ha sido para el bien de los isleños y de todos los pobres del continente y del mundo, para que crezcan los pobres.

El Rex, repito, continuaba allí, continúa allí hasta el momento en que mi amigo Joel y yo estábamos sentados en el den de la casa de su Siren-Sister-in-Love (su cuñada, la de Joel), tomándonos unos traguillos de ron Bacardí y comiendo pedazos de pan con sardinas, hablando de estas cosas y de vez en cuando contemplando los peces y el enorme golfish que nadaba su esplendor en una de las tres peceras; incluso, aún en estos momentos que escribo continúa allí, no el pez dorado, no, sino el Rex, como si aparente, presunta y supuestamente al sabio Monterroso se le hubiera ocurrido su minúsculo cuentecillo del dinosaurio debido a que hace muchos años hubo de pensar o soñar con el Rex.

Ha sido algo macabramente curioso el hecho de que muchísima gente y uno mismo se despierte todos los días de este ahuevado planeta y se encuentre que el Rex está ahí, allí, acullá, que sigue siendo el Rex, que además se ha superpuesto a la vida de muchos que apostaban y velaban para verlo pasar en el camino hacia el milagroso y salvífico Averno, para quedar debajo de cualquier páramo, o de una enorme y bruñida lápida, sellada por miles de toneladas de hormigón (donadas por innumerables países e instituciones de prensa y derechos humanos), para que su espectro y su mito de Rex paternal y bondadoso no viniera a sufrir otra vez a este mundo loco que jamás lo comprendió y que tanto lo ha hecho y lo hace sufrir.

El Rex, a pesar del cansancio de la gente, y de su propio cansancio por luchar y luchar, y de que la Isla, en mucho más de 50 años, por el peso de él y de los coletazos de su Causa, se ha hundido unos cuantos centímetros más en el mar; el Rex, insisto, para no abandonarnos a nuestra suerte de quedarnos sin él, se trasmutó en fósil viviente; un fósil que continuaba/que continúa allí, hasta este momento en que escribo (2014), señalando con su uña acicalada del dedo índice, afilada por el mismo tiempo, hacia el enemigo preferido y pérfido de la Isla, del planeta y de cuantas cosas se le ocurrieran, porque el imperio, a pesar de su poder monstruoso, era/es entrañablemente amigo de él, y se deja poner cuanto cartelito el Rex necesita; aunque en los últimos tiempos (2003 – 2014…) se podría descubrir otro enemigo, porque el otro enemigo también estaba ahí, siempre, decía/dice él. El Enemigo podría ser al derecho y al revés: los EU o la UE (es decir: la Unión Eu-boba), no importa, solo que las letras se cambian de lugar y se acabó, sean-se-acabó o safis toquis mequis, como decía el padre de Joel. El caballus-rex, que ilusionó al mundo con su crin y su fuerza de cuidador de la Isla y del orbe, estaba allí, trasmutado en Sempiterno, con su pensamiento de saga y falo, su artificio de ideas y su narc-o-isismo imbatible para bien de los isleños, vivito, escribiendo sus riflexiones y moviendo su cola para que todo el mundo supiera que seguía siendo el Rex.

Por eso, recordando ahora a Caín —comentó Joel—, eso del proverbio chino que usó, eso de que “Lo peor del dragón está en la cola”, refiriéndose a los coletazos del Rex (aunque, repito, no creo que el Rex fuera un dragón, sino un tiranosaurio), los coletazos que ya se van haciendo antológicos, por esa buena intención de que el Rex había y ha tenido con la Isla y con el mundo, cuando ya se acaben los coletazos y no esté, entonces lo que quede de él y de su cola se quemarán, y sus cenizas se volverán a incinerar, y se incinerarán una y otra vez, una y otra vez, y así sucesivamente hasta que no quede ni el rastro de una pelusa… De esta manera, y con mucho gusto, le rendiremos merecido homenaje.

Bell, julio de 2004 – Eastvale, julio de 2013,
durante los desérticos veranos de California

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http://palabrabierta.com/

Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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1 comentario

  1. Juan Beltran
    Juan Beltran febrero 12, 15:07

    POR TEXTOS COMO ESTE ES QUE NUNCA ME PIERDO NEO CLUB PRESS

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