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Obama, Cuba y el modelo chino

Antonio Castro, uno de los herederos que se frota las manos

Obama, Cuba y el modelo chino
octubre 14
10:04 2016

 

Las nuevas concesiones al régimen de La Habana anunciadas este viernes por la administración de Barack Obama vierten un cubo de agua fría sobre el exilio cubano, la oposición, la sociedad civil y en general todos aquellos ciudadanos y organizaciones, nacionales e internacionales, que desean un cambio real, en Estado de Derecho, para la mayor de las Antillas.

Obama continúa acercando el modelo chino a Cuba. A más inversiones y créditos concedidos por Occidente a la estructura económica regentada por el Estado represivo, más control del Estado represivo sobre los ciudadanos. El chavismo también lo ha demostrado, no solo los 40 años de cambio sin cambio en China tras el acercamiento de Richard Nixon y las posteriores reformas de Den Xiao Ping: la estabilidad económica del Estado totalitario apareja más tiranía, más abuso, más represión. Con sus 16 años de autoritarismo y por lo menos 10 de totalitarismo, con su sociocultura tan parecida a la cubana, el sistema vigente en Venezuela desmonta las teorías de quienes insisten en que el restablecimiento de relaciones con Cuba, más las bondades del intercambio persuasivo, van a facilitar el advenimiento de la democracia en la Isla, y que al castrismo no le es posible transitar a un modelo semejante al chino por tratarse de otra cultura y de otra geografía. Estados Unidos nunca ha mantenido un embargo contra Venezuela ni los venezolanos han dejado nunca de importar y exportar a Norteamérica. Sin embargo, al mismo tiempo, el chavismo nunca ha abandonado su retórica “antiimperialista”.

Porque no se trata de esperar que la pobreza provoque una rebelión en Cuba —como infantilmente alegan los detractores del embargo contra quienes lo defienden—, sino de provocar, a falta de prestaciones estadounidenses o de cualquier otro país, que el castrismo abra más espacios y conceda más prerrogativas a los agentes económicos del cambio, es decir, al pueblo emprendedor. En la Isla, esto comenzó a ocurrir en 1995 y fue cortado en 1999 por el subsidio venezolano. Ahora, con las grandes empresas castristas beneficiándose de las facilidades obamistas –y con la represión en alza contra los cuentapropistas y el mercado informal relacionado–, se repite el escenario. La crisis del petróleo venezolano debería obligar a Raúl Castro a una apertura económica, pero en lugar de ello Estados Unidos acude en su ayuda con más turismo, inversiones, créditos y la posibilidad de que nuevos productos cubanos sean introducidos o exportados a territorio estadounidense, bloqueando esta posibilidad. Vuelta a la cerrazón. El castrismo no necesita abrirse porque se abren a él.

Todo esto sin mencionar, por supuesto, el enorme capital simbólico, publicitario, que concede Estados Unidos al régimen de La Habana con su insistencia en las concesiones. Que la mayor potencia mundial y adalid de los derechos humanos ría las gracias –el abuso– de los violadores de los derechos humanos, incluso las premie, constituye un pésimo ejemplo para el resto de los países civilizados y empodera políticamente al sistema represivo imperante en Cuba.

Reactivar la economía del régimen sin que este haya mostrado la más mínima intención de liberar a los cubanos, ni siquiera paulatinamente, hace un flaco servicio a las víctimas, y mucho las perjudica ofrecerle créditos o invertir en las empresas de la familia Castro y sus acólitos. Ni siquiera en el ámbito económico, el más asequible a una apertura, es posible negociar para bien de la ciudadanía cubana en el marco de un sistema como el vigente allí. Y es que las supuestas tendencias reformistas del raulismo se cierran sobre el círculo vicioso de la retórica justificativa: la llamada “ofensiva anticorrupción” ―recurrente en el discurso castrista de todas las épocas― y los pequeños negocios actualmente bajo hostigamiento estatal, lo demuestran. La población ha tropezado demasiadas veces con la misma piedra como para prestar oído al cuento de la buena pipa de los supuestos “cambios”. El éxodo no se detiene: aumenta. Los cubanos no padecen Alzheimer, padecen una dictadura.

Lo que necesita Cuba no es que el bienestar de su gente dependa de las prestaciones de otro país, sino que la economía del país crezca con la libertad, ahora mismo secuestrada, de su gente. Algo que no se resuelve levantando el embargo, sino todo lo contrario. Más facilidades, créditos e inversiones estadounidenses en Cuba significan empoderar a los herederos del castrismo cuando se acerca la hora final de los “padres fundadores”. La dinastía aguarda con ansia el levantamiento total de las sanciones –siempre y cuando no tenga que hacer concesiones políticas ni humanitarias a cambio–, y Obama se lo pone en bandeja de plata. Fortalecer todavía más a los Antonio, Alejandro y Mariela Castro afecta terriblemente el futuro cubano, y la candidata demócrata Hillary Clinton ha anunciado que continuará esta política impresentable. Una política que no solo afecta al futuro de Cuba, sino la seguridad de los propios Estados Unidos. El peligroso avance del neocastrismo, con sus agentes de influencia penetrando instituciones, organizaciones y empresas de todo tipo, ya se hace sentir en el sur de la Florida.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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