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Nunca dejes que te vean llorar (I)

Nunca dejes que te vean llorar (I)

Nunca dejes que te vean llorar (I)
febrero 02
15:55 2015

El origen

“En el año 2001, escuché decir al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos que “las coincidencias históricas son el mejor material para las grandes novelas”, y entre los ejemplos que me refirió, habló del impacto universal de la obra de Charles Chaplin en la historia de los últimos 50 años del siglo XX. Buscando luego en distintos sitios, comprobé, mediante documentos históricos, que: 1.- en 1941 Adolfo Hitler vio, acompañado por Goebbels, la película El gran dictador, de Charles Chaplin, y ordenó secuestrar al cómico inglés y llevarlo a Berlín; 2.- en 1952, Ernesto Che Guevara, en una corta estancia en Miami luego del primero de sus viajes por América Latina, planeó asimismo el secuestro de la actriz Marilyn Monroe, el pelotero Joe Dimaggio y Charles Chaplin; 3.- en 1978, tres meses después de la muerte de Chaplin, dos delincuentes supuestamente comandados por un antiguo oficial nazi robaron su cadáver de la tumba en Corsier-sur-Vevey, Suiza, con propósitos oscuros que hasta hoy permanecen en la sombra, y 4.- en el 2008 tuve como periodista la posibilidad de conocer a una joven alemana que decidió salirse de un grupo de neonazis curiosamente gracias al impacto humanista que en su niñez había provocado la película El chicuelo, de Chaplin.  Esas coincidencias en torno a la figura y legado artístico de Chaplin me hicieron pensar en escribir esta novela que, obviamente, está dedicada al amigo y maestro Augusto Roa Bastos”. 

*****

Berlín, 1942

Excepto por la leve cojera que le quedó de una enfermedad de los huesos en la infancia, Joseph Goebbels es un ser humano perfecto. Y el placer de su amistad, te lo has repetido cientos de veces, adquiere matices muy especiales por todo lo que has aprendido del que para otros es el poderosísimo Ministro de Propaganda, aunque para ti solamente sea “Goeb, mi padrino espiritual”.

–Cuando abre la boca delante de ti, quedas hipnotizado –le dijiste a otro gran amigo, mientras tomaban un café en la Hackesche Markt, aprovechando el ya caliente aunque tímido sol que asomaba sobre las calles de Berlín luego de un invierno horriblemente gris.

Gustav Fröhlich, que sorbía su taza de café al otro lado de la mesa, sentado de lado con esa pose de dignidad que parece ser parte de su vestuario, asintió con un leve movimiento de cabeza.

–Por eso tiene tanta suerte con las mujeres a pesar de ser un hombre común –dijo en un tono que, cuando lo recuerdas, te sigue pareciendo dolido; pero no con un dolor cualquiera, sino con ese dolor que se pega como una costra de suciedad en la piel cuando se conjuga con la derrota.

Fröhlich ya era un actor bastante famoso por esos días. Lo habías conocido años atrás, cuando eras solo un “jovenzuelo talentoso” –así te llamaba tu tía, también actriz– y solo aspirabas a escribir alguna obra de teatro y a verla representada en los grandes escenarios de la época. Tía Greta, a su vez, comenzó a intimar con aquel actor apenas un par de semanas después del exitazo de taquillas que fue la película Barcarole. “Te has lucido, querido Gustav, has brillado como toda una estrella”, le decía ella a Fröhlich siempre que llegaban las anécdotas de la realización de esa película en las largas conversaciones que tenían en su casona en Charlotenburg. Y fue allí donde “el sobrinote talentoso que tengo, sin dudas un dramaturgo en potencia”, le fue presentado a ese afamado actor que, por la simple química espiritual que saltó entre ellos al primer apretón de manos, pasó a ser, simplemente, Gustav.

El dolor de Fröhlich, lo sabías, nacía de la comprobación de una traición que le traía por esos días con las tripas revueltas por ese revoltijo de sensaciones que siempre crea la impotencia: su joyita de amor, la hermosísima actriz checa Lída Baarová, le había sido arrebatada por otro hombre tan popular como él en Alemania, pero todavía más poderoso: Joseph Goebbels. Aunque, todavía hoy, te sigues preguntando si la rabia de Fröhlich contra Goebbels se debía a lo que el actor consideraba una soberana metedura de pata: “Fui yo mismo quien buscó durante semanas enteras que Goebbels nos conociera a mí y a Lída, ¿lo recuerdas?”, te había confesado una noche, cuando la propia Lída le dijo que no soportaba más ser la amante de nadie, que la traía hasta los pelos saber que ella era el segundo plato de la mesa de placeres de Fröhlich, que no se había querido separar de su esposa.

–Era un simple pretexto para salir de mí –se quejó Fröhlich–. Como tú sabes mejor que yo, ahora está con el Cojo Ilustrado y, según se ve por lo feliz que está, no le molesta nada seguir siendo el segundo plato en la mesa del Ministro de Propaganda.

No le faltaba razón. Aunque no andas fijándote en los entretelones sentimentales tan abundantes en la vida de los personajes de la alta cultura y la alta política que has conocido desde que tu tía Greta te abrió las puertas a esos mundos gracias a su renombre artístico y a su impresionante belleza, pudiste notar que había un sorprendente paralelismo entre la relación de Lída Baarová con Gustav Fröhlich, y la relación de esa misma Lída Baarová con Joseph Goebbels. Fröhlich y Goebbels, curiosamente y por suerte para ti, tenían la decencia y el buen tino de no interferir en tus deseos de mantener la amistad con ambos, aun sabiendo que estaban divididos por la única de las divisiones contra la que los hombres, casi nunca, encuentran alianzas: el amor de una mujer.  No crees que pudo ser distinto: conociste a Goebbels en uno de los tantos encuentros del Ministro de Propaganda con la pareja de actores, y fue gracias a la recomendación de Fröhlich que Goebbels decidió ayudarte, convirtiéndose rápidamente en un amigo, por la cantidad de intereses comunes que tenían en materia de lecturas filosóficas.

En honor a la verdad, Goebbels se había comportado como un perfecto caballero. Nunca había mencionado a Fröhlich en tu presencia, excepto una vez, cuando ya su relación con la actriz llevaba unos meses: “¿Sabías que Fröhlich se refiere a mí llamándome El Cojo Ilustrado?”. No había en sus palabras ningún resquemor, ningún odio, tal vez porque a él le había tocado ganar, disfrutar el amor de la hermosísima actriz. Todo el odio en aquella enemistad, cómo negarlo, tenía un único manantial: El resentimiento de Fröhlich.

Tampoco era para menos. Lída Baarová es una de las mujeres más impresionantemente hermosas que has conocido. Y esa belleza subyugante crece cuando enseña la sonrisa más dulce y alegre que, estás convencido, se ha visto en los escenarios del mundo artístico desde que los Lumière atraparan las primeras imágenes en un celuloide.

Una pérdida catastrófica para Gustav Fröhlich. Como lo sería, seguramente, para cualquier hombre. Como lo fue para el mismísimo Goebbels.

Son unos pocos –entre ellos tú– los que saben que aquella pérdida, la de la mujer a la que el poderosísimo Ministro de Propaganda del Tercer Reich llamaba “mi Liduschka”, había sido la causa de que el 15 de octubre de 1938 Goebbels intentara suicidarse. ¿Cómo olvidarlo? Imposible. ¡Oh, mujer, criatura divina, cuántos hombres se han suicidado en tu nombre! Fue la única recriminación que hiciste a Goebbels en esos años de amistad, realmente molesto, dolido, casi rabioso: “¡Qué gran regalo me hubieras hecho, Goeb!, ¿no crees? ¿Cómo piensas que me sentiría el resto de mi vida recordando que justo el día de mi cumpleaños se había quitado la vida mi mentor espiritual?”. Casi nadie, a excepción de aquella anónima enfermera que se ocupó de obligar a Goebbels a tomarse la píldora antidepresiva que le recetaron luego del intento de suicidio, sabe que los ojos del que es todavía considerado un hombre sin sentimientos se humedecieron mientras una vocecilla débil que salía de su pecho te suplicaba: “¿Podrás perdonarme alguna vez, querido Emil?”, algo insólito en ese mismo hombre que lograba mediante encendidos discursos que los alemanes olvidaran sus sentimientos y priorizaran el cumplimiento del llamado que “ha hecho nuestro Führer a sanear de escorias este lado del mundo donde nos tocó el orgullo de nacer”.

Pero su intento de suicidio, mirado desde una perspectiva más humana, podría tener una explicación lógica. Detrás de la sensual y atrevida actriz checa Lída Baarová se escondía el alma sensibilísima de Ludmila Babková, una mujer que, como pudiste comprobar en los muchos encuentros que tuviste con ella, creía que el único modo cuerdo de andar por la vida sin cometer enormes equivocaciones era dejándose llevar por los dictados del corazón. Su entrada en la vida de Gustav Fröhlich y, poco después, en la de Joseph Goebbels, llegó cuando firmó el contrato con la fílmica alemana UFA, en el otoño de 1934, para protagonizar una película junto a Fröhlich, que era el actor de moda en Alemania. Un proyecto exitoso ciertamente. Unir a dos grandes actores como Fröhlich y Lída en la película “Barcarole”, tan elogiada por tu tía Greta, produjo uno de los mayores fenómenos taquilleros del cine alemán de los últimos años.

Incluso Hitler quedó prendado de la hermosa actriz. Goebbels te lo comentaría, evocando el momento con tristeza, años después, cuando ya parecía tan resignado tanto a olvidar la existencia de Lída como a no odiar a su mujer, Magda, por haber sido la causante de una pérdida que, estás seguro, jamás olvidaría.

–Si vieras los ojos de Adolf posados sobre Lída –te dijo, y notaste, bien lo recuerdas, que se había referido al Führer por su nombre de pila, cosa que hacía siempre que hablaba de esas cosas que los convertía en seres normales, tan mortales y humanos como cualquier otro, a pesar del protagonismo que tenían en la historia actual del mundo–. Te aseguro que Hitler no recuerda ni una sola escena de “Barcarole”, ese día del estreno, pero sí puede evocar cada detalle físico de Lída.

Claro, reconocía, y no era para menos, que “mi Liduschka estaba radiante; ya sabes que odio las frases gastadas, pero no encuentro una frase más exacta que esa: radiante, como la estrella que es”.

Goebbels, que jamás negó su interés directo en controlar la proyección del trabajo ideológico que desde el cine podía hacer la UFA, estaba presente en el estreno y, para usar otra frase gastada de esas que tú, como dramaturgo, evitas y detestas, de un flechazo recibió el impacto de la inocencia y la belleza de la joven actriz. “Supe que sería mía”, te dijo. Y también supo que haría hasta lo indecible por provocar un encuentro con Lída, hasta que logró besarle la mano, galantemente, y pudo mirarla a los ojos en un plató de la UFA durante el rodaje de otra película: Stunde der Versuchung.

Llovieron a partir de entonces las flores, los regalos, las postales con claras pero galantes insinuaciones, que hicieron temblar de rabia, impotencia y miedo al buenazo de Fröhlich, a quien no se le escaparon algunos detalles en el comportamiento de Lída que le hacían sentirse inseguro. Apenas un tiempo después, ¿cuánto?, no sabes, pero sí estás seguro de que no pasó de unas semanas, durante las Olimpiadas de Berlín, en 1936, en el chalet de Goebbels en Schwanenwerder, cerca del lago Wannsee, curiosamente a solo tres puertas de la casa donde Fröhlich y Baarová tenían sus encuentros furtivos, se encontraron de forma más íntima. Y, como supiste más tarde, cuando ya la amistad con Goebbels permitía el espacio para las confesiones, el Ministro de Información se humanizó ante ti del modo más natural que existe: contándote, ilusionado, de hombre a hombre, las muchas peripecias que hacía para lograr el amor de la actriz. Las reuniones secretas en el yate “Baldur” de su propiedad; las veladas también secretas “aunque todavía no carnales, querido Emil” en cierto castillo de Potsdam que jamás pudiste determinar; los paseos en limusina por uno de sus lugares naturales preferidos, el lago Lanke, en las afueras de Berlín; e incluso aquella idea atontada que Lída asumió como una “bella locura de enamorado”, según te contara ella misma, cuando la invitó a que oyera uno de sus discursos en el congreso anual del partido nazi en Núremberg donde él se tocaría la cara con un pañuelo blanco, durante el discurso, para demostrarle su amor.

Con una copa ya vacía, en una de sus finas manos, recuerdas a Goebbels, y hasta crees escuchar su voz triste mientras dejaba correr la mente tras algunas escenas de su amor con Lída. ¿Su mayor orgullo? “Sé que también me amó, querido Emil”, te dijo, gangosa la voz, pegajosa como la de los que van atravesando ya la puerta del dios Baco, esa divertida deidad borrachina de los griegos.

–Rechazó por mí –y se dio varios golpes en el pecho, como un gorila enfermo–… por mí, ¿lo oyes, querido amigo?, la mayor oportunidad de su vida como actriz.

Sabes que es cierto. Más allá del perogrullo y la vanidad y el dolor con que Goebbels lo haya dicho ese día, nadie podría negar que, siguiendo lo que ella llamaba “los dictados de mi corazón”, Lída había rechazado la oferta que le hiciera el actor norteamericano Rober Taylor de un contrato multimillonario para la MGM, con siete años de duración en Hollywood. Enamorada de Goebbels, todavía de una forma platónica, decidió quedarse en Alemania y para ello buscó una excusa que, viniendo de una mujer de su sensibilidad, se vería como algo indiscutiblemente natural: no quería separarse de sus padres, a quienes adoraba.

–Un día todo se concretó –te dijo Goebbels, cerrando los ojos en un gesto romántico, realmente tan debilucho que, incluso a ti, te pareció fuera de lugar en un hombre como él–. Lo platónico dio paso a lo carnal.

goebbels-600x798Y desde ese día decidieron que seguirían viéndose a escondidas de sus parejas públicas: Fröhlich, cuya impotencia se escondió en una de sus etapas más fructíferas como actor, y Magda, la esposa de Goebbels, que decidió hacer oídos sordos, acostumbrada sin duda a los escarceos de picaflor de su esposo.

Fue un tiempo bastante tempestuoso, incluso para ti, que ya habías decidido seguir siendo amigo de los dos, a pesar de que sabías que llevaría mucho trabajo lograr que ellos aceptaran tu amistad hacia el otro, es decir, hacia su rival. Goebbels, quizás por ser el vencedor de aquella lid, lo asumió sin aspavientos ni rencillas contra Fröhlich, pero el actor, temperamental y altivo, decidió no quedarse de brazos cruzados y llegó a sorprender a los amantes justo a la entrada del chalet que Goebbels tenía alquilado para sus encuentros amorosos. Discutieron, la ira del actor se desbordó y terminó en un puñetazo que hizo rodar por la tierra al Ministro de Propaganda. Aunque aquello rompió la relación entre la actriz y Fröhlich, ella logró suavizar el deseo de venganza de Goebbels, a quien le habría bastado una orden para acabar con la trayectoria del actor, y le hizo ver que era conveniente silenciar aquel incidente: “Si lo miras con tu usual sangre fría, mi amor”, te contó Goebbels que ella le había dicho, “ya nos quitamos de encima a Fröhlich y tú puedes seguirlo poniendo de ejemplo del artista alemán de éxito que, como debe ser, tiene una buena reputación de hombre casado y de excelente cabeza de familia”. Inteligente la propuesta, manipuladora, ¿qué dudas cabe?, pero, ¿qué mujer no manipula a su hombre en algún momento? Y efectiva, pues Goebbels cumplió tan a fondo la petición de Lída que ni ella, y mucho menos Fröhlich, hubieran podido adivinar que el Ministro de Propaganda se vengaría del modo más cruel que tenía a su alcance: no firmó la carta en la que los directivos de la UFA solicitaban la exención del servicio militar para Gustav Fröhlich, en su calidad de actor.

–¿Sabes ya que tu queridísimo amigo, el señor Fröhlich, ha sido reclutado para cumplir con la patria en nuestro frente de guerra? –te dijo, y aun sientes el regodeo sádico que descubriste entonces en sus palabras.

–¿No te ofendes si te pregunto algo? –dijiste.

–Adelante, hombre –fue su respuesta–. ¿Cuándo me he ofendido por algo que me has dicho?

–¿Una venganza?

Lo viste mover su cabeza en una clara negativa y sabes que esa ha sido una de las pocas veces en que su mirada ha tenido la frialdad calculada, siniestra para muchos, del Ministro de Propaganda, nada que ver con la mirada cómplice del amigo mentor.

–Si otros actores han tenido que cumplir con la necesidad que tenemos de reforzar nuestras fuerzas armadas, ¿por qué tiene que ser diferente en su caso?

Primer fragmento de la novela “Nunca dejes que te vean llorar”, de próxima aparición en la editorial Grijalbo.

Fue aquella una señal de que comenzaba la tragedia. Supiste esa vez, quizás como una lección más de tu mentor espiritual, que en el plano íntimo el destino se vira incluso en contra de aquellos hombres que, al menos para los ojos de los simples mortales, tienen el poder solo destinado a los dioses.  Se desencadenó así una sucesión de escenas familiares que parecían salidas de una pésima novelita rosa: Goebbels confesándole a su esposa Magda su infidelidad con la actriz; Magda telefoneando a Lída: “Soy la madre de sus hijos”, le dijo, “y solo me interesa lo que ocurre en esta casa en la que él vive; todo lo que suceda fuera de ella no tiene nada que ver conmigo. Solo debes prometerme una cosa: no tendrás un hijo suyo”; la aparente calma de varios meses en los que Goebbels endulzaba a la esposa y a la amante con regalos procedentes de la misma joyería; la resignación de Lída a su papel de amante, de segundo plato, como diría el buenazo de Fröhlich; las escenas de celos crecientes, cada vez más usuales, de Magda, cuando comprobó que aquella no era una relación más, de las tantas que había soportado de su esposo, pues era visible que estaba locamente enamorado de  la actriz, por demás mucho más hermosa y más joven que ella; la audiencia que, en secreto, le pidió Magda Goebbels al mismísimo Führer, para contarle la infidelidad de la que era víctima y de su decisión de divorciarse; la inyección de dignidad que recibió ella de parte de Hitler: “Querida Magda”, le dijo el Führer, sus manos acariciando las manos temblorosas de la mujer, “para el bien del Partido y de tus hijos, debes mantenerte unida a tu esposo. Recuerda que hay muchos ojos sobre ustedes, que son el ejemplo de la familia que queremos construir en este país”; y el compromiso de Hitler de que él resolvería ese “desliz”, convencido de que Goebbels acataría su decisión. Como mismo fue, gracias a la ciega fidelidad que el Ministro de Propaganda siempre le había mostrado.

–No te miento si te digo que ha sido una de las reuniones más amargas que he tenido desde que ando en política –te dijo Goebbels al día siguiente.

Había decidido alejarse de todos para pensar en la decisión de Hitler, que le había hablado, según te contó, en su doble condición de líder y amigo. Y todavía te da orgullo saber que, en esos precisos momentos, cuando el desasosiego lo aplastaba, Goebbels te había llamado a ti: “Necesito hablar con alguien que me escuche con sinceridad”, te había dicho su voz, débil, dolida, casi desesperada, al otro lado del teléfono.

–Esa zorra de Magda me ha tendido una trampa –murmuró, aunque la fuerza que puso en cada palabra, pronunciada con una lentitud rara en él, te permitió escucharlo perfectamente.

–¿Una trampa?

–Se puso el traje de víctima y ha convencido a Adolf de que soy un monstruo –aclaró sin levantar la cabeza, hundido su cuerpo flaco en una butaca enorme que lo hacía parecer todavía más pequeño.

Estaba dispuesto a renunciar a su puesto de Ministro, a largarse a un país aliado lejano, a cualquier cosa que no le quitara aquella nueva vida que estaba viviendo junto a Lída.

–Aunque te duela entenderlo, Goeb –dijiste, intentando que tu tono fuera conciliador–, es una locura. Renunciar al Ministerio sería un error político.  ¿Hitler lo aceptó?

Negó, sacudiendo la cabeza.

–Piensa lo mismo que tú –contestó–. Se ha negado de plano a las dos únicas cosas que me permitirían seguir con Lída: el divorcio de Magda o mi renuncia.

–¿Y por qué no el divorcio? –y lo preguntaste más por hablar que por otra cosa, pues imaginabas la respuesta.

–Ya sabes… –otra vez su voz, cortada, lenta, apagada–, ese asunto de la familia alemana perfecta…, el prototipo de la familia nazi…, en fin…, una de mis propias ideas se vira en mi contra. ¿No es eso fatalidad?

Sabías que su dolor no terminaría ahí; ni en su llamada a Lída, en la que le comunicaba que no podían verse nunca más; ni en el recuerdo que siempre llevó de las recriminaciones que la actriz le hizo, llorando, culpándolo de no defender el amor que sentían simplemente por fidelidad a Hitler; ni en su fallido intento de suicidio el día de tu cumpleaños.

–Tendrá que irse de Alemania –te dijo, ya de vuelta en su oficina–. Hay una orden de mantenerla bajo estricta vigilancia, se la citará a la policía para intimidarla y que no haga público nada de lo nuestro y, como si fuera poco, acabo de enterarme de que el propio Adolf ha ordenado que nuestros estudios de cine tengan prohibido darle hasta el más pequeño papel en las películas que se hagan acá.

A inicios de 1940, en marzo o abril, no recuerdas, escuchaste otra vez la voz rajada, triste, al otro lado del teléfono.

–Se ha ido, querido Emil –te dijo–. Mi Liduschka se me ha ido para siempre.

Sobre el autor

Amir Valle

Amir Valle

Amir Valle (Guantánamo, 1967) ha obtenido premios literarios en países como Cuba, Colombia, República Dominicana, Alemania y España. Ha publicado más de una veintena de títulos, entre ellos los libros de testimonio “Jineteras” (Planeta, 2006) y “Habana Babilonia, la cara oculta de las jineteras” (España, 2008), y las novelas “Las puertas de la noche” (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), “Si Cristo te desnuda” (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006) y “Las palabras y los muertos” (Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa, Seix Barral 2007). Reside en Alemania.

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1 comentario

  1. Anita Book
    Anita Book febrero 11, 13:19

    no veo la hora de leer la novela completa, que delicia

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