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Tomar el poder en Cuba, el objetivo

Tomar el poder en Cuba, el objetivo

Tomar el poder en Cuba, el objetivo
septiembre 01
17:52 2011

En Cuba, después de las tímidas reformas económicas del régimen militar y el VI Congreso del Partido Comunista, el escenario es y no es el mismo. Procuremos explicar esta paradoja.

El escenario no ha cambiado en cuanto a que se trata del mismo sistema comunista con métodos igualmente represivos. Que sea un Castro o el otro quien se encuentre al timón de la desvencijada barcaza no hace la diferencia en cuanto a la voluntad de poder, de permanecer en el poder sin que para nada importe el país, es decir, el resto.  Puesto que los hermanos de Birán, por si alguien dudara, se han cansado de repetir que ellos son el país, que atentar contra ellos es atentar contra el país, delito de lesa patria. Luego, patria como finca, permanecer sobre la finca sonando el cuero a la dotación de esclavos, hombres nuevos como esclavos; bien sea por obra de Castro 1 o Castro 2, Castro 3 o Castro 4; monarquía marxista, in saecula saeculorum, al precio de las vidas ajenas que sea necesario sacrificar; si los dejan, claro.

Ahora, donde el escenario sí ya no parece ser el mismo, es en el terreno de las percepciones y del desgaste del discurso de la dictadura después de medio siglo, por un lado, y en el de la crisis económica que la dictadura procura paliar liberando a medias el mercado laboral, por el otro. Pero, si me piden un orden de importancia, diría que en el terreno de las percepciones: ¡he ahí el cambio más radical en el escenario cubano de los últimos tiempos!

En el terreno de las percepciones después que los servicios de operaciones mediáticas del régimen del general Raúl Castro vendieran, y mucha gente comprara, en el interior y en el exterior de la isla, la peregrina idea de que el militar sería, sino un demócrata, sí un pragmático decidido a encabezar unas reformas que pusieran, según sus propias palabras, frijoles a la mesa, para el alivio revolucionario de los estragados estómagos, y que, junto a los estómagos, muchos otros aspectos de la realidad nacional tomarían derroteros de alivio, digamos, más acordes con la normalidad de la vida en cualquier sitio que, aunque subdesarrollado, no estuviese absolutamente dominado por los demonios ideológicos, o donde los demonios ideológicos fuesen cediendo suavemente a los demonios del mercado, y no como ha sucedido, una situación en que los demonios del mercado se empiezan a usar para el sostenimiento de los demonios ideológicos y, con estos, los de la casta castrista.

Los cubanos, los más sensatos, llevaban medio siglo esperando un cambio de gobierno, que la divina mano hiciera lo que no había podido hacer la humana mano. Y, de pronto, la divina mano actúa, actúa a medias pero actúa, por vía del atribulado intestino del máximo líder y lo obliga a ceder el poder –en unas circunstancias no del todo claras, puesto que desde las averías en el ano del comandante hasta el traspaso de mando allí todo es misterio, secreto estatal– a su hermano menor, que menor en todo parece, general no de operaciones militares sino de opereta militarizada. Y, bueno, la gente creyó, porque estaba falta de creer en algo, aunque fuera en ese alcohólico disfrazado de severo soldado, que sus destinos tendrían de ahora en adelante una mejor suerte, todo eso alentado por los cortos discursos del hermano menor que aspira a hacerse, de pronto, el mayor, y alentado por el hecho de que en esos cortos discursos destacan frijoles y mesa.

No dice cama y mesa, como Roberto Carlos, pero se presume, y los cubanos, alucinados, lo imaginan, imaginan el resto, al fin, paraíso, si no proletario al menos sí mezcla de proletario y propietario, mezcla de lo mejor de los dos mundos, tercera vía que se aposenta en el trópico tras haber fracasado en otros lares, ¡pero ellos qué saben! Es un punto para poder empezar a soñar en que, sino un mundo, al menos sí una isla mejor es posible. Sueño alimentado, hay que decir, por los medios de difusión acuartelados en el interior de la isla y por los otros medios, los acuartelados en el exterior, con esos sesudos analistas que dicen, repiten un mantra, miren el general es un pragmático, en la Sierra Maestra rellenaba cartuchos de escopeta y remendaba monturas, fíjense que sus discursos son cortos, es como Francisco Franco, va al grano, gallego genuino. No olvidarían que al obtener la victoria sobre el bando gubernamental, excelente estrategia mediante, y tras tres años de una feroz escabechina como antecedente de lo que después sería la Segunda Guerra Mundial, en el último parte de la Guerra Civil Española el Generalísimo se limita a decir, como quien declara ganador a su equipo de fútbol: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Pensarían también en Fidel, que tras asaltar el Cuartel Moncada, algo comparable al asalto de un bar en el Chicago de los años 30, y ser estrepitosamente derrotado por los militares, no ha parado desde entonces de hablar del asunto, aún moribundo, durante discursos que pueden durar horas y donde la gente se desmaya no sé sabe si de hambre o de aburrimiento, o de ambos. Por supuesto, nuestras lumbreras no se percatan, o no quieren percatarse, de que Raúl dice discursos cortos no por pragmático o por un sentido de la síntesis, sino porque no tiene nada que decir, cabeza hueca, y ni siquiera posee el don de la desmesurada demagogia de su hermano mayor, esa que convierte, digamos, el corte de una hectárea de caña en una heroica batalla de la índole de la Batalla de las Termópilas.

Pero, nada sucedió. Nada más allá del gatopardismo en que las cosas cambian para que nada cambie, juego de cartas en el espejo, cambio de comandante en jefe por general, mediaciones del cardenal Ortega y del canciller Moratinos, liberación y posterior deportación de los presos de la Primavera Negra de 2003, salvo el pequeño grupo que a duras penas pudo permanecer en la isla. Represión intacta, licencia para matar ha dado el general, y muere en Santa Clara el opositor Juan Wilfredo Soto García de una paliza propinada por la policía, leyes intactas para, como siempre ocurre cuando se han visto obligados a sacar prisioneros políticos de las cárceles, volverlas a llenar rápidamente, de modo que, tan reciente como el primero de junio de 2011, cuatro opositores fueron condenados a penas de hasta cinco años de prisión bajo cargos de desacato y desorden público por haber lanzado a principios de año panfletos con consignas contra el gobierno comunista de la isla. En un juicio en el Tribunal Provincial de La Habana, Luis Enrique Labrador, de 33 años, David Piloto, de 40, y Walfrido Rodríguez, de 42, recibieron una sentencia a cinco años de prisión, mientras que Yordani Martínez, de 23, fue condenado a tres años. Según la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, CCDRHN, los cuatro habían lanzado a mediados de enero hojas con consignas como “Abajo los Castro” o “Libertad para los presos políticos” tanto frente al Palacio de Gobierno como en una calle del distrito de la barriada del Cerro, en la capital cubana. Más la miseria de siempre que las reformas a medias no van a resolver, sino a incrementar, y, sobre todo, a marcar más las diferencias entre el pueblo y los pudientes, casta militar, familiares y allegados que disfrazarán ahora sus privilegios de siempre con el manto del éxito empresarial. Dirán: la plebe no progresa porque no se esfuerza, no es que los impuestos sean leoninos, no, no es que las autoridades no faciliten las cosas a los cuentapropistas, no, hombre, qué va, es que la plebe no sabe empinarse, quiere que se lo den todo en la boca desdentada y sanseacabó, cada cual a buscársela como pueda.

Es decir, el escenario es nuevo en cuanto a que las percepciones de la psiquis nacional, inconsciente colectivo según Carlos Gustavo Jung, es de una frustración y falta de esperanzas absolutas; frustración y falta de esperanzas con el régimen, con que de su parte pueda venir un mínimo de alivio a la desesperada situación económica, social y política que vive el país; significa, las naves quemadas, no hay vuelta atrás, a las medias tintas; y significa la toma de conciencia, lenta y trabajosamente, de que no hay salida, de que hay que buscar una salida. Y ya no es una salida al mar, pues ni siquiera Barack Obama lo permitiría, menos a las puertas de unas elecciones presidenciales.

Entonces, el ganado está acorralado por los monteros armados, tiene hambre, tiene sed y tiene miedo, y tiene un valladar enfrente. Y más allá del valladar, una pradera en lontananza llena de peligros y posibilidades: es la pradera de la libertad. De un tiempo acá lo más señalado de la disidencia y la oposición internas, de un espectro ideológico al otro, de Elizardo Sánchez a Martha Beatriz Roque Cabello, de Vladimiro Roca a Oscar Elías Biscet, de Manuel Cuesta Morúa a Jorge Luis García Pérez, Antúnez, han venido advirtiendo de los peligros de una explosión social. Pero el aire ahora huele a quemado, a pólvora, pues nunca como ahora esa explosión pudiera ocurrir. No ya por la situación de miseria y represión que ha sido una constante en este medio siglo en esa isla y a las que, como el organismo que incorpora un cáncer, ese pueblo se acostumbró, sino por la situación psíquica que anteriormente he descrito. Si yo fuera un marxista diría que las condiciones objetivas existen desde hace rato, pero que justo en el momento presente es que se manifiestan las subjetivas, pares de opuestos que se complementan y concilian como peligro, petardo, misil inminente en el trasero de los Castro: del régimen de los Castro.

Luego, ya en el terreno de las realidades concretas, está también el hecho de que el VI Congreso de los comunistas isleños aprobó por unanimidad, ¿cómo sino?, un programa en dos días de debates que incluye la mediatizada apertura al sector privado, descentralización agrícola, autonomía empresarial, impuestos, eliminación de subsidios y el despido de un millón de empleados estatales. De acá se desprende también un escenario inédito, por una parte, la formación de una nueva clase que será débil y subdesarrollada en la medida que le mantengan altos los impuestos, como se mantienen al presente, pero que pudiera fortalecerse y desarrollarse si se los bajan, dilema del régimen, pues si quiere que ese débil sector privado incorpore al millón de desempleados que alegremente soltarán a la calle, deberá bajarles los impuestos y, por ende, dejar que se fortalezca y desarrolle.

Por otra parte, esa presión impositiva sobre los potenciales creadores de riquezas generará, y genera ya, un malestar que dará, y ha dado ya, lugar a unas protestas sui generis en el contexto de este medio siglo de dictadura comunista. Los hechos hablan y hablarán por sí solos, pues a inicios de 2010 sucede algo impensable desde la consolidación del castrismo en la isla, y esto es que un aproximado de mil conductores de coches de caballo en la ciudad oriental de Bayamo realizaron un paro laboral en protesta por los altos impuestos que tienen que pagar a las autoridades del gobierno comunista, aunque en Cuba, como se sabe, el derecho a la huelga es suprimido.

Cerca de un millar de cocheros decidieron realizar el paro protesta frente a la terminal de trenes en la ciudad oriental, donde radica la piquera central de los transportistas, según informó desde Cuba, entre otros, Ariel Losada Peña. Debido a la crisis económica en que está sumida la isla desde la década de los 90, los coches tirados por caballos han venido a sustituir a los taxis y a los ómnibus como medio de transporte fundamental en las ciudades cubanas. Losada Peña dijo además que las autoridades comunistas trataron por todos los medios de romper la huelga y que, aunque los cocheros se mantuvieron firmes en su demanda de que el régimen anulara los onerosos impuestos que les obligan a pagar, finalmente lograron maniobrar para lograr su objetivo.

El cochero Jorge Ramírez Bárzaga declaró a la prensa que las presiones gubernamentales mediante excesivos impuestos ahogaban económicamente a los hombres que prestaban un importante servicio de transporte a la población. La inusual protesta ocurrió, precisamente, luego de que el régimen marxista anunciara, para empezar, el despido de medio millón de trabajadores estatales y revelara, mediante un informe del Partido Comunista con vista a su Sexto Congreso, que Cuba será una nación que promoverá la inversión extranjera, ampliará el sector privado y cumplirá estrictamente sus obligaciones de deuda.

Pues si el escenario ha cambiado, también ha de cambiar la estrategia de la oposición, “quien no cambia perece y el último es la peste”, apostrofa el apotegma. Durante décadas la oposición isleña se ha limitado mayormente a las denuncias, estrategia de la queja, de manera que a veces parecería que la oposición anticastrista, dentro y fuera de la isla, está compuesta por legiones de escribas o voceros que, con mayor o menor éxito, narraban la infernal situación insular, a lo que se debe, hay que decir, la sensibilización de una pequeña porción de la opinión pública internacional con el problema cubano y la condena durante años por parte del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra a las sistemáticas violaciones a dichos derechos en la isla. Bueno, al menos hasta que ese organismo empezó a ser controlado precisamente por los países que a la vez son los más peligrosos violadores; algo así como permitir a una banda de pedófilos el control de una guardería infantil. Comoquiera, los logros en ese sentido para los oprimidos de la isla nunca fueron más allá de la retórica, los pedidos y las buenas intenciones.

No obstante, de un tiempo a esta parte se ha visto que numerosos opositores, entre ellos Guillermo Fariñas y Jorge Luis García Pérez, Antúnez, han hecho llamados y, lo más importante, intentos por la ocupación de los espacios públicos a manos de la oposición. Es un buen paso. Si los indicios en la isla apuntan a que el cambio vendría por vía de una explosión social, la oposición tendría al menos tres opciones: permanecer al margen y ser sobrepasada por los acontecimientos, involucrarse y capitalizar los acontecimientos una vez que estos se hayan desencadenado o provocar esos acontecimientos y permanecer en control desde el inicio. Quizá la oposición no debería exponerse al punto de ser ella la que tome esos espacios públicos, al menos no la mediática y, por lo mismo, visible y vulnerable. Más pragmático sería que la población desesperada (a saber: el millón de desempleados, más sus familiares, más los pequeños empresarios esquilmados por los impuestos), apoyada y orientada por la oposición, se encargue en su momento de ocupar dichos espacios. La oposición tiene ahora que saber explotar hasta las últimas consecuencias las expectativas frustradas de que hablábamos anteriormente, instigar, intrigar y conspirar, nada de los buenismos al uso que tan gratos suenan a los delicados oídos del anticastrismo de los salones y los solomos de lo políticamente correcto en el exilio, por no hablar de los oídos de los domesticados organismos internacionales, una y la misma cosa, dominados ambos por las sensibilidades socializantes del Espíritu de la Época.

La oposición tiene que empezar a ver al empresariado emergente como su aliado natural y, lo más importante, tiene que hacer todo para ser percibida así mismo por ese empresariado emergente. De ahora en lo adelante no hablar tanto de abusos de derechos humanos y hablar más de abusos impositivos; menos de derechos humanos y más de derechos del individuo. Acontecimientos como el del paro de los cocheros de Bayamo en 2010, y como el levantamiento del 5 de agosto en el Malecón de la Habana en 1994, no deberían de ocurrir más sin ser capitalizados por la oposición. Todos esas organizaciones y partidos políticos que, en la isla y en el exilio, tienen como única razón de ser la denuncia mediática, deberían no desaparecer pero sí jubilarse, o al menos reorientar sus funciones. Esa es precisamente la función de los escritores y de los periodistas, de los buenos, por supuesto, la función de narrar los acontecimientos. La oposición, a una y otra orilla del estrecho de la Florida, había devenido en las últimas décadas en una oposición de periodistas y de escritores. El objetivo de la oposición no debe ser narrar los acontecimientos, sino producir los acontecimientos, y, más que producir los acontecimientos, producir los acontecimientos que le permitan tomar el poder político; cada vez que alguien inmerso en el activismo político declare que no busca el poder, debería ser descalificado por demagogo. Hemos padecido de un mortal trastocar de los roles en el último anticastrismo, uno donde los poetas quieren hacer de políticos y los políticos de poetas; luego hemos padecido mala política y peores poemas.

Pasos en el sentido adecuado serían las últimas protestas protagonizadas por opositores en la isla, agosto de 2011, en Palma Soriano, en el oriente del país, en la escalinata del Capitolio, en el populoso mercado de Cuatro Caminos y en Centro Habana donde, al menos en el caso del Capitolio, hubo un evidente apoyo de la población a las mujeres que se manifestaban, al punto de gritarles esbirros y asesinos a los agentes que vinieron a arrestarlas, dándose el insólito hecho de que cerca de 300 personas marcharon enardecidas detrás del carro del Ministerio del Interior hasta la estación de la Policía para exigir su inmediata liberación. Es bueno subrayar que en estas protestas destacaron consignas que iban más allá de las abstracciones referidas a la libertad y los derechos humanos, sino que se golpeaban cacerolas vacías y se pedía por el derecho a la comida y a una vida decente, lo que explicaría quizá la inmediata simpatía de la población presente.

Delimitadas las funciones, a la oposición le sería mucho más fácil reinventarse y readaptarse a los nuevos y complejos escenarios que van surgiendo en la isla para actuar en consecuencia y, desde luego, para visualizar el objetivo primordial de la toma del poder, desde el cual empezar el desmontaje minucioso del sistema comunista y dar los pasos necesarios para la instauración de la democracia o, al menos, de la libertad individual que permita un día la democracia.

Sobre el autor

Armando de Armas

Armando de Armas

Armando de Armas (Santa Clara, 1958). Escritor y periodista. Ha publicado, entre otros libros, las colecciones de relatos “Mala jugada” (Miami, 1996) y “Carga de la caballería” (Miami, 2006), la novela “La Tabla” y el libro de ensayos “Mitos del antiexilio”, traducido al italiano por el sello Spirali. Su último título publicado, “Caballeros en el tiempo”, fue editado por Atmósfera Literaria en Madrid. Es vicepresidente del PEN-CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio (Capítulo del PEN Internacional de Londres). Reside en Miami.

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