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Niza y el terrorismo en la Sociedad del Disparate

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Niza y el terrorismo en la Sociedad del Disparate

Niza y el terrorismo en la Sociedad del Disparate
julio 18
13:53 2016

 

Escribo esto a propósito del último atentado de inspiración islamista, esta vez en Niza, donde murieron más de ochenta personas y hubo decenas de heridos. La mayoría de las víctimas, como se sabe, fueron arrolladas por el vehículo del terrorista Mohamed Lahouaiej Bouhlel, de origen tunecino.

Somos políticamente correctos cuando abogamos por la inclusión de los musulmanes, pero somos políticamente incorrectos cuando, por ejemplo, nos volvemos cómplices de la discriminación musulmana a la mujer, puesto que callamos y la permitimos aquí mismo, en Occidente, desde el pretexto de la excepción cultural. Cabe preguntarse por qué se le da residencia en Europa o Estados Unidos, digamos, a un señor que ingresa con cuatro esposas inmersas en batilongos que solo les permiten mostrar los ojos —que, por cierto, ni siquiera era el caso de Mohamed Lahouaiej Bouhlel, con un prototipo mucho más occidental. ¿No está claro que ese señor está contra los derechos de la mujer y aboga por su discriminación? ¿Qué importa si esa discriminación es el producto de esta cultura o aquella? La discriminación siempre debe rechazarse como principio ético universal, pertenezca a la cultura que pertenezca, y una cultura asentada en la discriminación y la represión, como objetivamente lo está la musulmana, resulta cuando menos prescindible para el ciudadano y el Estado occidentales.

¿Qué pueden aportar un personaje así y su cultura reprimida-represiva a nuestros valores? Como insinuaba Angeles Núñez en Facebook, solo dinero. Y por ahí van los tiros, “por la bolsa” que ingresa al país el señor de las cuatro esclavas y que redunda a la larga o a la corta, por influencia cultural y familiar, en masacres como la perpetrada por Mohamed Lahouaiej Bouhlel.

Porque una vez residente del Occidente permisivo y jovial que se desprecia —muchas veces, disparatadamente, enfrentándose a sí mismo—, el señor de las cuatro esposas esclavas muy probablemente se oponga de alguna manera a nuestros valores y fomente de una forma u otra la represión y la discriminación, para no hablar ya de la violencia terrorista. Como afirma Arturo A. Ramírez, “todos los musulmanes tienen el virus del Islam, que es tóxico en la civilización occidental”, reafirmando la conclusión del escritor Luis de la Paz en Neo Club Press: “hay grupos que no desean la convivencia y tratan de imponerse por la fuerza, plantar el terror y la represión como modo de vida” (artículo Los musulmanes, ¡a La Meca!). Yo diría que conviene estimular a aquellos que se han librado del virus, o al menos de la faceta represiva de éste, a que prediquen con su ejemplo.

De cualquier manera, la violencia y el terrorismo que estremecen hoy a Occidente no son generados por la posesión y venta de armas de fuego, o al menos no principalmente, como se ha querido hacer ver a partir de agendas ideológicas. Se dice que en Suiza hay casi cincuenta armas de fuego por cada cien habitantes, promedio superior al estadounidense y, sin embargo, apenas se producen tiroteos allí: Los suizos no son noticia. Pasa que en Estados Unidos venimos de una cultura del Western y el Reality Show, y la revolución tecnológica que impulsamos facilita un exhibicionismo a veces atroz. Gente que normalmente se pegaría un tiro, ahora sale a pegarle tiros a los demás para circular exponencialmente en las redes y las televisoras, antes de ser abatida o detenida, a la velocidad de un clic. El ego les induce a creer que finalmente serán importantes, que saltarán inmediatamente a los platós de los noticieros de todo el mundo y hasta que pueden hacer historia acaparando la atención general, alcanzar la celebridad por medio del terror. No les preocupa por qué serán famosos o reconocidos, sino sencillamente no serlo. Tampoco si matan con vehículos automotores o con armas de fuego. Pocas situaciones tienen más impulso mediático, y estadístico, que las violentas.

Generalizando para resumir, puede decirse que un terrorista norteamericano prefiere matar a tiros porque el lejano y salvaje oeste siempre está presente en él a nivel referencial, incrustado en la cultura del país en que creció, y sobre todo porque resulta más mediático, al menos en el plano de la exhibición personal (recordemos al fundamentalista nacido en Estados Unidos que asesinó a cincuenta personas en una discoteca gay de Orlando, mitad musulmán, mitad pistolero western, conectado a Facebook, mientras mataba, solo para averiguar si ya se había convertido en Trending Topic en esa red social). Un terrorista islámico en estado puro, en cambio, prefiere tal vez detonar una bomba e inmolarse porque su cultura es la del sacrificio y la represión.

En cualquier caso, de ponernos prohibicionistas habría que prohibir el alcohol además de las armas de fuego. En Estados Unidos, cada año, las muertes por conducir en estado de ebriedad superan a las muertes por tiroteos, y las muertes por accidentes de tráfico le disputan el primer lugar a las producidas por armas de fuego en general, accidentes y suicidios incluidos. Ocurren anualmente en USA, según datos del periódico madrileño El País, alrededor de 33,000 muertes por armas de fuego, incluyendo a suicidas y accidentes sin violencia relacionada —Estados Unidos tiene alrededor de 320 millones de habitantes—, y la cifra anual de muertes por conducción de vehículos es bastante similar.

Habría que prohibir el alcohol y los vehículos automotores, y ya de paso también regular el azúcar, que, como casi todo, puede ser letal en exceso. Y hasta la libertad, porque hay gente que con demasiada frecuencia toma la drástica decisión de matarse. Tendríamos en última instancia que vivir en celdas con cámaras de vigilancia supervisadas las 24 horas del día, desnudos. Pero claro, semejante despropósito no resulta viable en Estados Unidos. En América aún predomina la cultura de la libertad y el consumo, aunque las culturas del Reality Show y de las tecnologías en función del ego descontrolado —lo que me he atrevido a llamar la “Sociedad del Disparate”, la cual incluye, cómo no, un relativismo cada vez más permisivo que pone en peligro esas mismas libertades que gozamos— le estén disputando la primacía.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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