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Nunca dejes que te vean llorar (II)

Nunca dejes que te vean llorar (II)

Nunca dejes que te vean llorar (II)
febrero 20
06:52 2015

Miami, 1952

Alguna agencia de publicidad había instalado una valla en la pared de una de las esquinas más oscuras del camino que él recorría cada noche desde que empezó a fregar platos en el restaurant. Enorme la valla. Aunque tal vez lo que ha llamado más su atención no sea eso, el tamaño, sino un contraste que no ha escapado a sus ojos, acostumbrados a mirar el mundo con el lente del fotógrafo: a pesar de las sombras que flotan neblinosas, lúgubres en aquella esquina, las caras de Marilyn Monroe y de Joe Dimaggio, que aparecen en el cartel sonriendo a los que pasan, pueden verse con una extraña luminosidad, como si ellos mismos, sus cuerpos llenos de la luz de su propia gloria, contaminaran todo el alrededor de una seductora claridad.

–Tenés cada cosa, Ernesto –se dice en voz alta y se queda mirando el cartel.

Ha pensado que aquel contraste, esa guerra entre la claridad de los dos seres humanos que el cartel atrapa y la ensombrecida realidad que los rodea, es un símbolo de la propia realidad que él ha podido ver en el viaje que hizo junto a su amigo Alberto.

–Pues sí, Ernesto –sigue hablándose a sí mismo, ya retomado el camino, con el cartel empequeñeciéndose en la esquina, a su espalda–… Solo la humanidad, la gente, puede derrotar con su propia luz toda esa oscuridad que has visto en América.

Camina en silencio cerca de una cuadra, sin pensar, pero como un lanzazo en su cerebro una idea le hinca: “Sos un iluso perdido, Ernesto”, y esta vez lo piensa, aunque asiente con la cabeza: “¿Creés que estos dos, o que alguno de esta especie de ricos, entenderá alguna vez qué carajo es vivir en la miseria que has visto?” Era imposible, lo sabes, porque una de las cosas que Hugo Pesce le había hecho ver en aquella conversación en Lima, fue que el peor enemigo del marxismo y de los marxistas no era el imperialismo, afirmación que lo dejó algo atontado y con la duda de si aquel comunista tan respetado no había perdido los tornillos del cerebro.

–Perdone, Hugo –le había replicado–, pero hasta los reformistas del marxismo aceptan esa máxima…

–Digan lo que digan –aclaró Pesce, sonriendo–, el imperialismo es derrotable, muchacho. Pero el ser humano –y extendió una pausa luego de una mueca, con la mirada fija en Alberto–… el ser humano, su propia condición, es el peor enemigo del marxismo.

–Si aceptamos esa tesis –siguió defendiéndose, sin entender qué intentaba decirle el peruano–… si tenemos que creer que el hombre es enemigo del marxismo, entonces el marxismo jamás será aplicable.

–Puede ser aplicable, muchacho, puede serlo –y Pesce se rascó la frente, sin dejar de mirarlo–. Pero eso no niega que el marxismo es una teoría que tendrá que luchar, hasta imponerse, contra la propia naturaleza humana. Un mérito que no podremos negarle al capitalismo es que ha sabido manipular los defectos humanos para que se conviertan en una fuente más de capital, de riqueza. Como diríamos acá, los capitalistas saben tirar siempre la tortilla de maíz en el mejor lugar del horno, para que no se queme y poder saborearla bien cuando esté asada. Los marxistas debíamos aprender esa lección.

Según el peruano, el ser humano era una criatura tan imperfecta, tan llena de egoísmos y ambiciones, que cualquier sistema tendría, en primer lugar, que enfrentarse a esas imperfecciones, sobreponiendo los egoísmos, las aspiraciones individualistas y las ambiciones más íntimas a los sueños de la colectividad. Para la mentalidad del capitalista, eso se reducía a una frase: “Todo hombre tiene su precio en dinero”, y llegar a esa frase les había costado ya unos cuantos años de pruebas y experimentos sociales dentro de la especie humana. Por desgracia, la fórmula les había dado resultado en la inmensa mayoría de los casos. Y también por desgracia, “hasta este mismo momento en que hablamos, muchacho”, le había dicho Pesce, los que apostaban por el comunismo seguían empecinados en que podía cambiarse a la gente solamente con las consignas, a fuerza de pura propaganda. Lo consideraba un error, porque aquello de “el hombre piensa como vive y no vive como piensa cada vez va siendo una verdad lamentablemente más extendida”.

–Va y tenés razón, Hugo –dice, otra vez como para escucharse, bajo pero audible.

Solo mediante la tesis del peruano podría entender que todos aquellos ídolos del cine, del deporte y de la política, que juraban ser personas sensibles, humanísimas, de corazón noble, pasaran de largo ante la inconmensurable pobreza de todos esos países donde hasta los muertos de hambre los adoraban, encandilados con las luces de prosperidad que ellos representaban.

–La pregunta es esta, Ernesto –masculla, esta vez algo más bajo cuando ve que por la misma acera viene una pareja de jóvenes, intercambiando palabras y risas, con ese jolgorio libertino de los enamorados–: ¿qué pensará Marilyn Monroe de esas indias pobres que ven sus películas soñando algún día con el imposible de vestir uno de sus vestidos blancos? ¿Y Dimaggio? ¿Será consciente de la suerte que ha tenido al no ser uno de esos millones de venezolanos y colombianos que juegan béisbol con una pelota de trapo y un palo como bate en los despoblados de los barrios marginales donde viven?

alg-monroe-dimaggio-jpgTiene sus dudas. Detrás de la belleza de Marilyn se esconde algo que no ha logrado entender ni siquiera viendo sus películas. Y ese algo parece venir de un rechazo visceral a su infancia pobre, con una madre enloquecida y la presencia intangible de la soledad de un orfanato donde pasó buena parte de sus primeros años; un rechazo que quizás no fuera real, que podía ser idea suya al ver el glamour casi etéreo que rodeaba a la bellísima rubia, pero que se trataba de una señal que él todavía puede percibir, incluso cuando mira imágenes de la actriz como esa del cartel que ha dejado atrás y que anuncia la próxima visita a Miami de la pareja más renombrada del momento: la sensual Marilyn y el tosco Dimaggio se habían enzarzado, era comidilla, y andaban siempre perseguidos por los paparazzis, esa vergüenza del oficio fotográfico, empeñados en captar hasta la más mínima imagen de la intimidad de aquellos dos ídolos, para cobrar el buen dinero que pagaban por basuras como esas las revistas yanquis del corazón.

–El paparazzi es la prostituta del arte fotográfico –había dicho, no recuerda cuándo, pero sí que lo leyó y estuvo de acuerdo, otro de los famosos, quizás el único que podía competir en fama y publicidad con Marilyn Monroe: Charles Chaplin.

Y ese simple fogonazo de las palabras del cómico inglés en su cabeza le hacen decirse que ese sí, está seguro, ha llegado a sopesar con el alma y su dignidad toda la pobreza y la injusticia que hay en el mundo: “Basta con ver sus películas”, porque sabe que alguien que ha puesto en escena la tragedia humana que el mundo ha descubierto en Candilejas, o en El vagabundo, o en La quimera del oro, o en El gran dictador, es sin dudas de un corazón especial, dueño de un poder que, lo sabe, le haría mucha falta: la risa como arma de lucha mediante la crítica social en un medio artístico que, cada año, ganaba más influencia en la vida cotidiana de eso que el mismo Chaplin llamó “tiempos modernos”. Nada había más cercano a los sueños de emancipación del socialismo que esa crítica feroz que el inglés hacía de la sociedad capitalista en Tiempos modernos.

Ya sin sentir tanto el frío, mientras escucha otra vez sus propios pasos sobre el cemento de la acera, en la honda noche que se abre sobre Miami, no sabe qué le hace recordar la frase de Pesce, pero sigue caminando y cree tener delante al peruano diciéndole “los capitalistas siempre saben tirar la tortilla de maíz en el mejor lugar del horno para que no se queme y poder saborearla bien cuando esté asada. Los marxistas debíamos aprender esa lección”, con la misma voz calmada y juiciosa con la que había sido pronunciada meses atrás.

–Va y tenés razón, Hugo –le dice al fantasma del peruano que camina delante de él y se evapora entre las sombras, ascendiendo a la alta noche quizás del mismo modo en que ascendió Cristo alguna vez, según dicen.

Porque no le parece nada disparatada la idea que se le ha metido entre ceja y ceja: aprender de los capitalistas; tirar la tortilla en la parte del horno correcta; aprovechar la publicidad que cientos de periódicos y revistas y programas radiales y telediarios lanzaban sobre ciertos ídolos populares de la cultura y el deporte para hacerle saber a la gente que existían otros mundos, perdidos en las selvas, en los picos andinos, en los vientres oscuros de las montañas y las selvas de América; utilizar la propia propaganda capitalista para denunciar la expoliación que ese capitalismo hacía, día a día, hora a hora, segundo a segundo, en esos pobres pueblos de América que él había recorrido, asqueándose de tanta miseria injusta; vender mediante la publicidad, en vez de estúpidos e inútiles productos de consumo, la verdad tristísima que asolaba a todo el sur de aquel hemisferio para que esa gente que se lanzaba de cabeza como insectos cegados por la luz a comprar cuanta baratija o basura le brindaban los anunciantes utilizando a los ídolos de la cultura y el deporte, llegara a saber que en algún lugar cercano incluso soñar con comprar un pedazo de pan parecía cosa salida de la más pura ciencia ficción.

–¿Qué pasaría si Chaplin, Marilyn y Dimaggio vieran por sus propios ojos todo lo que yo he podido ver en mi viaje por América? –dice y, de nuevo, asiente con un gesto a lo que piensa.

A Chaplin, piensa, bastaría con hacerle la propuesta: “Maestro, quisiéramos que viajara con nosotros a ciertos lugares donde hay mucha más de la miseria, la pobreza y la desesperanza que muestran sus filmes”. El inglés aceptaría. Estaba casi seguro de eso.

Pero los otros dos, Marilyn y Dimaggio, también cree estar seguro, se reirían en su cara y hasta podrían decirle: “Yo salí de allí, muchacho, y a esos mundillos que dejé en el pasado no quiero volver ni de visita”, aunque está casi convencido de que el pelotero lo diría con palabras todavía menos finas, más soez como parecía decirlo a gritos su cara de mafioso venido a menos.

Habría que forzarlos. Arrastrarlos por los caminos polvorientos que él y Alberto recorrieron, mostrarles el hambre, el miedo, la muerte, la falta de sueños y de esperanza que han tratado de aplastar con el olvido, porque aunque reconoce que ellos tienen derecho a defenderse del dolor de ese pasado que vivieron en la pobreza, no lo tienen a ser tan egoístas como para ni siquiera manifestarse en contra de que esa pobreza siga extendiéndose como una plaga que ya contamina a casi todo el planeta, llegando incluso allí, a ese país por el que ahora él camina y por el cual ellos transitan derrochando el dineral que se ganan.

–¿Qué pasaría si un grupo de revolucionarios secuestra a Chaplin, a Marilyn y a Dimaggio y les muestra la verdadera cara de América, esa cara horrible que ellos se empeñan en no conocer? –dice.

Y sonríe. El frío de la noche ya no le importa. Camina, sonriendo, asintiendo levemente mientras da vueltas a la idea en su cabeza.

–Tenés cada idea, Ernesto –se dice.

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Sobre el autor

Amir Valle

Amir Valle

Amir Valle (Guantánamo, 1967) ha obtenido premios literarios en países como Cuba, Colombia, República Dominicana, Alemania y España. Ha publicado más de una veintena de títulos, entre ellos los libros de testimonio “Jineteras” (Planeta, 2006) y “Habana Babilonia, la cara oculta de las jineteras” (España, 2008), y las novelas “Las puertas de la noche” (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), “Si Cristo te desnuda” (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006) y “Las palabras y los muertos” (Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa, Seix Barral 2007). Reside en Alemania.

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2 comentarios

  1. Tristan Benitez
    Tristan Benitez febrero 27, 23:03

    esta novela no me la pierdo en cuanta salga a comprarla. Amir Valle un escritor que esta llamado a relevar a los grandes como Infante y Arenas.

  2. Compare Prices
    Compare Prices marzo 17, 14:56

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