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Obama en Cuba: La suerte está echada

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Obama en Cuba: La suerte está echada

Obama de visita en China

Obama en Cuba: La suerte está echada
febrero 21
21:05 2016

 

Ya pronto el presidente Obama estará en Cuba. Un “hito” en una historia bilateral esquizofrénica y provocativa. Un arrebato para las conciencias que se disputan la verdad sobre el destino de la isla. Las sensibilidades heridas son lo menos que cuenta en esta nueva lección de que la historia es artera y oportunista, una pesadilla. El tema hipnotiza, produce insomnio, náusea, los analfabetos se alborozan.

De este desenlace se dice de todo: que Obama es fidelista fue lo más lunático que haya oído, pero como buen liberal no sería el primero en rendir pleitesía. Lo hizo Carter. La política es eso, regodeo de gatito ideológico, cópula. Aunque los liberales lo vean como un sospechoso que ordena arrojar bombas en Siria, Obama sigue de favorito de Hollywood y de alguna izquierda norteamericana que es procastrista. Sin embargo, es difícil creer que la política presidencial de Estados Unidos provenga de una vocación sentimental. ¿Acaso la empatía, la afinidad personal, modela la política de una gran potencia? ¿O estamos ante un caso típico de Realpolitik?

La historia se quita el velo

Hay que ponerse en el cerebro de los norteamericanos para entender un insólito proceso que culmina con la visita de un presidente estadounidense en funciones a la isla, desde que Coolidge lo hiciera por primera vez en 1928. ¿Qué habrá ocurrido para que este fenómeno se produzca ahora? Para los cubanos anticastristas, desde luego, ha sido el resultado de la tentación del ego ideológico de Obama, pura traición. De hecho lo es, si la historia se quita el velo y muestra sus canalladas y trapisondas.

El demócrata Kennedy fue el primero en dar unos traspiés a los idealistas cubanos que fueron derrotados en Bahía de Cochinos (Girón). No hay que olvidar que en la década del 70 (y el periodista Saturnino Polón lo señala con frecuencia) el republicano Kissinger anhelaba negociar un apareamiento con el castrismo. Y ni por asomo Kissinger era un lamebotas, o existía empatía, solo intentaba cambiar el paisaje político, hasta tal punto que lo logró con China, con la visita del presidente republicano Nixon a Mao; así cambió la historia y al carajo el pasado. De esa diplomacia, bien urdida, surgió el poderoso poscomunismo (capitalista) chino. La estrategia a esa escala pretendía dar jaque a los soviéticos y lo lograron, a la vez que se activó un mercado de mil millones de chinos. Fue una victoria de la Realpolitik, término alemán que significa política realista, hacer lo que conviene y que lo demás se joda, un concepto que mezcla a Maquiavelo con Rasputín y la bendición del Papa Francisco con el cinismo materialista.

Obama y el destino manifiesto

La caída del muro de Berlín en 1989 fue un imposible que regaló Reagan a los alemanes, y Obama debe pretender lo mismo hacia los cubanos en el 2016, “caída del muro cubano de la Guerra Fría”; es la más falaz justificación que se escucha. Un insulto a la realidad misma, pues en este giro político no son la libertad ni la asunción democrática las prendas de cambio, no hay un solo cuestionamiento serio hacia el régimen, al cual se le trata con mimos, casi un calco de la componenda de Nixon con el maoísmo. Obama pareciera un Nixon negro. La prenda de cambio salta a la vista: los negocios lucrativos, la subasta castrista del pastel cubano, véase esto como una operación mercantil, por encima de las ideologías, como lo fue China.

Sin duda la mayor de las Antillas tiene un potencial perfecto como futura maquiladora, hangar portuario de cruceros y el mejor balneario caribeño, bienes raíces y probables casinos. La China latinoamericana, a muy diminuta escala. Una pujante necesidad de consumo masivo que será resuelto con mucho MacDonald y “paladares”. El ocaso de los Castro debió ser un fuerte incentivo para la maniobra de restablecer relaciones y el viaje presidencial. Mientras que en Cuba se pregona que la revolución ha vencido, la mentalidad norteamericana lo ve de otro modo: es el momento de arrebatarle el pastel a la competencia, en una mesa servida en bandeja de plata por el general Raúl Castro.

No son cosas que se dicen pero ambos países, sigilosamente, se pusieron de acuerdo para hacer las paces y subastarse, justo cuando a los Castro no le queda más remedio que negociar un relax, ante lo feo que se presenta el futuro. En este sentido, Obama ha sido el mejor accionista al descongelar unas relaciones de anacrónica y ficticia enemistad, en pro de llevar a cabo una estrategia estilo Destino Manifiesto, por calificar de algún modo lo que resulta asombroso: que la vía de la salvación castrista sea la americanización de Cuba.

Se veía venir

Sea que Obama se salga con las suyas por un sentimentalismo procastrista, o sea que la política estadounidense, loca por agarrar la fruta madura, eche la libertad al inodoro, esta salida a las relaciones entre ambos países se veía venir. Para bien o para mal ha sido un enroque norteamericano frente a un caballo comunista moribundo. La bruta ideología sometida por una seductora quintaesencia: el nuevo orden hipercapitalista.

Se veía venir debido al derrumbe del chavismo y por una lógica que los Castro conocen bien: Estados Unidos no es un enemigo real. Nunca lo fue desde la crisis de los cohetes rusos de 1962. La presidencia de Obama ha sido una bendición para el castrismo: mano suave, entente cordiale, los derechos humanos son solo retórica. Clinton también invitó a un abrazo, pero Fidel Castro nunca quiso arriesgarse. Ha sido su hermano pragmático Raúl el encargado de salvaguardar la “familia” de los peligros del aislamiento, la insolvencia y la bomba de tiempo. Y lo ha pactado a escondidas. La magnitud del pacto se desconoce, pero el viaje presidencial augura mojitos, regalías y curiosas concesiones por ambas partes. Los cubanos, al largarse por millares de la isla en estos días, deben imaginarse que los peores tiempos están por llegar. Más de lo mismo, en la cruda realidad que es vivir sin esperanzas.

El efecto Obama y su fuegos artificiales

Los efectos de la política de Obama en Cuba son considerables, como las mentiras de la ficción. Lo inimaginable se vuelve real y morboso. En política se debe esperar siempre la jugada sucia. Desde el 2013 se cocinó este extraño melodrama que reconcilia enemigos a muerte. Como Nixon con China, solo veremos fuegos artificiales y cambalache, luego el triste episodio del decurso de la vida, con sus miserias y desvaríos.

Richard Nixon Eating with Zhou Enlai and Chang Chun-chiao

Nixon durante su estancia en China

Los e-mails que llegan furtivos de la isla, totalmente desorientados y frustrados, algunos esperanzados por la vuelta de los yanquis, dicen más que las especulaciones de la prensa y las declaraciones oficiales. Para el cubano que no solo vive de pan (la mayoría silenciosa), Obama no significa el fin de la era castrista, sino lo contrario: su prolongación legitimada, la supervivencia de la nueva clase. Hay quienes creen que habrá un mínimo de cambios, como conectarse a Internet, cierta tolerancia, como poder hablar mal de la revolución en voz alta. No más. Otros confían en el poder destructor del virus yanqui, y en la ilusión de que al menos comerán MacDonalds. La masa, generaciones que van y vienen, sueñan con el milagro de la sociedad ideal, imaginada fuera de la isla, de donde llegan las remesas que calman la histeria. Por muy surrealista que sea el drama, la visita de Obama pone a la gente a pensar y soñar. No todos se creen el cuento de que Estados Unidos avala la revolución, tampoco de que el comunismo ha vencido al imperialismo, los jóvenes solo piensan en escapar de la locura.

Obama sin duda trae cambios a su modo. La envergadura del turismo y las remesas a la isla han aumentado; en reciprocidad el gobierno exhibe la limosna de permitir un poco más de acceso a Internet; tratos comerciales de todo tipo y créditos bancarios están a la espera de la anulación del embargo, lo cual tendría el efecto de un plan Marshall que aliviaría la presión financiera del régimen, cambios que el mismo Obama sabe que no van a democratizar nada, sino solo mantener intacto el aparato gobernante. También Obama sabe que los cambios esenciales que desean los cubanos son salir de la cultura de la pobreza y del totalitarismo. Pero, ¿cuál sería en última instancia la intención de Obama en establecer la normalidad en las relaciones cubano-estadounidenses?

Hay muchos enfoques circulando, desde banales hasta complejísimos, teorías de la conspiración, etcétera. Que Obama quiera perpetuar su presidencia como paradigma de la reconciliación de su país con una de las dictaduras más antiguas del mundo, revelaría un egocentrismo norcoreano, no muy fácil de comprender. En tal caso, en una historia no oficial, Obama pasaría a la historia como un adorador de tiranos, en vez de acreditarse una imagen de democratizador. Obama sin embargo podría ser, como Reagan, un caballo de Troya de la historia, si pidiera frontalmente en público a los Castro libertad y democracia para el pueblo y tomara en cuenta a la oposición como interlocutor. Sería positivo, pero eso está por verse. Molestar al régimen es lo que no haría Obama en esta etapa de coqueteo. Lo que hará es seguir el protocolo de estadista y ofrecerse como el mejor postor en la subasta que ofrece Castro. Parece que no se tomará una foto con Fidel.

Nadie sabe. De todos modos, la suerte está echada. Los americanos han vuelto a Cuba, Obama se sentirá conquistador en La Habana y el castrismo proseguirá de la mano de su peor enemigo. La historia como ironía es malvada.

Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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2 comentarios

  1. Francisco Escobar
    Francisco Escobar febrero 22, 02:49

    Psicoanalisis de una visita anunciada que sera historica..”es necesario que algo cambie para que todo siga igual” sentenciaba el principe de Lampedusa…un profundo estudio que se fundamenta con acierto tanto logica como emocionalmente.

    Reply to this comment
  2. letras ARZ
    letras ARZ febrero 22, 11:57

    Francisco, has citado el mejor exergo que faltó al artículo, grandioso por Lampedusa, en Cuba además los cambios no cambian nada, hasta que los fósiles se extingan.

    Reply to this comment

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