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Ángel Lago V: Las ánimas gélidas del noveno círculo

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ANGEL LAGO

Proliferan a lo largo de los tiempos. Por supuesto, los hay más y menos conocidos y famosos; más y menos dañinos y perversos: son los traidores. Merecedores de un círculo en el Infierno de Dante, en donde --a modo de indudable distinción-- en vez de enfrentar una vorágine de llamas estaban sumergidos en una laguna congelada.

"Roma le paga a los traidores, pero los desprecia", se decía en la Antigüedad. Y realmente parece haber consenso en el desprecio que tales personajes inspiran.

Mas, como la vida, además de ser paradójica, tiene matices, en este como en cualquier caso que atañe al género humano se pueden encontrar tantas opiniones como individuos, al menos teóricamente.

Habría que comenzar por definir qué se entiende por traición (toda definición tiende a ser una reducción), y, por solo poner un ejemplo, si se consideraría igual una traición en el orden político que en las relaciones amorosas. ¿Equivale un cambio de pensamiento o de posición a una traición?  ¿Es posible traicionarse a sí mismo? De ser así: ¿habría una traición más denigrante que una traición a sí mismo? Evidentemente, el problema da pie para varios tratados. Aunque no tengo una definición, sí considero que el engaño, la simulación y el provecho propio, en fin, todas las manifestaciones de egoísmo, son consustanciales a la traición.

Quizás el más conocido de los traidores sea Judas, y la recompensa de 30 dinares de plata (si recuerdo bien) el mayor símbolo de la infamia. Claro que aquí me refiero a la versión tradicional y aceptada de los Evangelios canónicos, y no a los gnósticos que supuestamente presentarían al supradicho como el más fiel de los discípulos, que con su actuación no hacía otra cosa que acceder a la voluntad y los deseos de su Maestro, para que se cumplieran las Sagradas Escrituras. Pero ya esta es cuestión muy espinosa.

Y prosiguiendo con los traidores famosos: ¿Cuáles serían los pensamientos de Efialtes cuando guiaba a los persas por los escondidos vericuetos de Las Termopilas hasta la retaguardia de los guerreros espartanos de Leónidas? ¿Venganza? ¿Ambición? ¿Regocijo? ¿Vacío? Miserias del alma humana.

Tras la Batalla de Waterloo, los ministros de Napoleón se pusieron de acuerdo para darle la espalda al emperador y propiciar la restauración borbónica. Cuando salían de la habitación en donde habían realizado el conciliábulo, Talleyrand puso su mano sobre el hombro de Fouché. Se dice que a alguien se le ocurrió pronunciar una frase magistral: “Ahí va el vicio, apoyado en la traición”. Cualquier otro comentario, sobra.

Pero yendo al plano amoroso, quizás se tienda a ser más indulgente. Me atrevería a asegurar que en el día de hoy Paris y Helena despertarían más simpatía que el aparentemente atribulado Menelao. Aunque no faltan aquellos que sostienen que el conflicto entre griegos y troyanos radicaba en pugnas por la hegemonía comercial, y no en cuestiones más sublimes.

Y continuando en la misma tónica, habrá quienes acusen a la Malinche por enamorarse y ponerse al servicio de los conquistadores, mientras que otros podrían describir su romance con Hernán Cortes  como la trama de una edulcorada novela de Corín Tellado. En fin, gustos y colores.

En cuanto a la angustia vital que puede provocar en el alma humana  una decisión contra sí mismo, es revelador lo descrito por Víctor Hugo en Los Miserables, cuando el inspector Javert, ante el dilema de apresar o dejar escapar a Jean Valjean, decide poner fin a ese drama existencial al saltar desde un puente a las aguas del Sena.  ¿Escape o liberación?

Que me disculpen todos aquellos ilustres traidores que he omitido en estas líneas. Nada personal.
 
¡Ah, esas traiciones y esos traidores...!

Salve.

Comentarios (2)
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Comentario:
  • Armando Añel
    Sin duda la traición a sí mismo no tiene comparación. Hay gente tan débil que llega al colmo de traicionarse a sí misma por despecho, celos, inseguridad, etc.

    Magistral Lago, como siempre. Gracias por esta otra joya de la crónica online.
  • Armando Añel
    Y por afán de reconocimiento (olvidé decir), que es una de las causas de traición a sí mismo más comunes.
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