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Otra bandera, el mismo barco

Otra bandera, el mismo barco

Otra bandera, el mismo barco
junio 24
22:59 2015

Arriar una bandera no cambia nada.

Esa es más o menos la idea que asocio al asunto de la bandera confederada, ese símbolo multifacético que puede representar orgullo sureño, sedición, traición, racismo, supremacía blanca: depende quién la ondee, y quién la mire ondear. En todo caso, fue el emblema de un ejército que perdió una guerra por una mala causa: seis estados (once, para cuando la guerra terminó) pretendían separarse de la Unión Americana y mantener la esclavitud, base de su economía algodonera.

Abraham Lincoln, presidente republicano, racista y antiesclavista, derrotó a esa confederación, firmó el Acta de Emancipación y abolió de manera oficial  la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo, cien años más tarde, en los años 60 del siglo XX, todavía fue necesario regresar al racismo omnipresente y tratar de enmendarlo: fue la lucha por los derechos civiles y el final –de nuevo oficial– de la segregación de los negros en el Sur.

Hoy, a ciento cincuenta años de Lincoln y Appomattox, a cincuenta del asesinato de Martin Luther King, sigue intacto el odio racial, el atrincheramiento étnico en barrios y guetos, el auge de los grupos de supremacía blanca, la cultura excluyente y violenta del rap, los asesinatos raciales. Si se presta atención – -no requiere un gran esfuerzo– todo indica que la Guerra Civil aún no ha terminado.

Hay un DeBlasio que quiere sustituir retratos de blancos por retratos de negros; hay supremacistas blancos; hay un Caucus Negro en el Congreso; hay KKK; hay Al Sharpton, Rush Limbaugh, Ann Coulter; hay un  Donald Trump que dice que la violencia llega acá con los emigrantes; hay asesinos que balean congregaciones religiosas negras; hay policías racistas; hay negros que se amotinan y destruyen sus ciudades; hay quien cree que, por arriar una bandera, por limitar su uso en placas de autos, porque Walmart, Sears, Ebay y Amazon han dejado de vender esos símbolos de la Confederación, la Guerra Civil va a terminar y los derechos civiles van a imperar en la Unión Americana.

“I will say then that I am not, nor ever have been, in favor of bringing about in any way the social and political equality of the white and black race”,  declaró Abraham Lincoln, políticamente incorrecto de acuerdo a la usanza del siglo XXI, durante un debate por un puesto en el Senado unos años antes del comienzo de la Guerra Civil.

Hace unos días un joven sureño en Carolina del Sur asesinó a nueve personas de raza negra que estudiaban la Biblia en una iglesia. En esencia, sus argumentos de racista y supremacista blanco son esos  mismos de Lincoln, de hace más de ciento cincuenta años. Argumentos que están, palabras más, palabras menos, intrincadamente tejidos en nutridos y oscuros estratos de la sociedad norteamericana.

A raíz de la masacre en Carolina del Sur se ha hablado de nuevo de control de armas, y ahora se ha adicionado ese debate acerca de la prohibición de la bandera confederada. Como si las armas se dispararan por sí mismas, como si la sociedad fragmentada en etnias y odios fuera a sanar sólo porque la bandera confederada no será izada en lugares públicos.

Si todo fuera tan simple, la proscripción de la cruz gamada resolvería el neonazismo, la defenestración de la K eliminaría el KKK, quemar el Corán desmantelaría el terrorismo, o prohibir tatuarse la cara controlaría a la MaraSalvatrucha.

Los símbolos son importantes. Hay miles de millones de personas venerando cruces y la media luna; hace apenas unos años buena parte del mundo marchaba tras la hoz y el martillo. Los símbolos surgen, cambian, desaparecen; pero al final es la gente lo que en realidad cuenta. Una bandera más o menos no va a detener la Guerra Civil del racismo en los Estados Unidos. Si acaso, la proscripción de ese símbolo va a exacerbar una radicalización en ese conflicto eterno en el que pelean fundamentalistas, víctimas y victimarios de cualquier color.

Arriar la bandera entonces es como esconder la basura debajo de la alfombra: el problema sigue ahí;  al final de la jornada, lo único que se va a lograr con esa prohibición es que aumente el precio de la bandera confederada en los comercios minoristas.

Sobre el autor

Alex Heny

Alex Heny

Habanero, hijo, padre, cubano, emigrante, escribidor. En ese orden, más o menos. Heny tiene esposa, tres hijos, un doctorado en Ingeniería y Ciencia de Materiales, y una gran disposición a opinar sin que se le pregunte. Actualmente vive con su familia en Long Island, Nueva York, ciudad donde edita el blog http://havaneroenny.blogspot.com/

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