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Ojos de Godo rojo (capítulo 13)

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Ojos de Godo rojo (capítulo 13)

Ojos de Godo rojo (capítulo 13)
febrero 19
03:25 2016

 

Veo y oigo la entrevista, digo, con sus pasiones y vaivenes, con sus sorpresas. Relax, hombre, relax, que la vida es muy compleja, que cuando menos tú lo esperas viene lo inesperado y la vida cambia; por eso ahora el Godo se comporta diferente, porque le dan miedo los rumores, supongo. De modo que esto podría demostrar que el miedo también le toca al Presidente, pues la adversidad —que a veces forma parte de lo absurdo— se encuentra en todo, aquí y allí, como un camino del azar, lo que en este caso significa que si el Presidente no atiende su negocio el mundo de la Empresa se le desordena y lo desplaza, el mundo o la Historia, o los hijos de la Historia lo devoran como al escorpión.

Y el Estudiante se relaja, porque descubre el susto interior del Godo, desconfía pero se calma, aunque no se debe ser tan desconfiado, y se nota que duda de su propia desconfianza, no se puede ser así, ha de pensar, el Godo puede ser amable y serio, y disponer arreglos decorosos, que Joel se va a dedicar a escuchar por dónde viene… Y yo imagino que Joel piensa, reflexiona: quién quita que al comenzar la entrevista ya venía bien sugestionado, predispuesto, diríamos, la desconfianza hacia su propia suerte, eso de ser malinterpretado, o tergiversado que es peor.

De ahí que se note que el Estudiante ha caído en el hecho de dudar de su propia suerte, lo que implica el riesgo de la trampa, la posibilidad de la contradicción cuando se hacen concesiones, ¿o es que soy más desconfiado que Joel? No sé, pero el Estudiante no debe creer lo que le digan, o por lo menos debe mantenerse alerta. Sin embargo, veo que sus ojos han dado un giro repentino, ya no son tan verdes con intermitencias de azules porque tienen chispas de color cereza. La cereza es rica, y en ocasiones aparece en los helados de la Empresa. Nadie se ha explicado cómo ha sido que surgió la fórmula; quiero decir, eso del sabor, de dónde lo sacaron y quién fue el que lo inventó, porque para ser justo tengo que reconocer que todo el mundo lo prefiere, exquisito, dicen, algo especial, y no me extraña que en segundos los ojos del Estudiante saboreen la fresa y el chocolate, y quizás eso lo haga discurrir contra la intolerancia y las posibilidades lezamianas, la fresa y el chocolate también conducen al mundo de Lezama, pero Joel no se percata de las colas, tres o cuatro horas para comerse el helado, la cereza y los bizcochos, ah, claro, rectifico: que esto no es problema para un dirigente de turismo, no, si el Godo lo demuestra cuando aprieta un botoncito, y al instante se presenta la secretaria, que se llama Yoli, y entra con su contoneo de modelo pelirroja, y pregunta: ¿Me llamaba, compañero presidente…?¿Un helado?, sí, seguro, ¿qué sabor…?¿De fresa?, bien… ¿Con cerezas y con hongos?, ah, muy bien, en seguida los traeré… Y es que da la impresión de que Yoli ya lo había previsto. Eficiente esta muchacha, que de nuevo se ha parado delante y lo saluda con la picardía de una sonrisa roja, que deja ver su cuerpo de color rosado, minifalda estrecha, muy ceñida, de senos que presionan el escote y hombros levantados, como irradiando llamitas de vitalidad, hombros tersos y ondulados, y el cuello que se aprecia airoso, sosteniendo un rostro embriagador, hálito de bruja, los labios abultados, como deseando el contacto con la boca de Joel, y es así que el Estudiante parece irse anulando, porque da la sensación de que desfallece ante aquella imagen de mujer nocturna, loca, de belleza rica, rayos de fascinación, la maravilla, y el aliento se le traba y torpemente dice: Sí, sí, gra… gracias… por favor que sea de fresa… y con hongos, bueno… Y queda como sin fuerzas, después que ella se marcha con pasos sigilosos, de nuevo en la punta de los pies.

La costumbre del sueño; es de soñar cuando hay motivos, y el motivo se trasluce para mí en un remolino de ojos rojos, barba roja, barba papá, que los ojos de la muchacha le aprietan la cabeza al Estudiante, su deseo de detener la escena con el Godo… (¿O será mi interés de pensar por él?)… Joel se pone a prueba frente a las sutiles peripecias que ha hecho Yoli. Imagina imaginador que el escote rosa pálido de la mujer se le ha quedado adentro de la mente, como una picazón que le baja hasta las ingles, un espacio estelar que lo derrenga, carne apetitosa… A Yoli le gustan las cosas buenas, interrumpe el Presidente, tiene un ojo picaresco propio del éxito, una figura que seduce, observa el hombre, baila bien y quisiera ser corista, apunta el Godo y hace un gesto con la cabeza, como de complicidad con Joel que se muestra interesado… Es una mujer hermosa, una hembra que sabe lo que quiere, reconoce el Godo, no tengo inconveniente en que lo logre si con mi ayuda ha de ser, eh, y al Estudiante le pican las manos, una especie de intranquilidad que le sube desde el bajovientre.

El Godo viene y va durante unos minutos con el tema de la secretaria, justo a tiempo para distender, en medio del sueño, que el ambiente se refresca, por primera vez Joel siente que hay un aire cálido que corre, el aparato marca Sony funciona sin esfuerzo, como si no fuera más que un vientecillo frío que disipa.

El Presidente se inclina hacia el Estudiante: Voy a decirte un secreto, le confiesa por lo bajo: Yoli no sabe que bailará en un cabaret, ya lo arreglé todo, pero tú no se lo digas; es una sorpresa, y se echa hacia atrás, como orgulloso de su decisión… En eso lo llaman por teléfono y responde con sequedad: No, yo mismo lo veré, y cuelga.

Su secretaria se lo merece, repone el Estudiante, y sonríe entrecortado. Pero el Godo no lo atiende y aprieta otra vez el botoncito que está al lado del escritorio. La secretaria se presenta de inmediato, como si hubiera permanecido detrás de la puerta, solo esperando el sonido del timbre para entrar.

El helado, aquí está la fresa con los hongos, compañero presidente, dice, y muestra la bandeja con el plástico que contiene hongos y la copa que desborda la fresa deleitosa… ¿Y la cereza?, le pregunta el Godo… Sí, también está, se encuentra dentro del helado, bien al fondo, pero está, si quiere se la saco para que él se saboree… No, no hace falta, responde el Presidente y se levanta… Entonces el Estudiante se da cuenta de que la merienda es para él, nada más que para él, y es por otro asunto que el Godo tiene que atender, que toma unas carpetas del archivo, anota algo en un papel y luego lo mira con cierta insinuación… Coma, coma sin pena que ya vuelvo, le invita, eche los honguillos en la fresa, y es la secretaria quien lo hace, rico, tú verás qué rico, mijo, dice ella, y le pone dentro del helado cuatro pedacitos de las setas, qué sabor, qué consistencia y qué vitalidad, y el Estudiante que no tiene otro camino que aceptar y prueba…

Ah, entonces, el sueño empieza a abrirse, y Joel debe sentir algo que le agarra del esófago, de los intestinos y la vejiga… El pulso le temblaba cuando aceptó el platico, la copa y la cucharita de manos de la secretaria… Qué decir, de repente la noche se ha virado, la noche bocarriba, la noche caliente y al revés, con almíbar de hongos que se siente la noche del despacho y el Godo que acaba por decir: Voy a resolver el asuntico y enseguida regreso, eh, deme unos minutos nada más.

Ahora la secretaria está de frente, el frente de la secretaria es un paisaje espléndido, recompone curvas, montañas y colinas que arden en su resplandor rosado, se ve dichosa en su belleza, presumida quizás, pero bueno no, ella sabe lo que hace y adopta una actitud de timidez… Más tímido es Joel que sigue sin decir nada, como si estuviera a punto de caer precipitado. Ella da pasitos por el despacho y le sonríe levemente. El también sonríe, a medio labio, como haciendo un esfuerzo para conversar, por romper la timidez, pero nada, hay una mudez que lo amordaza, a no dudar se acuerda de Gladys con sus ojos tostados de castaño claro, su preocupación (la de ella), que le espera a que llegue para estar tranquila, para darle ánimos si fuera necesario, y el rostro de Gladys no le da descanso, no lo deja tragar, aun cuando la fresa se derrite… Verdad que es rico, comenta la secretaria que se pone a chupar un hongo del platico… ¿Usted lo come a menudo?, responde Joel con la pregunta…Bueno, sí, los hongos son mi plato favorito, y el helado de fresa, ¡qué delicia!, si me das un poco no te lo desprecio, dice ella, y toma la mano del Estudiante que no tiene tiempo de temblar, se la lleva a la boca y se pone a lamer la cucharita… Hummm, qué rica, deliciosa, la fresa es deliciosa; es que en el mundo no hay helado como este, saborea la secretaria.

Digamos: en el mundo no hay sueño como este. Imagina imaginador, que Joel está de pie y la secretaria también, casi encima de él, y ya tan solo separados por la cucharita que se mueve entre las manos de los dos, en medio de la noche, y la noche es una gruta con estalagmitas de fuego, la secretaria tiene el cuerpo de fuego y de sabor de fresa, y sus dedos se prolongan en líquenes rojizos, y su piel es suave, y él siente la dureza esmaltada de la carne, porque la imagen se encuentra en la soledad de su deseo. Adentro han de cruzársele corpúsculos de vidrio, y el glande erotizado se le llena de resina ardiente, mientras la niebla roja se aclara dejando ver olas de mar embravecido, y hasta de un río mustio que se encrespa de repente, ella es una bruja consejera que le hace ronroneos en la oreja, allí, donde le entra el fuego ondeante, crepitante, que produce un ruido de corazón endemoniado… ¡Cuidado Joel, que puedes perder el corazón…! Porque Joel ahora está hecho piedra, anda por algún paraje con sus brazos de piedra, cargando a la mujer. Siente el contacto de su mano ríspida sobre la piel sedosa, simétrica, provocativamente estirada. Ella es un cuerpo leve, configurado en curvas de pluma, y él no carga el peso, sino el calor que da la forma de ese cuerpo. La secretaria es un manojo de deseos en su mente, lo trastorna, lo marea, y hay un vahído interior; es un cuerpo de alfalfa roja, suavemente roja, cuerpo de heno formidable que se hace rosado, pegado a él, con la fiebre cremosa de la fresa, la carne de fresa se desliza, una pierna de ella entre las de él, separados otra vez por la cucharita que realiza giros en el aire, de una boca a otra, pero entre las bocas la cucharita compone ondas, zigzagueos, y lentamente amaga, la cucharita juega con la paciencia de las bocas, que se han puesto más carnosas aun, hinchadas, y los ojos fijos queman, y el fuego va de los ojos a la cucharita, sin palabras, que no hacen falta, que la fresa embarra los labios y las lenguas, entonces la de ella asoma su punta de fibras rojas; es una lengüita larga, fuerte, sólida, recia y compacta, consistente, tenaz y terca, que lame y succiona, que juega fogosamente, y la cucharita se pone a frotar la puntica de la lengua de la secre, que sale toda, como si fuera una serpiente egipcia que busca la otra boca, la de Joel, que chupa y absorbe, que empapa y embebe, que la deja entrar hasta el paladar, y las dos lenguas se enroscan y se afanan, y se miden en una longitud desaforada, una lengua en cada boca. Pero la lengua de ella, vibrátil y espumosa, entra más y más en la garganta de Joel… La otra mano de la muchacha ha bajado y procede, ha desabrochado la bragueta en otro juego inevitable, se ha convertido en un cono hueco, demasiado caliente, que abraza el glande erizado, como un dolmen desmesurado y socarrón, una verga que se expande hacia la izquierda… (Nada menos que una verga de izquierda, pienso)… provocando que una mano de Joel pase la copa con la fresa, la fresa con cereza y con honguillos disparatados, pase y repase la copa por la cara y el cuello de la secretaria, que sigue introduciéndole la lengua, y ahora debe llegar por las regiones libidinosas del muchacho, por las profundidades oscuras de los órganos, de los conductos vasculares y los pigmentos del sueño. Y él la traga, abriéndose por dentro a la noche que también le entra por los ojos, el ahogo y los espasmos, la arqueada que no sale, que se queda en el estómago aprisionada por la lengua-serpiente, sin reconocer el rostro de la secretaria, que ahora está confuso, porque no se ven sus rasgos, sino otros, la lengua enderezando el intestino grueso y el delgado, desgarrándose el píloro y el duodeno y hasta la vida misma, que se ahoga en la noche tumultuosa de una gruta, de esta caverna que le ha tocado en el laberinto, una escalera de caracol que lo fue envolviendo hacia abajo, descendiendo círculos y círculos, y entre los círculos el rostro de una mujer que toma otra fisonomía, desconocida, conocida, extraña, hermosa, alguien que es y que no es, una suposición, un desatino, el deseo del placer, una muerte de pasión, turbulencia íntima, sus latidos del príapo, la mano de esta otra mujer agitando la picazón, los ojos de Joel al revés, como buscando la serpiente que lo desgarra, y se ahoga, se va a ahogar, se ahogará de una vez por todas ante el rostro de fresa, ya confundido y de pronto asombrado, un rostro imaginado a pura fuerza de corazón, imaginando al ser deseado, imagina el cuerpo afresado que se pega a él como la hiedra, ansia y puzzle, crema dulce que se re-crea sobre su humanidad de piedra…

En eso se hace un ruido brusco, porque una gaveta se traba en el buró. Y Joel despierta, abre los ojos rápido y los agranda por dentro al dar un salto en el centro de su noche interior… Es que ha visto a Gladys, y se alegra, el rostro de la secretaria es el de Gladys, hay un alivio instintivo, pero al mismo tiempo se asusta, debido a que ha caído en otra duda: ¿era Gladys y no Yoli la que estaba entre sus brazos?

El Godo habla por teléfono mientras hurga en la gaveta, levanta la cara y lo observa con una mirada interrogante: ¿Qué le pasa, se siente mal?, dice y no le quita los ojos de encima, con ironía, como registrándolo por dentro… Oh, no, no es nada, responde Joel, solamente esperaba por usted que había salido… Pero el Godo entró y el Estudiante como si nada, sin ver al hombre que pasó por el lado de su silla y se puso a buscar unos papeles, a registrar una gaveta, hasta que RASSS, el ruido que se hace y se le mete a Joel por una oreja, despertando el pabellón sensible, que hay estruendo, zarandeos, golpes de madera y un tirón grueso y redondo como un trueno que rompe la exquisita agonía del Estudiante.

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Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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