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Oscuro objeto del deseo

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Oscuro objeto del deseo

Oscuro objeto del deseo
junio 17
22:05 2018

Cierto fenómeno que suele relacionarse con las candidaturas y entrega de los premios Nobel, me remite de alguna manera al caso de aquellas meretrices rubias de largas piernas, las sublimes rumanas o rusas o suecas, vituperadas, enjuiciadas, excluidas, y al mismo tiempo deseadas –secretamente o no-, por quienes las vituperan, las enjuician, las excluyen.

No son nuevos los intríngulis y las polémicas en torno al Premio Nobel. La diferencia, en este 2018, pudo radicar en el extraordinario poder mediático que favoreció su resonancia.

Yo por lo menos no coincido con quienes han dicho que se trata de la mayor falta cometida por la Academia Sueca durante la ya centenaria historia del premio. Con todo y su carácter aborrecible, las posibles agresiones sexuales que sufriera un grupo de mujeres por parte de un miembro de esa academia, junto a otras pestes que el hecho puso en la órbita pública, no me parecen más escandalosas –tampoco menos, pero no más- que las dos candidaturas de Stalin para el Nobel de la Paz, en 1945 y 1948; o la de Hitler, en 1939; y la de Fidel Castro, en 2010. Eso por mencionar solamente unos pocos ejemplos.

No se escatiman sospechas o tajantes descréditos cuando se trata de colocar en la picota a los favorecidos por el Nobel, junto a sus jurados y patrocinadores. Sin embargo, esto no impide que los mismos que sospechan o desacreditan el premio, exterioricen su júbilo cuando los escogidos son ellos o los personajes de su filia. También sobran ejemplos.

¿Por qué a mí candidato no se lo van a dar si otros con menos méritos lo obtuvieron? La pregunta, bien sea directa o indirectamente, resulta expuesta a las claras o al menos gravita en el aire en las vísperas de cada entrega. Como si el hecho mismo de que le hayan otorgado el Nobel a una figura que no creemos que lo merezca no fuera suficiente para no desear que se lo entreguen a quienes evaluamos con méritos superiores. Hasta el cacique Hatuey, a quien debemos suponer analfabeto, se negó, según cuentan, a compartir el cielo con personas que al parecer no consideraba a la altura de su categoría moral.

Sin embargo, pueden ser contados con una mano, y sobrarían dedos, aquellos que a lo largo de la historia han estado dispuestos a cerrarse en banda ante las tentaciones del Nobel.

¿Será por el gran saco de dinero que trae consigo? Es una atractivo de peso muy particular, sin duda, pero no creo que sea el único, ni aun quizás el principal en más de un caso específico. Oscuro objeto del deseo al fin y al cabo, las pasiones y las vacuas ilusiones que se mueven en torno a este glamuroso premio pueden responder más al envanecimiento y a la fatuidad de los seres humanos que a sus innatas apetencias materiales.

A Tolstoi a Joyce y a Borges les fue negado el Premio Nobel de Literatura. Sin ellos no se podría escribir hoy la historia de la literatura universal, por decir poco. En su lugar lo recibieron otros cuyos nombres ya nadie recuerda, y ni hablar de sus obras. Con todo, esto no estimuló a futuros ganadores a que asumieran la actitud del cacique Hatuey. Apenas se registra algún que otro caso aislado como el de Jean-Paul Sastre, tan criticable por otras actitudes públicas, pero que en este sentido tuvo a bien salvar la honra.

El científico alemán Fritz Haber, apodado el “Químico de la muerte”, recibió el Nobel de Química en 1918. Había desarrollado gases tóxicos, cuyo empleo supervisó personalmente para garantizar que las tropas de su país exterminaran a cientos de miles de soldados durante la Primera Guerra Mundial. Ningún científico en épocas posteriores parece haber mostrado el menor reparo en codearse con este serafín en el paraíso de los Nobel.

A Mahatma Gandhi, una de las más prominentes figuras del pacifismo a nivel mundial, no le fue otorgado el Nobel de la Paz, no obstante haber sido nominado en cinco ocasiones. El revuelo ocasionado por tal ninguneo fue tan explosivo que el propio comité que otorga el premio en la Academia Sueca tuvo que reconocer públicamente su pifia.

Pero eso no imposibilitó que continuara entregando inmerecidamente el Nobel de la Paz. Sin ir más lejos, aún está fresca en el recuerdo la premiación, festinada y torpe, de Barack Obama. Por cierto, se asegura (y yo lo creo) que la entrega de este premio a Obama fue lo que alentó en Fidel Castro la ilusión de ganarlo. También se asegura (y yo lo creo) que es la razón fundamental por la que Donald Trump y su contingente de adoradores sueñan con llevarse el gato al agua el año próximo. La paradoja no podría ser más ilustrativa: Dios los hizo dispares y los encantos de la rubia sueca los hermana en paz.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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