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Ni muerto

Ni muerto
diciembre 09
15:18 2016

 

Era una frase incómoda. Sólo los más viejos lograban pronunciarla sin atarugarse. Y es que venía de atrás. Del tiempo en que las mujeres guardaban pañuelitos de estreno para ir a los velorios, porque lo suyo era llorar calladamente. En tanto, los hombres iban de punta en blanco, guayabera, tabaco en el bolsillo, jipijapa en la mano, cara de circunstancia, y con la frase lista para desencolar al doliente: “Le acompaño en el sentimiento”.

Parece que sus hijos encontraron demasiado embarazoso esto de acompañar en el sentimiento a todas las viudas y huérfanos de la ciudad. Entonces se dieron a cambiar la tónica. Con el mismo énfasis pero desde una cierta distancia, decían: “Mi más sentido pésame”. Y a su vez, los hijos de los hijos aplicaron otra vuelta de tuerca. “No somos nada”, murmurarían más tarde ante los familiares del difunto, con un sugestivo ladeo de cabeza.

Poco a poco, los habaneros iban sacándole el cuerpo al pésame de sus mayores. No por indiferencia ante el dolor, ni por falta de solidaridad, sino tal vez por el escrúpulo de no expresar más que aquello que realmente se piensa o se siente en estos lances.

En los años ochenta, del siglo veinte, los hijos de los hijos asistían aún a los velorios, mas ya era raro verlos emplear las frases de rigor. En su defecto, venía bien darle la mano al doliente y soltarle boberías tales como “Y qué”… “Qué es lo que hay”… “Cómo anda”. Pero con idéntica actitud protocolar. Incluso todavía no se desechaban los ojos aguados, la cabeza gacha y ese cierto chasquido con la lengua que se pinta solo para manifestar contrariedad o duelo. De otro modo no podía suceder, toda vez que la solemnidad ha representado siempre para los cubanos lo que representa el comino para los frijoles negros: no lo es todo, pero da el punto exacto.

Claro, en los ochenta Cuba estaba inmersa, o sumergida, en eso que llaman la Revolución. Así que además de solemne se fue haciendo sacra. Y más, litúrgica. Tenía que cambiar por fuerza la representación del cumplido luctuoso entre persona y persona. ¿Acaso no había cambiado todo, incluida la propia visión de la muerte?

Por un lado, se inflamaba el verbo en los discursos ante millones de seres dispuestos a ofrendar sus vidas en el altar sagrado de la patria, o ante la impoluta memoria de los mártires, o ante la predestinación a vencer o morir, o ante el sacrificio heroico de no dejarle al enemigo más que las cenizas de la isla anegadas en sangre. Por el otro lado, se escurría el luto íntimo, a hurtadillas, como con vergüenza, perdiendo volumen. ¿A quién, luego de aquel mayúsculo ceremonial, se le hubiese ocurrido ir al velorio de un amigo, muerto el pobre en la cama, sin tirar ni un hollejo, a decir que la suya era “una irreparable pérdida”? ¿Qué muerte común podía inspirar frases a la altura de “vivan los héroes eternos del pueblo”? ¿Qué significado podía tener la muerte de aquel que se cayó de una escalera, ante la gloria de quien salía invicto, sin el más leve arañazo, de cientos de atentados planeados, pagados y ejecutados por la mayor potencia militar del planeta?

Fue la bancarrota del pésame. Ya ni siquiera hubo un simple “Qué hay”. Los hijos de los hijos de aquellos menos viejos les daban al doliente muy breves golpecitos en el hombro. Y ya. Los nietos, como no sabían qué hacer, ni qué decir, optaron por darle el esquinazo. Hoy resulta más fácil cosechar gladiolos en el Ártico que ver a un joven habanero asistir al velorio de un pariente, un vecino, un conocido. Y si va, no dice ni esta boca es mía.

Desde luego que no es el único cambio que trajo a las costumbres esa sacralización a gran escala y ese desasimiento de lo personal por lo masivo que hemos padecido a lo largo de los últimos casi sesenta años. No es siquiera el único cambio de consideración que se introdujo en los velorios.

Quizá como ninguna otra expresión de la cultura popular de la Isla, aquellas ceremonias fúnebres exhibían una de las más rotundas cualidades del carácter cubano, a saber, el contraste, el equilibrio casi milagroso entre dos extremos que en cualquier otra latitud se contraponen pero que allí se complementan del modo más orgánico: la circunspección y el desenfado, la solemnidad y el choteo, el melodrama y la fiesta, lo serio y lo ligero, lo trágico y lo cómico, el llorar y el reír sin transiciones.

Aun los viejos más viejos llegaban junto al ataúd, daban el pésame con toda pompa, y no obstante haberle prometido al doliente acompañarlo en su sentimiento, se iban a un rincón de la capilla, o de la casa familiar, a intercambiar chistes y cuentos de relajo. Resulta proverbial la tradición (hoy extinguida) de pasar la noche en una funeraria bebiendo chocolate y café calientes, charlando, riendo, intercambiando chismes con viejos conocidos, muchos de los cuales volverán a encontrarse sólo en ocasión de otros fallecimientos. De esas irrepetibles noches han surgido bromas que hoy son clásicos del humor negro en nuestra isla. Por ejemplo, aquella pregunta que se le formula a ciertos ancianos cuando van a la funeraria para asistir al velorio de algún correligionario: ¿Qué, vienes a entregarte?

No en balde un conocido poeta y humorista cubano ha dicho que después que cerraron el Teatro Martí, los velorios eran el sitio más aparente para divertirse en las noches de La Habana. Y habría que agregar, ahora en serio, que ese convite familiar y social constituía un sello único de identidad para los cubanos.

Eran. Y hubiesen podido seguir siendo. Pluscuamperfecto. Tiempo ido, ya casi improbable. Pero la sobresaturación de la palabra muerte a toda hora, su imagen severa, sacrosanta, junto a la perspectiva brutal del sacrificio en masa, la inmolación, el holocausto, terminaron echando al barranco la importancia del duelo personal.

Uno de los cuadros más desoladores que pueden verse hoy en La Habana es un velorio a las dos de la madrugada. Sin pésame, sin cuentos, sin chocolate, sin café, sin gente.

Entiéndase que este es el caso de la gran mayoría. Porque también allí hay velorios y “velorios”. Sin ir muy lejos, en la última planta de la funeraria de Calzada y K, en el Vedado, existe una sala de uso exclusivo para los pejes gordos. Alguien dijo: “Hasta después de muertos somos útiles”. En ese sitio lo parafrasean: “Hasta después de muertos somos intocables”. Y allí naturalmente hay chocolate, café, aire acondicionado y flores caras. También debe haber gente en todo momento, los que cuidan, los que son cuidados y aquellos de quienes hay que cuidarse: tres en uno.

Este detalle pintoresco sirve para demostrar que aun cuando se hayan perdido muchas cosas, los cubanos conservan uno de los rasgos típicos de su idiosincrasia: la tendencia al contraste. Ahora se manifiesta en lo ridículo ligado con lo burdo. Por suerte, sirve para dejar constancia de que a pesar de los pesares, tampoco se ha perdido del todo el sentido del humor. Porque al nivel popular el recinto en cuestión ha sido bautizado como Sala 64. Recuérdese que en la charada el número 64 equivale a muerto grande.

Grande el fenecido, grandes los dolientes, grandes los que asisten a dar solemnemente el pésame, sería de prever que en esa sala no carezcan de nada. Pero sí. Falta lo principal. El sencillo habanero de a pie. Aquel que hizo del velorio toda una institución de la cultura en Cuba. Pero a ese no se le ha perdido nada en la Sala 64. Ni hay quien lo convenza para que desembarque allí con un cuento de relajo bajo el brazo. Qué va. Ni muerto.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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