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Otra vez el fin de la historia

Otra vez el fin de la historia

marzo 01
17:12 2011

11-apMedio mundo árabe anda a la greña. Ciertos pueblos quieren cambiar el mundo en el que viven. ¿Por cuál?

Lo más razonable sería que se acercaran a las naciones exitosas que han conseguido un grado razonable de estabilidad y prosperidad, para tratar de averiguar por qué han logrado prevalecer y triunfar en la historia.

En 1783, cuando Inglaterra reconoce a Estados Unidos, ningún poder europeo pensaba que la débil estructura republicana de la joven nación podría mantener la estabilidad en medio de los celos y las fricciones que tensaban las relaciones entre las antiguas 13 colonias de la Unión. Leer los informes de los diplomáticos de entonces –un viejo precedente de los wikileaks— demuestra el pesimismo de los expertos de fines del siglo XVIII: ¿cómo iba a perdurar una entidad regida por 13 constituciones y dirigida por una cabeza rotativa auxiliada por decenas de legisladores localmente escogidos por medio del sufragio?

Pero duró. Dura hasta hoy. ¿Qué pasó? Ocurrió que ese Estado experimental diseñado por los “padres fundadores”, desde el principio sirvió los intereses de los individuos que formaban la clase dirigente, pero con dos características básicas: podía transmitir la autoridad de manera organizada y pacífica por medio de elecciones periódicas, mientras acomodaba flexiblemente a un número creciente de personas capaces de tomar decisiones o influir en ellas, formando y absorbiendo los enormes niveles sociales medios que generaba progresivamente el eficiente aparato productivo, incluidos los afroamericanos y las mujeres, quienes estuvieron ausentes en el restringido proyecto original de la nación americana.

¿Por qué no ha habido revoluciones en Estados Unidos? Porque no han sido necesarias. Porque la sociedad creó y ha mantenido unas porosas instituciones capaces de asimilar los cambios sin violencia. Es realmente prodigioso (y admirable) que el mismo Estado que en 1789 eligió a George Washington como su primer presidente, un agrimensor convertido en militar triunfante y luego en rico hacendado esclavista, hoy sea dirigido por Barack Obama, un abogado mestizo de clase media, hijo de un africano y de una norteamericana blanca carente de la menor relevancia social o económica.

Y lo que es verdad en el terreno político y social tiene su equivalencia en el campo económico. El mercado abierto y la meritocracia hicieron posible que una república en la que el poder económico estaba en las manos de una pequeña minoría de plantadores y comerciantes con fuertes lazos con las autoridades coloniales británicas, se transformara pacíficamente en un enorme tejido empresarial plural y fluctuante, integrado por centenares de miles de compañías, en el que constantemente surgen y desaparecen agentes económicos que innovan y cambian la realidad material del país a una velocidad sorprendente, sin que nadie planifique la producción o escoja a los triunfadores o a los fracasados, rol que le corresponde desempeñar al consumidor soberano.

Ese elástico “modelo americano”, integrado por un Estado definido como democracia liberal y un sistema económico regido por el mercado y la existencia de propiedad privada, acabó siendo el paradigma por el que, paulatinamente, se fueron inclinando las otras naciones punteras del planeta, hasta que, a principios de la década de los noventa del siglo pasado, tras el hundimiento de la opción marxista-leninista, Francis Fukuyama advirtió, con una frase generalmente incomprendida, que habíamos llegado “al fin de la historia”.

Fukuyama no quería decir que no ocurrirían hechos dramáticos o contramarchas, o que nunca más un sujeto terco podría insistir en revivir el comunismo o cualquier otra variante fracasada de colectivismo estatista, sino que parecía evidente que los beneficios de la convivencia armónica, el cambio pacífico y la estabilidad institucional se lograban por medio de la democracia liberal, con todo lo que eso implica, mientras que al progreso y a la prosperidad se accedía por el mercado y por la existencia de propiedad privada.

¿Entenderán esta lección las naciones que abandonan las autocracias árabes de derecha e izquierda? No lo sabemos, porque es muy difícil predecir un futuro incubado en confusos motines callejeros, pero hay varios precedentes alentadores: Taiwan y Corea del Sur evolucionaron triunfalmente en esa dirección después de padecer gobiernos de mano dura. Casi todos los ex satélites europeos de la URSS, alentados por la UE, asumieron la democracia liberal y el mercado tras el fin de la etapa comunista y, fundamentalmente, acertaron con la decisión tomada.

¿Qué harán países como Egipto, Libia o Túnez? ¿Insistir en el desastroso modelo del socialismo árabe militarista inaugurado por Nasser en 1954 que ahora ha entrado en crisis? ¿Erigir una teocracia fundamentalista como la iraní? Lo inteligente sería que imitaran a las sociedades más ricas y felices del planeta. Lamentablemente, los rebeldes no siempre suelen acertar cuando llegan al poder. No saben muy bien qué es lo que quieren.

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