Una letal paradoja, porque el cubano como tal, como identidad, no ha podido encontrarse a sí mismo, como hubiera querido Hermann Hesse en El juego de abalorios, o en El lobo estepario. Muchos cubanos --no todos, por supuesto-- han devenido en zombis, en recipientes vacíos que buscan la posibilidad de acomodarse en ese oscuro y largo túnel en el que se encuentran encerrados. El laberinto del Minotauro, que es otro de los mitos que podría darse en la novela Ojos de Godo rojo, aquí está lleno de seres que se han desarmado y desalmado para facilitarle la existencia a ese monstruo godiano, sempiterno en su perdurabilidad en el inconsciente de todos. Y es así no porque queramos, sino porque se nos ha metido en el inconsciente en tantos y tantos años de avatares corporales y mentales.
En realidad, creo que nada más la lucha interior, la búsqueda profunda de los malos y buenos sentimientos que nos hayan inoculado --y que en muchos casos hemos permitido que así sea--, la lucha por descubrir y sacar a flote nuestros defectos, es lo que nos va a ayudar a redimirnos, y en última instancia a salvarnos como seres humanos. A encontrar aunque sea un camino nuevo que siquiera nos proponga la esperanza de poder llegar a ser lo que debemos ser, sin pretensionismo alguno, con la imperiosa humildad que nos hace falta para ser grandes.
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