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Ni pinga, luego existo

Ni pinga, luego existo

Ni pinga, luego existo
Abril 20
19:09 2015

De nuevo regresa la idea de que el papelazo de los cubanos en Panamá era revolucionariamente necesario.

Regresa, esta vez, de la mano de un muchacho indignado.

Ni pinga, escribe el exaltado joven cubano en su blog: se quita entonces el solapín de reportero, columnista, o lo que sea que haga, y se presenta mejor como hijo de su madre comunista. Explica, de seguido, que renuncia en esa ocasión a escribir como periodista, y que prefiere gritar, como en una mesa de dominó.

Introduce así –y ni siquiera se percata– la idea clave de toda la idea: hay cosas que no requieren mayor intelecto: sobra con grito y chusmería. Cosa nostra, de comunistas, parece decir –yo creo que de verdad se le escapó ese detalle–, y a continuación inclusive ofrece una disculpa por la gritería.

Expone entonces que, de haber estado allí, en Panamá, con la hueste de la pseudosociedad pseudocivil cubana, le hubiera sido también difícil (qué digo –qué dice– difícil, ¡imposible!) contenerse, y no vociferar junto al resto de los energúmenos –que no lo eran, explica él: que son gente de valía y cacumen, no eran idiotas, dice, que él los conoce, y da fe.

Le hubiera encantado, sigue explicando, estar allá, y gritar, no “¡Me pegué, pinga!”, sino “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, y abajo Ustedes, y viva a nosotros (es decir, a ellos, a los de la turba).

Que le hubiera encantado además negar a algunos que por allá en Panamá andaban, dice. Ni pinga tú. Ni tú. Ni tú. Nojotronamá. Esa parece ser la idea de ese muchacho –que escribe a nombre de los ideales maternos– de cómo se deben no compartir los espacios públicos.

La rabia que lo inunda –abunda– es porque por allá, en el istmo, andaban Posada Carriles, el terrorista de origen cubano, y Felix Rodríguez, otro cubano (el que mató a Ernesto Guevara o, más bien, el que le disparó, o que estaba allí cuando le dispararon: Guevara en realidad ya estaba muerto el día que decidió que su destino de aventurero global lo debía llevar a Bolivia, otro país ajeno, a fomentar un conflicto armado y propiciar una guerra civil).

Hasta Berta Soler, que no ha matado nadie, lo irrita al muchacho; que ella es pro bloqueo (Berta, Berta, cará…). Pinga pa Berta también, dice el chama, que ella le pidió a Obama que hiciera pasar más hambre a la gente de Cuba. Del hambre anterior a Berta y Obama no hace mención el escritor, por cierto. Ni pinga dice; por pudor, quizás.

Avanza combativo entonces, y solicita también pinga para el Departamento de Estado, que es el que concede las visas para que se pueda visitar este –ay, pinga– brutal país (yo creo que se le fue ese detalle también), y para el Departamento del Tesoro, y para la CIA. Y, por supuesto, para los que mataron a Manuel Ascunce. Pinga pa tol mundo. (Y para el Department of Motor Vehicles as well, nota mía).

Yo creo que si hubiera dicho “pinga pal Gobierno de los Estados Unidos”, pues hubiera terminado más rápido, pero ya se sabe que eso no es políticamente correcto en estos tiempos, mucho menos con el general heredero y el presidente Obama negociando la continuidad del régimen por otros cincuenta años.

Más adelante, pues el muchacho ya declina y se enreda: trae a la mesa a sus cinco héroes; habla de epidemias, plagas, muertos, y hasta de un hipotético presidente chino de los Estados Unidos; bueno, ya ahí dejé de entender de qué se trataba.

Pero lo que sí entiendo es la indignación primaria que va en el texto: Berta Soler no sabe bien lo que dice, Félix Rodríguez mató al ídolo de los pioneros, y Posada Carriles es un tipo repugnante por sus métodos.

No menos despreciable, por cierto, que el que decidió hundir un remolcador frente a la bahía de La Habana, sin importarle que se ahogaran hombres, mujeres y niños. O que el que ordenó a cazas de guerra cubanos derribar avionetas civiles; con toda probabilidad, fueron el general heredero o su esperpéntico hermano. O no menos abominable que los espías que propiciaron el derribo de esa avioneta.

Posada Carriles y Felix Rodríguez fueron llevados, o fueron por sí mismos –no lo sé– a Panamá; en cualquier caso es obvio que su presencia fue concebida como una provocación. Sin embargo, guste o no, también tenían el derecho de estar allí; parecido sucede con los disidentes cubanos: pero en ese caso el desgobierno sabía que iban a estar –ellos, en primer lugar, no se ocultaron para anunciar su asistencia–. Por lo tanto, si hubo provocación pensada, y avisada, la chusmería fue entonces descarada y tontamente preconcebida.

No sé qué extraña idea ha hecho que haya disidentes que comulguen con Posada Carriles; eso merece desprecio. Felix Rodríguez, por su parte, también merecía una rociada de la justa ira: el hombre ha sido cómplice de que cada sapingo del planeta tenga un pulóver con la foto de Ernesto Guevara.

Pero lo realmente preocupante aquí es, sin embargo, que les parezca más sencillo a los jóvenes cubanos, que les parezca incluso más adecuado, decir ¡ni pinga!, que ser ciudadanos de estos tiempos.

La turba y la guapería van en la cosa cubana-involucionaria: ¡aquí no se rinde nadie, cojones! (¿o fue pinga?). Esos ¿valores? están bordados en el tejido de saco de yute de la ideología guarachera, como lo están el regetón o el racionamiento (no hay ni pinga, acere…)

La idea de convivir con lo diferente es entonces totalmente ajena a los cubanos –de adentro y de afuera, vale decirlo–; inclusive a esos más jóvenes, a los que parecieran tener algo de intelecto, y que uno quisiera imaginar ya post castros y post la bobería, como pudiera ser ese muchacho que escribió ese desafortunado alegato. Sin embargo, son más de lo mismo.

¿Es su culpa? No del todo: los ideólogos del desastre cubano enseñan, en primer lugar, desde el primer momento, y en cada oportunidad, a encuevarse. Para colmo, la idea, esa que desde el fondo de la caverna martiana ha sustituido cualquier otra cosa, desde democracia hasta economía, es mala, mala, mala.

Maligna, sería más apropiado decir; porque es tumor que se implanta temprano para que haga metástasis y convierta a muchachos que, bajo otras circunstancias, pudieran ser relevo aventajado de los ancianos que han destrozado el país, en zombificados portadores de, precisamente, la mala idea.

La Cuba que viene –ya no sé cuándo llegue, por cierto– requiere de cubanos que se olviden de las banderitas y los lemas; que sean capaces de dialogar, de mirar de frente a un tipo como Posada Carriles, por ejemplo, y decirle –o no– lo que piensan. Pero que lo sepan hacer como ciudadanos, sin vociferar.

Y hay que hacerlo así porque cualquiera dice Patria o Muerte y juega al dominó, pero la nación cubana necesita en realidad a quien diga Patria, y juegue ajedrez.

Sobre el autor

Alex Heny

Alex Heny

Habanero, hijo, padre, cubano, emigrante, escribidor. En ese orden, más o menos. Heny tiene esposa, tres hijos, un doctorado en Ingeniería y Ciencia de Materiales, y una gran disposición a opinar sin que se le pregunte. Actualmente vive con su familia en Long Island, Nueva York, ciudad donde edita el blog http://havaneroenny.blogspot.com/

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1 comentario

  1. callejas
    callejas Abril 20, 19:25

    que bueno esta!!!

    Reply to this comment

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