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Juan Benemelis: Hacia dimensiones más prominentes de la experiencia

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La tragedia contemporánea es la transfiguración de los humanos en individualidades ególatras, encerradas en supuestas verdades supremas y predeterminadas, con ínfulas de trascendencia. El humano se ha dirigido a la naturaleza circundante, a su pasado histórico, con un burdo instrumental técnico, científico y cultural, y así ha tratado de descifrar su germinación y definir su exclusividad o no, sobre todo cuando hay probabilidades de que no estemos solos en el Universo.

Sin la reversión total de la presente cosmovisión ultra-racional y logicista, la cual nos ha arrastrado al desconcierto, es impracticable el avance más allá de la era industrial. Sin la transformación, sin la integración científico–metafísica del homo tecnológico que ya ha entrado al siglo XXI, no se pondrá fin a la violación de las leyes físicas de la naturaleza; no podrá desmantelarse la hegemonía patriarcal, la discriminación étnica, ideológica y religiosa, o el exclusivismo territorial de las naciones contemporáneas; no se podrá erradicar la violencia y la guerra, ni aplicar un uso y una redistribución menos estúpida de los recursos del planeta.

Aparte de la decadencia moral, la hecatombe no es sólo tecnológica, científica o de crecimiento; es también de desesperación por alcanzar un orden filosófico espiritual que explique la razón del humano en el Cosmos. Estamos aproximándonos al fin del ultra-racionalismo, y de las ciencias y la cultura tal y como las conocemos. Nos acercamos a la metamorfosis de nuestra civilización hacia dimensiones más prominentes de la experiencia. Es un proceso con implicaciones de tal magnitud intelectual que resultarán traumáticas para nuestros milenarios esquemas mentales, en especial cuando aceptemos que nos ha faltado preparación para vivir en la sociedad y la cultura que hemos creado, y que hasta ahora hemos intentado lo infructuoso: vivir y considerarnos desconectados del resto del Universo.

Los viejos esquemas mentales aún dominan nuestra aproximación a la naturaleza, en especial la metodología de las ciencias fortalecidas en el siglo XIX. Esta imagen todavía permea todas nuestras actitudes en la sociedad, el gobierno y las relaciones humanas, y sugiere que cada situación adversa puede ser analizada como un problema aislado, con una solución particular dada y con medios de control específicos.

Así, creemos en cierto patrón de realidad tangible que es independiente de nosotros. Consideramos que el tiempo, a su vez, es externo a nuestra existencia y nos conduce como una corriente fluvial, y que la causalidad rige con mano de hierro las acciones de la naturaleza. Estamos erróneamente convencidos de que cada cosa que sucede en el mundo tiene lugar en respuesta a fuerzas conocidas, actuando acorde con leyes deterministas que se desenvuelven en un tiempo lineal y son autónomas de los asuntos humanos.

El dualismo de materia y mente, metafísica y alma, entre lógica y emoción, que desgarró al franciscano, filósofo y escolástico inglés Guillermo de Occam (1285-1349), apodado “Doctor Invincibilis”; a René Descartes (1596-1650), a Emmanuel Kant (1404-1472) y a George W. F. Hegel (1770-1831), pesa como una losa en nuestro afán por discernir lo verdadero de lo falso. No es difícil señalar el dilema contemporáneo del homo enfrentado a la división entre razón y ciencia, por un lado, e ideo–abstracción y metafísica por otro.

Puede argumentarse que Arnold Joseph Toynbee (1889-1975) y Giovanni Battista Vico (1668-1744) aciertan al concluir que el nacimiento de las civilizaciones depende de religiones universalistas, y que su descalabro está conectado con la racionalización propuesta por el pensamiento filosófico, como se palpa a lo largo del último milenio en Occidente, con sus épocas de florecimientos y su desplome espiritual. O acaso convenir con el filósofo, poeta y filólogo prusiano Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900), de que la equivocación de Occidente es haber construido su civilización sobre las bases espirituales de una religión débil y sumisa, como el cristianismo, que nada puede en la actual encrucijada que aplasta al humano, mitad animal y mitad superhombre. También podríamos aceptar el sincronismo de Jung entre la ciencia y las humanidades como una receta para superar esta crisis de esquizofrenia.

Hay algo que se va aclarando en nuestras mentes gracias a las ciencias: que esta fase agroindustrial terrestre no es el objetivo final; que no podemos seguir vegetando a merced de esas ciclópeas fuerzas que nos crearon y que igualmente pueden decretar nuestra extinción; que la especie humana, en su conjunto, es una contextura multicelular que atraviesa una iniciación en este planeta: la de crear una civilización capaz de catapultarla hacia el espacio exterior.

La doble expansión, demográfica y tecnológica, nos ha traído, con brutal rapidez, a este momento crítico de la evolución, para transformar definitivamente la forma en que pensamos. En la globalización de la economía y de los valores culturales vemos la prueba experimental más ilustrativa del carácter único del humano en nuestro planeta: su razón de transformarse de animal irracional a la conciencia del Universo. Es en esa aptitud inteligente que se vislumbra el sueño de extendernos más allá de nuestra naturaleza visible, hacia una dimensión extraña, hacia el Sistema Solar.

El tratamiento tiene que ser una cura del espíritu, una salida hacia algo nuevo, área mental y física de exploración más vasta, que nos permita expulsar las sombras que nos cubren. Aunque débil, existe la esperanza de que un día convertiremos las leyes del Universo en ingenios no sólo de nuestra conservación, sino también de la de todas las especies terrestres que hoy nos acompañan, a las que estamos obligados a proteger.

http://www.barnesandnoble.com/s/juan-benemelis

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