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Nunca dejes que te vean llorar (III)

Nunca dejes que te vean llorar (III)

Nunca dejes que te vean llorar (III)
marzo 15
19:08 2015

Hollywood, 1942

Chaplin no es, como decían algunos, un hombre egocéntrico: es el mismísimo centro del Ego, así, escrito con mayúsculas. Langwasser te lo había sugerido: “Mantén siempre en la mira su ego, colega. Si no pierdes esa referencia, te garantizo que le sacarás al actor todo lo que quieras saber”. Y hasta ahora, luego de media hora de conversación, así ha sido. Porque has tenido delante de ti, histriónico y parlanchín, ora hiperkinético, ora lerdo como un oso en invierno, a un hombre al que hasta el mismo momento en que te presentaste: “Emil Kaufmann, un berlinés que aspira a ser actor”, habías creído lejano, encumbrado, inalcanzable. Y de pronto las vueltas de la vida te han colocado cara a cara, apenas separados por una pequeña mesita de mármol, frente a ese mítico actor inglés que a sus cincuenta y dos años ha dividido el mundo en bandos irreconciliables: quienes lo adoran y quienes lo odian.

El ego personificado. Aunque a estas alturas del encuentro ya has descubierto que no podía ser de otro modo. Sabes que existen personas así, condenadas a llevar la marca de su genialidad en un aplastante ego, tan aplastante que ellos mismos terminan hechos un guiñapo de carne y hueso y espíritu bajo esa fuerza interna que los obliga a querer brillar todo el tiempo, como si la falta de brillo les hiciera perder oxígeno y se creyeran, al hundirse en la sombra gris en la que flota el resto de la humanidad, que se morirán de asfixia.

–¿Aspirante a actor? –repitió Chaplin, separando un poco más las palabras con las que te habías presentado, la cabeza ladeada, mirándote con esos ojos que, no sabes por qué, te resultan cargados de esa misma tristeza que has visto en esas películas donde encarna a Charlot.

–Es un mundo bastante difícil para creerse actor por haber representado dos o tres papeles en teatro, ¿no cree? –le dices, sin mentir, aunque lo haces más por seguir la sugerencia de Langwasser: “Colócate siempre en un escalón más bajo, sin que Chaplin note que lo estás endiosando a propósito, y el hombre abrirá el pico sin que tengas que preguntarle”.

–Usted no lo sabe bien, amigo –le oyes decir–. Cuando cumplí los cincuenta años supe que había llegado hasta aquí porque siempre me propuse luchar contra todas las tormentas. Pero sé, conozco cientos de casos, que otros muchos se rinden.

¿Qué te mantiene subyugado a sus palabras? No sabes precisar. Si fueras una mujer, piensas, dirías que es ese raro imán que forman la delicada perfección de las líneas de su cara, la profundidad enigmática y subyugante de su mirada triste, el contraste entre sus espesas cejas negras y el negro de su pelo con esas vetas blancas, y la seguridad poderosa que escapan de sus palabras y te envuelve. A las mujeres, aunque muchas lo nieguen, les encantan los hombres que muestran una seguridad así, aun cuando ellas sepan que se trata de una seguridad escénica. ¿Cuántas veces las has visto suspirar ante la hombruna masculinidad escénica de un actor que, te consta porque conoces su vida detrás de los telones, es más delicado que una damisela abandonada en un burdel de viejas putas? Cuestión de pactos. De esa perspectiva desde la cual algunas personas deciden mirar al mundo: si aceptas las condiciones que te proponen, y es el caso de esas mujeres que saben que sus hombrunos ídolos televisivos pueden ser rotundos homosexuales en su vida real, ya el pacto está firmado. Y desde esa perspectiva, la del hombre que atrae a quienes lo miran, junto a la marca de su destino que lo hizo nacer para brillar y seducir, puedes comprender tu propia subyugación ante Chaplin. Además, hay genios que imantan su entorno sin notar que poseen esa virtud, pero no es el caso de este hombre que sonríe y ya no es la cara triste de Charlot sino la de ese actor famoso que muestran los carteles y las fotografías de la prensa; un hombre que se sabe poseedor de un don y que siente un regusto especial en poner en práctica ese don.

–¿Sigue tan adorable nuestra Beth? –le oyes decir, y asientes.

Cuando la conoció en la compañía de Fred Karno, Beth Rogers era “una de esas chicas que miras y deseas seducir, sin darte cuenta de que es ella quien te ha lanzado sus telas de araña de sensualidad para que te veas obligado a seducirla”. Una sirena de hermosa voz con la pericia de una araña al cazar su presa. Pero él no había sucumbido. Desde el inicio supo que Beth sería una gran amiga, una excelente confesora, “y una voz interior muy convencida de lo que me decía me hizo saber que aquel cuerpo no sería para mí”. Había hecho caso a la voz. Y con el paso del tiempo Beth se convirtió, efectivamente, en un franco remanso al cual acudía cuando quería hacer planes o conversar de cosas que a otros jamás diría, “e incluso algo así como un oráculo”, dice, porque cuando a Fred Karno se le ocurrió la gira por Estados Unidos, “una gira a la cual Beth no quiso ir porque su madre andaba muy enferma por esos tiempos”, habían preferido despedirse en un restaurante tailandés que a Chaplin le encantaba y allí Beth le había dicho que él no regresaría a Londres: “Me dijo que había tenido un sueño donde un barco entraba en una enorme nube de luz, yo iba en ese barco y el barco regresaba vacío, siempre como flotando entre la niebla sobre las aguas. Pero lo que más me hizo pensar fue que ella dijo que, de pronto, mientras el barco regresaba, ella había mirado la nube de luz y la nube de luz era mi cara. Dice que yo sonreía”.

–Por eso cuando Alistair me dijo que un amigo de Beth quería verme –le oyes decir mientras se pone de pie y va hasta un pequeño bar en una esquina del cuarto–, me vino el recuerdo de ese sueño y de la cara de Beth contándomelo, allá en Londres, hace ya tantos años.

¿Cómo negarle entonces una entrevista a un amigo tan íntimo de la pitonisa que le había revelado el futuro de un modo tan certero? Y otra vez sonríe. Y queda a la espera, como si fuera tu turno en ese montaje que él ha hecho de la escena que vive. Porque sí, ese es otro de tus descubrimientos: para Chaplin cada momento es una escena que ha de vivirse intensamente y saber eso te hace pensar que solo ese modo de entender la vida es suficiente para que muchos lo consideren un excéntrico, un odioso egocéntrico, un ser raro que se ufana y se preocupa, sobre todo, por esgrimir esa rareza delante de todos, sin importar cuán cerca o lejos estén de ese terreno siempre minado que es la intimidad.

–Como supondrá siendo yo alemán –dices–, mi interés mayor está en que hablemos de una  película específica…

El gran dictador

Asientes, y ves que Chaplin ha vuelto a quedar a la espera. Por eso crees que es pertinente lanzarte a fondo.

–Tenemos evidencias seguras de que nuestro canciller, Hitler, ha visto su película…

–¿Quieres que te confiese algo? –dice, cortando tu idea.

Esta vez eres tú quien queda en vilo, atento, tus ojos clavados en la cara de ese hombre que hunde los dedos en la moña de pelo negro con vetas blancas de su frente, como si quisiera peinarse, para luego sostener tu mirada mientras habla.

–Si hubiera sabido antes que Hitler, en su enfermedad de poder, iría más allá de lo que pensé era esa caricatura que yo hice, jamás hubiera filmado esa película. No es humano revolver tanto odio.

–Es una gran película, de todos modos… –intentas replicar, sacar el cuerpo de ese tema.

–¿Es verdad eso que dicen? –quiere saber, y sus ojos te enseñan una verdadera intriga–. ¿Eso de que están matando a miles de personas en esos campos de prisioneros donde encierran a los enemigos de Alemania?

La pregunta te sorprende. ¿Qué responder? Prefieres esquivar el cuerpo.

–¿Qué tiene que ver eso con la película?

–La escena del discurso de Adenoid Hynkel en Núremberg –precisa–. Un grave error artístico si eso que cuentan es cierto. Una película no es solo un rollo de imágenes grabadas, es un manifiesto de ideas. Yo quise hablar ahí de adónde puede llevar el poder cuando se convierte en una enfermedad psíquica. Mi Hitler no es tu Hitler solamente, es el Hitler que cualquiera de nosotros puede ser si el virus del poder lo enloquece. Y si esos muertos existen, la película debió ser distinta.

el_gran_dictador_charlie_chaplin–No tengo la más mínima prueba de que esté muriendo gente en esos campos –dices–. Y créame, por raíces familiares estoy bastante cerca de algunos personajes del poder en mi país, así que creo estar bastante informado de ese tipo de asuntos.

Tampoco mientes. De esas historias solo has escuchado a Goebbels referirse a ciertos enfermos mentales, así llama a ciertos militares que odia, que se han pasado de la raya experimentando nuevas medicinas y el efecto de nuevas tecnologías de guerra en mucha gente prisionera en algunos campos. No en todos. Más nada sabes, es la verdad. Y dudas que sean ciertos esos rumores, porque el propio Goebbels te ha hablado de las innumerables campañas de infundios que se lanzan en todo el mundo contra las pretensiones del Führer. Basta mirar los postulados del nacionalsocialismo para saber que no puede ser cierto algo así, pues es un ideario construido para que los alemanes acaben de una buena vez de tener un sistema decente y una vida digna.

–¿Y sabes qué ha dicho Hitler? –dice Chaplin.

–Dudo que el Führer tenga tiempo para perder verificando todo lo que pueda estar pasando en esos campos –dices, pensando que, si fueran ciertos esos infundios, Hitler no tendría por qué saberlo. ¿Cuántos desmanes estaban pasando en Alemania, perpetrados por esos militarotes anormales en el poder, sin que él se enterara?

–No me refiero a esos comentarios –le oyes decir–. ¿Qué ha dicho de la película? ¿Sabes algo?

–Una fuente muy cercana me ha dicho que se ha reído bastante –contestas, con el bichito del interés picándote por saber cuál será su reacción–. Especialmente se ha encantado con las escenas donde aparece Mussolini, es decir, Benzino Napoloni.

Suelta una carcajada y asiente. Ha estado de pie y viene hasta dónde estás para sentarse, casi tirándose, en una mullida butaca.

–Nadie creía que Jack pudiera hacer tan buen papel –dice–. Tiene un carácter bastante malo y la gente lo detesta, pero desde que escribí el guión supe que ningún otro actor podía hacer ese papel como Jack Oakie. Fue verdaderamente genial. Unos minutos en pantalla y puedo asegurarte que ha hecho una de sus mejores actuaciones.

Parecía eufórico porque a Hitler le hubiera gustado El gran dictador. La tristeza charlotesca de sus ojos había sido sustituida por una luminosa alegría que, en sus gestos y palabras se transformaba en jocosidad.

–Es curioso, ¿no crees?

No entiendes. Y notas que él lo ha captado, quizás por tu cara dubitativa.

–Un psicólogo amigo me juró que nunca un enfermo de poder reconocería su enfermedad –le oyes decir–. ¿No te parece que reírse de una caricatura hecha sobre ese propio poder es, de algún modo, un reconocimiento de esa enfermedad?

–O un síntoma de que no se está enfermo –replicas.

Arruga el ceño y su gesto te obliga a fijarte aun más en el contraste de la pequeña y cuidadosamente peinada moña encima de su amplia frente. También ese gesto agudiza más tu impresión inicial: sí, otro rasgo en Chaplin que posee ese imán seductor para muchos ojos es su nariz, aguileña, que parece apuntar, como para remarcarlos, al grosor de sus labios.

–No creo poder decirle otra cosa –dices, y pones en tus palabras un convencimiento que, sabes, es necesario para que Chaplin no vaya a tener la más pequeña de las dudas sobre tus reales intenciones–. Póngase usted en mi lugar: soy alemán, dirijo una revista alemana que ha sido aprobada por el Ministro de Propaganda de ese hombre que para el mundo entero es un loco enfermo de poder, y estoy aquí pidiéndole una entrevista al hombre que ha puesto en ridículo a ese loco enfermo de poder para publicarla en mi revista. ¿Cree que si esos rumores contra el gobierno de mi país fueran ciertos yo me atrevería a publicar esta entrevista en una revista oficial del Tercer Reich? Como usted sabrá más que yo, los artistas tenemos mucho de loco, y quizás por eso yo no me considere un verdadero artista: me creo demasiado cuerdo incluso para mi propio gusto y de suicida no tengo ni un pelo.

“Nunca dejes que te vean llorar” es una novela de Amir Valle de próxima aparición en la editorial Grijalbo. Este es su tercer fragmento publicado en La Esquina de las Letras.

Sonríe con una sonrisa que te parece totalmente franca. Sientes que has ganado el derecho a la entrevista y comienzas a preguntarte cómo vas a colar entre las preguntas que has elaborado esas otras que te permitirán saber por dónde es mejor atraparlo y cumplir así la misión que te encomendó el Führer, ese loco enfermo de poder, según Chaplin.

–Entonces –y lo ves acomodarse en la butaca, como quien se prepara para una larga conversación– hagamos esa entrevista –dice.

http://neoclubpress.com/nunca-dejes-que-te-vean-llorar-ii-022036122.html

Sobre el autor

Amir Valle

Amir Valle

Amir Valle (Guantánamo, 1967) ha obtenido premios literarios en países como Cuba, Colombia, República Dominicana, Alemania y España. Ha publicado más de una veintena de títulos, entre ellos los libros de testimonio “Jineteras” (Planeta, 2006) y “Habana Babilonia, la cara oculta de las jineteras” (España, 2008), y las novelas “Las puertas de la noche” (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), “Si Cristo te desnuda” (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006) y “Las palabras y los muertos” (Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa, Seix Barral 2007). Reside en Alemania.

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