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En busca de la imperiosa humildad

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El asunto es poder vivir la vida para transformarla en un ámbito de riqueza humana, que incluso cuando es una solución individual tiene mucho que ver con la otredad. En verdad, los túneles de La Habana no son sino las horadaciones que el sistema castrista, ese colectivo ego castrista, les ha infligido a muchos cubanos. Ese mito de Fausto ha perforado el intelecto y las almas de los cubanos hasta convertir su intimidad en un conglomerado de atrocidades, de aberraciones que sólo dan al isleño en la Isla --a los débiles fundamentalmente-- la probabilidad de devorarse a sí mismo en su afán de sobrevivir a toda costa.

Una letal paradoja, porque el cubano como tal, como identidad, no ha podido encontrarse a sí mismo, como hubiera querido Hermann Hesse en El juego de abalorios, o en El lobo estepario. Muchos cubanos --no todos, por supuesto-- han devenido en zombis, en recipientes vacíos que buscan la posibilidad de acomodarse en ese oscuro y largo túnel en el que se encuentran encerrados. El laberinto del Minotauro, que es otro de los mitos que podría darse en la novela Ojos de Godo rojo, aquí está lleno de seres que se han desarmado y desalmado para facilitarle la existencia a ese monstruo godiano, sempiterno en su perdurabilidad en el inconsciente de todos. Y es así no porque queramos, sino porque se nos ha metido en el inconsciente en tantos y tantos años de avatares corporales y mentales.

En realidad, creo que nada más la lucha interior, la búsqueda profunda de los malos y buenos sentimientos que nos hayan inoculado --y que en muchos casos hemos permitido que así sea--, la lucha por descubrir y sacar a flote nuestros defectos, es lo que nos va a ayudar a redimirnos, y en última instancia a salvarnos como seres humanos. A encontrar aunque sea un camino nuevo que siquiera nos proponga la esperanza de poder llegar a ser lo que debemos ser, sin pretensionismo alguno, con la imperiosa humildad que nos hace falta para ser grandes.

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