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Ojo de pez

Ojo de pez

Diciembre 23
00:05 2010

6732Tal vez del hecho de que la escritora argentina Susana Della Latta (Buenos Aires, 1955) sea artista plástica y diseñadora, profesiones que demandan de economía de recursos y de sugerentes planos para alcanzar efectos sensoriales, resulte que su ópera prima Ojo de pez (Editorial Silueta, 2010), se distinga por la concisión en la mayoría de los relatos que integran el volumen.

En los breves textos, además, incide otra particularidad –ésta relacionada con las formas—, y es la apretada síntesis en lo que se narra. Un aspecto que nada tiene que ver con la extensión de los relatos, pero que sí plantea una suerte de moldura, de cómo la autora concibe el género del cuento, pues es algo constante, que se repite casi a lo largo de las cien páginas del libro.

El lector que se adentre en la prosa con vuelo poético de Susana Della Latta, comprenderá de inmediato que la escritora no pretende conducirlo por senderos trillados para que entienda al pie de la letra lo que se le está contando, sino que le deja abierta muchas puertas para que encamine su propia cosmovisión de los relatos y entre en consonancia con la sinestesia que le quieren transmitir. Algo que está muy vinculado a la plástica y los diseños interiores y exteriores, que invitan a la hermenéutica, en su más acertada definición.

Los códigos que se manejan en Ojo de pez son claros. Oraciones cortas. Notable ausencia de diálogos (aun cuando hay textos que parecen casi demandarlos). Situaciones en las que se prepara el terreno para algo que se vislumbra definitivo, pero que no llega a cristalizar, pues lo expuesto queda a merced del atento y sensible lector. Algunos cuentos son audaces, otros, por momentos, resultan intrépidos, la mayoría sutiles, desplegando la delicadeza propia de la mujer, su feminidad, lo que los convierten en textos algo inescrutables. De la serie de los relatos Bicicletas, por ejemplo (son tres esparcidos a lo largo del libro), se puede citar el primero para ilustrar casi todo lo expuesto anteriormente: “Carla saca su bicicleta y con intención de pic-nic deambula por las calles semi-desiertas sin pensar; lo sé, es la ley de gravedad. Su sexo goza feliz, con el asiento a escondidas”. En esta pequeña narración en tercera persona (cuando en realidad todo pareciera indicar que debería ser la primera) se dibuja una imagen que oscila entre lo erótico y lo lúdico, y que despierta la libido del lector, que por exigencia de la autora ha de ser un cómplice, no un mero observador.

La escritora maneja con sutileza los perfiles sicológicos de los personajes. Tal vez por ello, aun en los cuentos donde no se llega a exhibir del todo una fisonomía, como en Hace tiempo pasaban tantas cosas, hay una trampa en la que el lector vuelve a implicarse en la tentadora atmósfera. Otros relatos tienen un corte similar, lo que define una manera de decir, una forma de transmitir sensaciones, algo que, claro, es bueno, pues precisa la voz de Susana Della Latta.

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