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Ojos de Godo rojo: De la intención al deslumbramiento

Ojos de Godo rojo: De la intención al deslumbramiento

mayo 15
00:55 2012

1-0_amgayolmLa novela, escribirla, crearla, es la posibilidad de una búsqueda de la verosimilitud. Y la verosimilitud es la lógica de lo fantástico, de la imaginación y del realismo literario en general. La verosimilitud es la identificación de los personajes y las historias ficticias que nos convencen de que la vida puede ser sorprendente sin dejar de ser posible. Si uno deja que las dimensiones y características de los personajes fluyan por sí mismas, el resultado podría ser favorablemente desconcertante. Este asombro de los hallazgos creativos, verosimilitud, insisto, de la novela no es solo para el lector, sino además, y en mucho, para el autor mismo. Asombro y desconcierto que propician una nueva relación entre el receptor, ustedes, y el autor, que es ahora mi caso. La receptividad de ustedes es lo que le da vida a la obra: la engrandece o la puede anular. Este es el riesgo que corremos cuando escribimos. Es la aventura de soltar las amarras de nuestros personajes, que tenemos siempre muy ocultos y que en el proceso creativo de la imaginación se desatan.

Así, en el contexto imaginario de Ojos de Godo rojo —esta novela que hoy presentamos— he intentado que La Habana alucinante de los túneles castristas cobre una nueva realidad, a la que también he tratado de colmar de imaginación. Aquí, Joel Merlín, el Estudiante, su protagonista, desciende a los infiernos de la burocracia socialista y descubre que se encuentra atrapado en el laberinto del Godo, un tal Godofredo Hernández, o “Godofredo el diablo, flor maligna de las encrucijadas”, como dijera José Lezama Lima, el Godo, presidente de una empresa fantasma que controla la Isla y pretende hacer que todos los isleños sobrevivan subterráneamente, como los topos, para arrendar la superficie del país a los inversionistas y turistas extranjeros.

He creído entonces —y no sé si lo he logrado— que Ojos de Godo rojo pueda verse como una lucha lacerante entre el ego y el alma, donde las aspiraciones utópicas de un joven estudiante se dan de bruces contra un mundo absurdo y tenebroso, para dar lugar de esta manera a la magia de un protagonista y de un ser invisible (narrador) que, en el mismo proceso de la novela, proyecten ambos el descubrimiento de que la salvación no es colectiva, sino individual.

La solución de Cuba —en lo que he creído se podría reflejar en la novela— no radicaría ya en los medios convencionales para vencer el mal, sino en la búsqueda de sí mismo, en cada persona, y en el reconocimiento de la propia individualidad.

Por su parte, el erotismo entre una secretaria hechicera y un joven estudiante pudiera develar la potencialidad de un lenguaje poético, diferente, explosivo y tenaz en la belleza de las imágenes.

Mitos como el de Orfeo, en su bajada al infierno para rescatar a Eurídice, y el de Fausto, que vendió su alma al diablo, pienso que se dan cita en esta, para mí, fascinante búsqueda, con el propósito de iluminar —mediante la verosimilitud— una nueva manera de abordar la cultura cubana e hispanoamericana.

Mi aspiración, entonces, amigos, es que ustedes descubran si en realidad estas características se han podido entrelazar en esta obra, o si quizás encuentran nuevos ángulos de los que yo, cuando la escribí, no tenía ni la más remota idea.

El deslumbramiento

A grandes rasgos esto es lo que puedo decirles, por el momento, de la novela, intentando estimular un tanto sus imaginaciones. Pero ahora quiero pasar al hecho de describirles la dimensión afectiva que me ha proporcionado mi libro y el deslumbramiento inigualable de su presentación aquí, en este encuentro con ustedes.

En realidad, entre tantas cosas, es la oportunidad que tengo de ser agradecido, porque el agradecimiento, además de ser un gesto de cortesía, es un sentimiento de amor; una de las grandes sensibilidades del ser humano. El hombre desde su más remota antigüedad descubrió este recurso por naturaleza propia, porque nació con él y lo ha desarrollado. Y este rasgo tan sensible, de miles de años, está vinculado indefectiblemente a la esperanza de ser mejores. Por eso siempre hay que agradecer no solo a Dios, sino además a la familia, a la vida, a los amigos y a todo ser que nos haya permitido aprender las malas y buenas cosas de este mundo, que nos haya ayudado a soñar y a realizarnos.

Por esta razón, quiero empezar reconociendo la muestra de afecto y de crítica en las palabras de mi amigo Aurelio de la Vega. Esas palabras de él, que leyó Carmen y que ustedes han escuchado, significan una puerta abierta que me permite entrar en el camino de la realización. Hay una frase de José Martí (de quien se conmemora un aniversario más de su muerte este próximo 19 de mayo), una frase, digo, que se ha usado mucho (incluso indistintamente por tirios y troyanos, y que no es el caso de decir ahora por parcialidad política o ideológica, sino por su sentido universal), por lo que hoy aquí, una vez más, se hace imprescindible, y es ese famoso decir del Apóstol: “Honrar, honra”. Y el sentido de honradez que nos enseñó Martí en la magia de la comunicación se transforma en un abrazo recíproco a mi amigo. Si Aurelio me ha honrado con las veces que ha leído mi novela (si no me equivoco, me ha confesado que han sido tres), y la ha analizado y ha creído en ella, yo también quiero honrarlo con mi reconocimiento a su obra musical, a su intelecto, a su trayectoria profunda de compositor genial, y decirle que siempre lo reconoceré donde quiera que vaya. Por eso le doy las gracias a este Maestro nuestro que tan alto vale y tan cerca está, y le digo que su carta es para mí imperecedera, un sostén y un gran impulso. Sin más, mi abrazo sincero de amigo agradecido.

Por otra parte, nunca pude imaginar que Constanza Révérend, mi amiga, editora, crítica literaria y excolega de La Opinión, me hiciera sentir tan feliz, cuando en nuestro tiempo en que compartíamos la redacción del periódico angelino, nos intercambiábamos comentarios críticos de historias literarias, de cuentos y novelas, a la par del trabajo del periódico, y no me imaginaba, repito, que aquel enlace tan raigal iba a tener un resultado tan hermoso para mí. Sus palabras hurgan profundo en Ojos de Godo rojo, lo escrutan y encuentran aristas, ángulos, esencias que yo no calculaba. No quiero pecar de simplón haciéndome más humilde de lo que se debe ser, ya que sé que lo que escribo debe tener algún acierto, pero los valores que Constanza ha encontrado realmente rebasan la propia expectativa que yo mismo tenía sobre mi obra. Y ello, en verdad, parece ser una ley de la literatura cuando la obra tiene una mínima posibilidad para dar algo de sí, y es el hecho de que uno escribe trazándose un objetivo, y cuando la obra la leen otros ojos, entonces se descubren nuevas facetas y propuestas que uno ni pensaba. Esa riqueza de hallazgos es lo que le tengo que agradecer a Constanza, no solo por la disposición que ha tenido hacia mi literatura y mi amistad, sino porque me transmite un impulso enorme para continuar creando. Desde aquí un abrazo así de grande.

¿Y cómo no estar siempre bajo el manto protector —inteligente— de mi hada madrina Carmen Alea Paz, la que siempre está presta para escucharme: leerme, aconsejarme, criticarme, sugerirme? Desde que yo la conocí, supe que ella representaba para mí una referencia de bondad en lo humano y una referencia de conocimientos en lo literario, y más que eso aún, un ejemplo de la grandeza misma por su humildad, porque hay que ser extraordinariamente sensible para dedicarle una buena parte de su tiempo a otra persona. Con Carmen, desde un principio, empecé a aprender cómo funcionaba este mundo de Estados Unidos, y la sociedad y los cubanos en este país; comencé a aprender —mediante su poesía y su narrativa— de la sufrida y linda experiencia del exilio, con sus congojas y alegrías, con sus luces y oscuridades. Por eso, amiga mía, te deseo las mejores cosas de este mundo, y que sepas que yo estaré a tu disposición incondicionalmente, como el más fiel de tus alumnos, de tus amigos. Gracias mil, por enseñarme esa tenacidad y persistencia que has tenido para ver el mundo, y ese sentido para encontrar la belleza, incluso, a pesar de las sombras.

Nuevamente me es imprescindible hablar de Norma Montero, por ser una de las pioneras de mi cariño y reconocimiento en esta parte del mundo y porque tiene que ver con las bibliotecas, con la literatura, con la cultura de los inmigrantes. Norma siempre estuvo ahí, con su experiencia, su dedicación y sabiduría. Amiga mía, Huntington Park Library siempre tendrá tu legado benefactor, y gracias una vez más por el aliento de tu presencia.

En este orden de la literatura, el agradecimiento es crucial, ya lo dije. Y a los que nunca podemos dejar de tener presente de manera importante son a los lectores, y de hecho a las bibliotecas todas y a los que se relacionan con ellas, y en este caso especial a los Amigos del Libro y de la Biblioteca de Huntington Park, grupo entusiasta que con su contribución construye cultura y construye humanidad, y en fin a todos los bibliotecarios que con su trabajo nos facilitan el contacto con los libros. En mi caso, la sensibilidad de Martín Delgado, su director, no se hizo esperar, y tan pronto supo de mi nueva novela, me cursó la invitación para encontrarnos aquí hoy. Gracias a que cuento con él, con sus palabras de aliento, y con la diligente Lourdes, puedo presentarles a ustedes mi novela Ojos de Godo rojo y tener la posibilidad de que me acompañen en este sueño, en esta aventura, porque cada novela y cada relato que se cuente, cada poema que se diga, cada ensayo o crítica que se  lea es la aventura de un sueño. Martín y Lourdes lo saben y lo han valorado, y grandes son por ese gesto de andar ya desde hace un tiempo re-creando el camino de mis libros, permitir así que mis personajes salgan de mis desvelos y se encuentren con la vida. Un hondo agradecimiento para los dos, Martín y Lourdes, por hacer realidad el hecho de que hoy yo esté en esta sala con ustedes.

Por otra parte, no me canso de reconocer el estimulo que he recibido de mis editores en Miami, de Neo Club Ediciones (Idabell Rosales y Armando Añel) y de Alexandria Library,  Modesto “Kiko” Arocha. Con ellos he aprendido nuevas perspectivas de la literatura actual y de la publicidad, de las proyecciones del libro electrónico y las editoriales de autopublicación, pero asimismo he aprendido lo que es el respeto mutuo, y he admirado su responsabilidad por el trabajo literario y, por encima de todo, he sentido amistad. A cualquier escritor que me pregunte, no dejaré de recomendarlos como editores que garantizan calidad humana y profesional, que saben explorar y pulir el talento de los demás, para darle a cada obra lo mejor de sí.

No puedo dejar de recordar a mi buen amigo Jesús Hernández Cuéllar, porque, al principio de yo llegar, fue el primero que me cobijó en su revista Contacto. Con Jesús aprendí intríngulis y calidades del periodismo hispano en este país, su tenacidad y principios para llevar a cabo un proyecto, cómo ha sido su revista y su vida aquí, en el descubrimiento de la información y de la Internet. Sus conocimientos, consejos y sugerencias han sido importantes para mí, y sé que para muchos otros colegas. Su talento como promotor de la cultura hispana que ha sido (y es) imprescindible en nuestra comunidad. Con Jesús pude palpar, en mis primeros tiempos aquí, las bondades de  la amistad y el asombro de la comunicación, de la información, en un lugar tan dinámico como es Estados Unidos. Gracias, amigo, por tu amistad, tu profesionalismo y tu atención para conmigo.

Por último, agradezco con sinceridad la presencia de ustedes en esta presentación, y en mucho la de mi familia, que siempre se encuentra junto a mí, al pie del cañón, como se diría en cubano; y les recuerdo que la obra de un autor nunca se realiza hasta que no llega a las manos del lector, hasta que no es conocida por el público, hasta que ustedes no la contactan, la palpan o la sueñan. Esa es la primera razón de un escritor: crear para ser leído. Gracias de corazón por acompañarme en esta aventura.

Palabras de presentación de la novela Ojos de Godo rojo en la Huntington Park Library de los Angeles, California

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