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Nietzsche, Estados Unidos y el superhombre

octubre 19
13:11 2011

1-abc_nios-playaLa única revolución posible, capaz de conducir a un estadio superior en la evolución sociocultural de la especie, es la revolución interior. La individual. El gran salto en consonancia con el crecimiento interior. De ahí que la única revolución verdaderamente perdurable, exitosa en el tiempo, haya sido la americana. Precisamente porque está estructurada en base al derecho individual.

La constitución estadounidense garantiza la igualdad de oportunidades, la igualdad ante la ley, no la igualdad de clases o la igualdad de resultados. Garantiza no el derecho al paraíso en la tierra, que es lo que aparentemente han pretendido institucionalizar, sin el menor éxito, las revoluciones tradicionales o colectivistas, desde la rusa o la francesa hasta la cubana, sino el derecho a alcanzar el paraíso en la tierra –si ello fuera posible– a través de la constancia, el positivismo y la responsabilidad individual. Es en este contexto que el superhombre juega un papel determinante.

Superhombre es aquel individuo contra el que el oleaje de la Historia, o de la adversidad, se estrella inútilmente. Como lo entendiera Nietzsche, no se trata del más inteligente o el más fuerte o el más acaudalado, sino de aquel cuya capacidad constituye una filosofía de vida, una manera de interpretar la realidad más práctica y flexible –más creativa– que las tradicionales. Téngase en cuenta que, en términos nietzstchenianos, el superhombre es el niño. Únicamente desde la despreocupación y la concentración de aquel que juega –una cosa no excluye la otra, sino que, paradójicamente, la complementa– pueden asumirse las pequeñas tragedias cotidianas constructivamente, festivamente, triunfalmente. Con total independencia.

Lo extraordinario de Estados Unidos consiste en que por primera vez en la Historia surge un país en el que la correlación de fuerzas entre el ser dependiente y el independiente se inclina a favor del segundo. El superhombre es mayoría en Norteamérica, o al menos fue lo suficientemente numeroso en sus orígenes como para cimentar una cultura, una visión de la realidad y de la Historia, que ha sobrevivido al gregarismo. En cualquier caso, esto no puede ser tomado como un hecho ordinario, sino a la inversa. Se trata de un episodio histórico asintomático en tanto reflejo de la naturaleza humana, o de la capacidad del individuo en tanto producto segregado por una filosofía y una moral predominantes en Occidente, y en general en todo el planeta.

Estados Unidos es la modernidad en lucha con el pasado, el futuro antes de tiempo, atravesado entre la prehistoria y la postmodernidad. Un futuro en permanente fuga, terreno fértil para los juegos de rol. El escenario como significado, carretera sobre la que el protagonista despliega su persecución interminable, su individualidad vertiginosa. “El asceta. El mercader. El explorador”. Como afirma Octavio Paz, se trata de un país fuera de la Historia.

La Declaración de Independencia estadounidense adelantó la idea revolucionaria, futurista, de que el ciudadano tiene derecho a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Léase detenidamente: no a la felicidad, sino a la búsqueda de la misma. Una búsqueda que adopta tantas formas como las características del individuo que la emprende, pero que sólo le viene como anillo al dedo, en toda su rotundidad y alcance, al superhombre. Aquel individuo que ha aprendido, desde la seriedad con la que jugaba cuando era niño, que la vida no es más que eso: un juego de rol.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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