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Novela inédita (fragmento)

Novela inédita (fragmento)

Novela inédita (fragmento)
febrero 10
13:18 2014

—Misión cumplida, capitán. He aquí el desertor —el teniente Altunaga baja el saludo. De la jaba de yute que sostiene en su mano izquierda, extrae una cartera, un peine, un fajo de billetes envueltos en un nylon, un queso de fabricación artesanal y un pedazo de carne—. Éstas son sus pertenencias.

—Buen trabajo, teniente —el capitán Barrera despide al oficial y se acomoda tras el escritorio—. ¿De qué es esa carne?

—De puerco.

—Masa cárnica porcina —anuncia, y apunta la frase en un cuaderno—. ¿Y el queso?

—De vaca, supongo…

—Derivado de la leche vacuna (supone) —dice y escribe—. ¿Cuánto dinero hay ahí?

—Quinientos pesos.

—Quinientas cuotas de a peso.

Barrera hace una pausa para observar al detenido. Su aspecto es engorroso, ajado; dos sombras violetas cuelgan de sus ojos.

—Siéntese: queremos los nombres, la fecha y los detalles del plan.

—¿Qué plan?

—Cuál va a ser, el de colarse en la Embajada.

—Yo no fui a ninguna Embajada.

—¡Nadie está diciendo que fueron, sino que lo pensaron! Antes de cometer cualquier crimen, primeramente hay que pensarlo, ¿va a decirme que tampoco lo pensaron?

—No, capitán.

—Perfecto, lea eso que dice aquí —le extiende un documento.

—¿Dónde?

—Ahí abajo.

El muchacho reconoce sus rasgos, su letra escurridiza enalteciendo el Servicio Militar, el “privilegio de defender a la Patria Socialista”. Lo había escrito tiempo atrás, cuando lo citaron al Reconocimiento Médico. Era lo que había que escribir, lo que escribía todo el mundo so pena de ir a escribir a la cárcel.

—¿Qué significa para usted el Servicio Militar?

—Un deber.

—¡Un deber no! Un alto honor. Repítalo en voz alta.

—Un alto honor.

—Eso es, un alto honor. La patria confiaba en usted, y usted le ha fallado a la patria… —el oficial echa un vistazo hacia el pasillo—. ¡Guardias!

Dos soldados, cuyos músculos se marcan por debajo del uniforme, irrumpen en la oficina y se cuadran.

—Ordene.

—Guárdenme a este elemento hasta que yo me acuerde.

—Permiso, capitán.

—No hay permiso. Tiene un reporte por Aspecto Personal Indeseable.

Afuera, el sol ya no brillaba sobre el polígono de asfalto, pero los camiones recorrían la Unidad Militar como si fueran a partir hacia el combate.

Detrás del Estado Mayor estaban los calabozos, una nave de bloques y techo de fibrocemento, descolorida siempre, a cualquier hora del día o de la noche.

—Una suite para el soldado, de parte del capitán Barrera —dice uno de los guardias.

El centinela que velaba la entrada dio media vuelta mientras buscaba las llaves en su bolsillo, y el grupo se internó por el oscuro pasadizo.

Se escuchó la llave hurgando los secretos de la cerradura, seguido por los goznes chirriando su lamento de óxido y metal.

El reo caminó hacia el interior de la celda y la reja se cerró a su espalda. Lo primero que sintió fue frío y, casi al mismo tiempo, la peste: una combinación de humedad con excrementos humanos. Cuando los pasos se alejaron por el corredor, apareció entonces el silencio, un silencio sumiso, refrenado, de tanto callar su pena entre aquellas paredes.

Había una cama de cemento pegada a la pared, una ventana oscura allá en lo alto, y el orificio para las necesidades con las moscas revoloteando sobre la mierda seca. Un tubo de metal asomaba encima del hueco y una gota de agua caía, imperturbable, y espantaba las moscas.

El prisionero retrocedió un poco y se dejó caer encima del muro, sin pensar, sin mirar, casi sin respirar sobre la eternidad de la piedra.

Le pareció escuchar una ranchera que el viento traía a intervalos y recordó a su abuelo pegado al viejo RCA Victor, mientras él y los primos correteaban por los alrededores de la casa: Escaleras de la cárcel / escalón por escalón / unos suben y otros bajan / a dar su declaración. Su abuelo era aficionado a la música mexicana, saturada de borrachos, de balazos, de mujeres ingratas que arrastraban a los hombres por el azaroso camino de la perdición. Pero el camino de la perdición estaba justamente debajo de sus pies. El país se había vuelto una mexicana de aquellas, empujando a miles de infelices por el camino de la perdición.

Se puso de pie y se asomó a la reja. Nada se veía que no fuera el largo muro que se confundía con las sombras. Llamó al guardia, pero nadie respondió.

De pronto se imaginó que todo el mundo había desaparecido del planeta, quedándose como un viajero perdido y olvidado.

—¡Guardia! —gritó con todas sus fuerzas, y sintió los pasos que se acercaban—. Perdona, pero necesito una pastilla, cualquier cosa para el dolor de cabeza.

—Ya está cerrado todo. ¿Qué te pasó?

—Me fugué.

—De madre. ¿De dónde eres?

—De Paraísa, Las Villas.

—Yo, de Cienfuegos, la Perla del Sur. Mi nombre es Pablo. Llevo un mes en esta mierda.

—Lino Ramírez.

—OK, Lino, tengo que estar allá afuera —Pablo hizo una señal con su mano—. Mañana te traeré algo de la enfermería.

Lino se quitó los zapatos y se acostó sobre el cemento. Ya no se oía la ranchera, pero durante toda la noche siguió oyendo canciones: Un mundo / llorando ahora yo te busco / en el silencio yo me pierdo / y no soy nada al verte a ti… Y de Jimmy Fontana pasó a Los Mustang, Los Fórmula V, Los Javaloyas: Es verdad / que una vida la empieza una frase de amor / es verdad / que la mía a partir de este día empezó / son verdad / las palabras de amor que me sabes decir… Y la melodía le dio fuerzas. Eso es lo que debía hacer para pasar el mal trance, subirse a una canción, encaramarse en un sentimiento hermoso y cabalgar sobre él: Hoy ya sé / que el amor es la fuerza que mueve la Tierra / que en la luz de tus ojos mi vida se encierra, se durmió, despertó y, cuando aparecían ante sí los ojos de Amarilis, aquel refugio inagotable, vio que alguien se detenía frente a la reja. Era el teniente Carrillo, político del batallón, que venía a ayudarlo, a socorrerlo, a persuadirlo de que asumiera los hechos.

—¿Qué hechos? ¿Usted quiere que diga una mentira?

—Por supuesto que no, Ramírez, no queremos mentiras; pero no debe perder la oportunidad de arrepentirse. Yo estoy aquí para asistirlo, para ver si refresca la memoria, acuérdese bien lo que iba a hacer con esos 500 pesos, ¿no eran para alquilar un carrito que lo llevara desde su pueblo hasta la Embajada del Perú? Y la carne y el queso, ¿no eran para consumir en la misión donde la comida, se sabe, está escasa, no alcanza para tanto antisocial que hay adentro…? Si reconoce su error con civismo revolucionario, puede que lo condenen a dos años o menos, tal vez algunos meses en una granja, casi que unas vacaciones.

—Reconocer qué.

—Todo. Sería una pena que lo sentenciaran a largos años de cárcel. Los esfuerzos que hace la Revolución brindando salud, educación, cultura, y todo lo que necesitan los reclusos para su reinserción en la sociedad, no siempre producen los frutos esperados. Cuando llega el silencio de la noche, es imposible controlar lo que pasa en el interior de las galeras. Hay violencia, crueldad, depravación sexual. Montones de presidiarios, los pobres, llevan tiempo sin sentir el calor de una mujer, mucho menos sus besos, sus caricias, esa dulzura espiritual tan necesaria, y son capaces de cualquier cosa. Imagínese lo que eso significa para un muchacho blanquito, bien parecido como usted, que llega allí totalmente solo y desvalido.

—Yo no hice nada, teniente. No hay pruebas.

—Las pruebas, soldado Ramírez, son un rezago de la justicia burguesa. En nuestro país, cuando no hay pruebas se condena por convicción; es decir, el juez considera que el acusado es culpable, que merece diez, veinte, treinta, los años que sean, y al carajo las pruebas. Piense en sus familiares, en lo preocupados que están. ¿Cómo se llama su papá?

—Raúl

—¿Y su mamá?

—Zoraida.

—Imagínese usted los trabajos que han pasado esos dos seres, desde que recibieron a aquella indefensa criatura, cuanto amor han derrochado vigilando su sueño, sus fiebres, sus progresos, para que ahora pasen el resto de sus días arrastrando una jaba de alimentos, de prisión en prisión, porque el hijo se negó a colaborar. Piense en todo eso, Ramírez. Este sitio es generoso para la buena meditación. Aproveche su tiempo.

Su padre había luchado contra la dictadura en el mismo pelotón que el capitán Barrera, y después de Fidel Castro, de los comandantes Raúl y Almeida, y de Yuri Gagarin, las personas que más quería en el mundo eran su esposa Zoraida y sus tres hijos.

El teniente Carrillo le dio la espalda y se perdió por el pasillo. Una débil claridad entraba por la ventana alumbrando las paredes de la celda: Veinte años no es nada, La cárcel se hizo para los hombres, Querida Aidé como te extraño, Aquí estuvo Cheo Guanajay, El Señor es mi pastor, Me cago en mi madre

En ese momento llegaba Pablo con un jarro de aluminio.

—Café con leche, está un poco frío, pero te hará bien —le ofreció el jarro y un paquete de pastillas—. El viejo tuyo está aquí.

—¿Mi papá…?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Eso decían allá afuera. Tal vez consigue que te suelten.

Su padre había luchado contra la dictadura en el mismo pelotón que el capitán Barrera, y después de Fidel Castro, de los comandantes Raúl y Almeida, y de Yuri Gagarin, las personas que más quería en el mundo eran su esposa Zoraida y sus tres hijos.

Lino tomó el recipiente, se llevó una píldora a la boca y bebió su contenido.

—Gracias, compadre.

—No hay de qué. Mañana me toca el pase, si quieres hacerle una carta a tu familia…

—Me gustaría escribirle a mi novia —Lino comprobó que la fotografía de Amarilis seguía en el bolsillo de su camisa y se la extendió a Pablo—. Mira qué linda.

Éste la tomó y se perdió en busca de la luz. Al cabo de unos minutos, regresó.

—Es bonita.

—Verdad que es linda, ¿eh?

—Sí, tiene una cara muy bonita.

—¿Y los ojos, no viste los ojos?

—Sí, también. ¿Cómo se llama?

—Amarilis. ¿Y viste qué pelo? Parece una cascada.

—¿No tiene el pelo corto…?

—En la foto sí, pero ya le ha crecido. ¿Tú te imaginas ese pelo, pero mucho más largo…? ¿No es verdad que parece una cascada…?

El guardia frunció el ceño, se alejó, y volvió con una hoja de papel y un lápiz. Lino se sentó en el suelo y apoyó el brazo en el cemento de la cama. La luz era pobre, pero lograba distinguir los signos que la punta del creyón trazaba sobre la blanca superficie:

Unidad Militar 3501, abril de 1980

Querida Amarilis:

Un tropel de ideas cruzó por su mente. La primera llevaba una tristeza del tamaño del sol; y cuando fue a escribirla, llegaron otras de cartas angustiosas que sobrevolaban el estrecho de La Florida. Una idea más pesimista aún, apareció como un globo gigantesco, arrastrando un rosario de rejas y de riñas. Lino estrujó la hoja y la envolvió en su mano reduciéndola a una pelota. Se acostó de nuevo y, con la palma de su mano, la hizo girar contra su pecho. No sabía el tiempo que podían tenerlo allí. Había quienes pasaban diez días o un mes o dos, según su disposición a confesar el delito. Recordó una película de un tipo que escapaba de la prisión y aunque siempre lo capturaban, él insistía e insistía, con una voluntad irrevocable, hasta conseguir la libertad sobre una rústica balsa. Recordó otra, cuyo protagonista huía dentro de la ropa sucia que venían a recoger a la prisión; y después, una de amor, donde el héroe terminaba liberando a su muchacha; y siguió recordando películas, muchas películas, todas las películas que había visto en su vida, de capa y espada, de samuráis, de misterio, aquéllas de Fantomas burlándose de Scotland Yard; y de ahí pasó entonces a las de Chaplin, de Buster Keaton, las de Cantinflas y Louis de Funes; las cubanas, Lucía, Memorias del subdesarrollo, Las aventuras de Juan Quin Quin. Escena por escena iban desfilando por su mente personajes y situaciones y lugares exóticos y pintorescos en un filme inagotable: una ficción que de alguna manera formaba parte de su vida real. El guardia trajo su almuerzo, pero Lino siguió recordando a los toreros, Manuel Benítez, El Cordobés, Palomo Linares; y más tarde las cintas de romanos y de castillos, donde el enemigo lanzaba barriles de aceite hirviendo desde lo alto de las almenas, mientras sus guerreros empujaban un grueso tronco encima de unas ruedas, y derribaban el portón del castillo batiendo enemigos entre las flechas que cruzaban el aire, y las lanzas y el golpe de los escudos y el ruido de la caída de los cuerpos, venciendo las escaleras de caracol interminables, los innumerables pasillos ocultos de los castillos y, por último, Amarilis, con la mirada más tierna que se podía encontrar en tales tiempos. Y junto a ella eran liberados los demás cautivos, con sus pelos largos y sus barbas desaliñadas, y había uno con una máscara de hierro, que no era otro que el conde de Montecristo. ¿Qué diablos hacía allí?, le preguntó Lino, ésa no era su película, y el conde se encogió de hombros. Los personajes eran así y se metían en las películas que no eran su película. De modo que cortaron la máscara que cubría su cabeza y el conde de Montecristo tenía los mismos ojos de su padre y la cara de su padre y, con la misma voz de su padre, le decía a Lino, que de repente ha salido del castillo y de la guerra  y está cumpliendo nueve años: “Hoy vamos a ver cómo nacen los periódicos”, y viajan hasta La Habana, a cientos de kilómetros, a conocer la imprenta. Y cuando su padre presenta su carné de empleado, repartidor de periódicos, que decía Periodista de los Campos de Cuba, los mandan a pasar con mucha cortesía; no faltaba más, compañero, esa publicación era del pueblo, y les muestran los talleres, las escandalosas maquinarias donde miles y miles de Fidel, con el rostro adusto y el dedo índice en lo alto, giran en los abultados rollos de papel, y luego les brindan comida y refrescos, y por último llaman al chofer que lleva la prensa por los municipios, para que los devuelva a Paraísa; claro que sí, compañero, ese camión también era del pueblo, estaba a su servicio, y acomodan un espacio para ellos en la parte trasera del vehículo, una especie de celda con un bombillo vacilante allá en lo alto; pero Lino se siente como un príncipe al lado de su padre, sobre miles y miles de periódicos y de suplementos recién nacidos, todavía calientes de la imprenta, con sucesos de todos los tamaños y colores y tipos de letras, relatos, caricaturas, infinidad de historias de las más increíbles geografías, para llegar a su pueblo antes que el sol, antes que nadie, junto con la primera noticias.

De modo que saludan a los empleados, buenos días, compañeros, bajan los bultos, los acomodan, los separan, para salir a recorrer los campos en la moto, con las alforjas repletas de acontecimientos, con el olor de la tinta aún pegado a los papeles. Y he aquí a su padre, casa por casa, haciendo un resumen de la actualidad, explicando a aquellos campesinos, recién alfabetizados, cómo era que pasaban las cosas en el socialismo: si un agricultor tenía dos vacas, por ejemplo, y su vecino el pobre no tenía ninguna, a ver, ¿no era justo que le ofreciera la segunda y así los dos garantizaban la leche de sus hijos…? Por eso era que Fidel no te dejaba matar tu vaca, Rufino. Era tuya, pero no la podías sacrificar. Si todo el que tenía una vaquita o un toro, cogía y lo mataba, nos quedábamos sin leche y sin carne en el país. Vieran qué sencillísimo era el asunto. La función de ese censo, poniéndole una chapilla con un número en la oreja a cada ejemplar de los bovinos, no fue otra que proteger al ganado del consumismo galopante. No podía haber oreja sin chapilla y mucho menos, oyeran bien, chapilla sin oreja, como pasó con el pobre Nemesio. Los cinco años de cárcel que le salieron fue por eso, por desobedecer las normas revolucionarias, por no entender que el hecho de criar su vaca no le otorgaba el derecho de matarla. Y claro que no, Rufino, no se preocupara, la Revolución no tenía esos planes con relación a los pollos, patos, gansos, pavos reales, guanajos, guineos y otras gallináceas llamadas aves de corral. Nadie las iba a numerar. Era una labor demasiado embarazosa pues, aunque tales avecillas podían escuchar perfectamente, carecían de ese órgano externo llamado pabellón, muy común a los cuadrúpedos, y muy desarrollado, por cierto, en la especie conocida como burro, asno, rucio, pollino, jumento, piñón, borrico, rocín, mochicón, machacachón de pichón, o como quiera que se le llame, según el nivel cultural, la educación o incluso el habla, idioma, expresión, leguaje, dialecto o jerigonza de la persona, ¿verdad, Rufino?

En la Unión Soviética, por ejemplo, todos los niños, absolutamente, conocían varios idiomas, dialectos y jerigonzas, y llegaban a convertirse en compañeros cultos y generosos que no sólo compartían sus vacas con el vecino, sino que se sabían de memoria la infinidad de nombres que podía tener un burro.

Y miraran bien, el dinero se estaba al acabar, prontamente iba a desaparecer, sí, Rufino, no lo mirara así, con esa expresión de suspicacia. Se acabará. La gente pasará por la bodega y solamente tomará aquello que necesita porque entonces tendrá conciencia y pensará en los demás. Se llevará su arroz, sus frijoles, sus viandas; y luego, en la tienda de ropas, echará mano a un par de pantalones de trabajo, y unas botas de casquillo, y productos de quincalla y de ferretería y todo lo que le hiciera falta sin pagar ni un centavo, porque el socialismo iba a eliminar el vil dinero, que envilecía a los pueblos y por cuya causa habían sucedido tantas desgracias, ¿verdad Rufino?

Y los ojos de Rufino y los demás brillan de gozo, y mueven la cabeza afirmativamente cuando el periodista —así llaman a su padre— los pone al corriente con lujo de detalles y todos los pormenores. No se fuera, periodista, de ninguna manera, se quedara a almorzar, se quedara a comer, faltan preguntas, muchas preguntas, cantidad de preguntas; pero ya era casi de noche y había que apurarse, de recodo en recodo, atravesando arroyos, compañeros, caminos cenagosos, donde la motocicleta podía naufragar en un pantano con tantas noticias aún por entregar, como pasaba con los cientos de periodistas rurales como él, que recorrían las veredas llevando la luz del porvenir, como decía Fidel, hasta los rincones más apartados de nuestra alargada geografía…

Y finalmente, al regreso, detener la moto debajo de una arboleda, junto al camino real, y llenar las alforjas de mangos que brillaban con la luna, sin que costara un centavo como en el socialismo que estaba allí al doblar, con tanta abundancia de todo como había de mangos. Y aunque Lino era entonces demasiado pequeño, estaba seguro que el día menos pensado algún compañero culto y generoso, gracias a la luz del porvenir que su padre regaba por los campos: ¡heyyyyyy!, iba a desmontar de su pollino, jumento o piñón, y tocar a la puerta de su casa: compañerito Ramírez, ahí le dejo a Clavellina, chapilla 33 241, le gusta la miel de pulga, los mangos, la hierba de guinea, el trato afable y cariñoso, y así todos los datos y gustos y caprichos de Clavellina, para que disfrutara, corriera, envejeciera, y viviera feliz eternamente, porque en el socialismo, hasta las vacas eran felices, ¿verdad, Rufino?

Sobre el autor

Sindo Pacheco

Sindo Pacheco

Sindo Pacheco (Cabaiguán, 1956). Ha publicado, entre otros, los libros "Oficio de hormigas", "Esos muchachos", "María Virginia está de vacaciones", "Las raíces del tamarindo" y "Un pie en lo alto y otras encerronas". Ha recibido, entre otros reconocimientos, los premios Casa de las Américas y La Rosa Blanca, el Premio de la Crítica y el Premio Abril. Reside en Miami.

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1 comentario

  1. Humbert
    Humbert febrero 15, 12:53

    TRONCO DE NOVELA TIENES ENTRE MANO AMIGO. Hay que darle publicidad a esto y luego dicen que fuera de Cuba no se escribe bien….. se escribe mejor

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