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Para entender el pensamiento político de Martí

Para entender el pensamiento político de Martí

Para entender el pensamiento político de Martí
julio 05
12:59 2017

Suele señalársele al pensamiento de José Martí un alto grado de inconsistencia, de ambigüedad incluso.

Partamos de que ningún pensador es plenamente consistente consigo mismo. Un pensador suele verse obligado a responder a un cúmulo de cuestiones secundarias a sus principales intereses intelectuales, en que por demás la urgencia con que casi siempre se espera su respuesta en semejantes casos no le deja tiempo para reflexionarla adecuadamente. En tal situación, más que el núcleo de su pensamiento, quienes responden en ese instante son los infinitos supuestos sobre los que se basa la actividad, las acciones de cualquier mortal.

Aunque es en la búsqueda de esa consistencia que se mueve la obra de todo pensador, es este un fin que nunca llega a conseguirse más que de modo parcial. Debido a lo reacio de los hechos, que siempre se opondrán a encajar cabalmente en nuestros esquemas mentales (es la realidad, plena e infinita, la que se niega obstinada a ese encaje dentro de nuestra limitada y unitaria mente). En este sentido: ¿Cuesta tanto comprender que es injusto aspirar a que un pensador, que ha muerto a los 42 años, alcanzará un alto grado de auto-consistencia en su pensamiento?

Tampoco debe dejarse de lado nunca lo limitado de la vida humana: vida mortal, vita brevis. Aun ni en aquellos casos en que como Gorgias o Bertrand Russell el pensador alcanza una larguísima longevidad, al menos a escala humana. Ningún hombre podrá nunca llevar a efecto la propuesta cartesiana de ponerlo en duda absolutamente todo, para sobre ese primer acto revolucionador armarse más tarde todo un mundo coherente y en propiedad realmente propio. La brevedad de la vida humana nos impediría llevar a efecto ese primer paso, aun ni en una milésima parte, o quizás mucho menos, porque, ¿hay posibilidad de medir cuando enfrentamos la finitud a lo infinito?

Tengamos en cuenta lo en realidad impracticable de ese intento de puesta en duda total, visto ello de manera independiente de la naturaleza mortal o no de nuestra vida. Lo que somos, este acto de pensarnos, está ligado indisolublemente de alguna manera a lo que no somos, a eso de afuera que nos obliga a resolver problemas con el único fin último, en todo caso, de conseguir continuar pensando que pensamos. De ello se sigue que, si somos absolutamente consecuentes, el acto de puesta en duda total solo puede conducirnos a nuestro propio desvanecimiento en la nada.

El que incluso la manera en que percibimos esté poderosamente condicionada por el ambiente cultural en que nacemos, por el pasado humano anterior a ese momento crucial en que comenzamos a vivir, obliga a que el pensamiento de todo hombre gire si acaso alrededor del taladrado de uno o cuando más dos o tres temas centrales. Nada más allá nos es dado a los hombres. En cuanto a los casos en que el pensamiento humano adquiere un claro carácter universalista, se debe en esencia a que la idea fundamental del pensador en cuestión debe dinamitar todo un amplio y múltiple cuerpo de creencias sobre las que se fundamenta la otra vieja idea que se opone a la suya. Galileo es un primer buen ejemplo de ello. Toda su física nueva basada en la idea del movimiento relativo y la idea de la inexistencia del absoluto, no es más que un intento de fundamentar su firme creencia en el heliocentrismo, que para la física de su época, y sobre todo para las concepciones de sentido común, no podía pasar más que de un soberano y completo disparate. Porque si la Tierra se mueve, ¿cómo es que los cuerpos caen en línea recta y no en una curva dirigida hacia el oeste, o cómo es que la atmósfera no es más que un eterno huracán de vientos de este a oeste a miles de kilómetros por hora?

El Padre Varela, en propiedad el partero de la Idea de Cuba, es un segundo ejemplo. Un poco más limitado quizás, pero necesario por lo cercano a nosotros. Aunque no caben dudas de que sus Cartas a Elpidio le permitieron a Varela explayar su piedad, lo incuestionable a estas alturas es que este texto, en su inspiración original, es político, no teológico: El padre Varela fue un político, no un teólogo. Preocupado ante las tendencias expansionistas de los EE.UU., y el predicamento que entre cierta clase de cubanos cultos comenzaban a ganar los mismos, contrasta aquí las creencias fundamentales de ambos pueblos. Su objetivo es contraponer la civilización americana protestante a la cubana católica. Las honduras de pensamiento en que se sumerge, por tanto, no tienen como objetivo el llegar hasta el núcleo de ciertos problemas teológicos, sino encontrarle firmes argumentos a sus ideas políticas. Y es que mucho antes de los escritos anti-anexionistas más explícitos de José Antonio Saco, de finales de la década de los 1840, en este Varela se opone implícitamente a una probable anexión de Cuba a los EE.UU., en base a que en esencia tal acto político significaría el suicidio cultural del pueblo cubano (para ser justos debe advertirse que ya por la misma época, finales de los 1820, Saco estaba también produciendo textos implícitamente anti-anexionistas: El domingo en los EE.UU., publicado el 21 de febrero de 1829 en el Mensajero Semanal, toda una exhortación a no pasar ese día en ese país tan deslucido).

Por lo tanto, lo primero que debe hacerse con todo pensador, tras haber renunciado a encontrar en su pensamiento las respuestas a todas las preguntas, es buscar las pocas ideas centrales que lo obseden, alrededor de las cuales giran esos actos limitados y abiertos a los vientos del mundo que son en definitiva su vida y su obra. En este sentido es incuestionable que esa idea en Martí es la Independencia de Cuba.

Ahora, esa idea, que como hemos dicho en diferenciado estado de tal surgió de la mente del Padre Varela, en un lugar ilustre, El Seminario San Carlos y San Ambrosio, había encontrado a poco de su nacimiento dos obstáculos reales que imposibilitaban su concreción: Primero, la referida a la posición de Cuba en el escenario mundial. No era ella una de esas regiones que se habían constituido en país allá en la remota cara pacífica de la América del Sur, o uno de esos reinos en medio de la nada asiática o africana. Cuba había estado durante los siglos de la navegación a vela en la encrucijada de los caminos noratlánticos, y con los proyectos de un canal transoceánico a través de lo que después sería Panamá esa posición pasaba ahora a ser global. Cuba era para España la última de sus posesiones estratégicas, de la que incluso sus más preclaros estrategas de los tiempos de Carlos III nunca habrían aceptado prescindir (don Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda). Para Gran Bretaña, Alemania y en menor medida Francia, era también un valladar de las tendencias expansionistas de los EE.UU., que preferían por tanto en manos españolas hasta que pudieran ellos mismos hacerse cargo. En cuanto a los EE.UU. en sí, la Isla les parecía una posesión natural suya, sobre la que les daba derecho la geografía y sus propias necesidades defensivas estratégicas. En definitiva la fruta madura que deberían estar prestos a no dejarse arrebatar en el momento adecuado.

Independizar a Cuba, por tanto, no era solo un asunto de marcharse a la manigua a dar machete. Esa independencia solo se alcanzaría gracias a los inteligentes acomodos diplomáticos de la Isla en el complejo mundo de su época, en que lo del “derecho a la autodeterminación de los pueblos” no pasaba de una utopía: había que hacer ver, o imaginar, a todos los interesados en el asunto cubano las ventajas reales, o imaginarias, que obtendrían de la independencia de la Isla. Pero sobre todo esa independencia se alcanzaría gracias al inteligente fomento de una posición favorable a la misma en la opinión pública de los imperios o países implicados, de una u otra manera, en el asunto cubano. De hecho debía conseguirse que en los imaginarios colectivos de los gobernados de dichos imperios y países se crearan ciertas asociaciones mentales y sentimentales, que provocaran en las tales masas el deseo de oponerse a los planes de sus gobiernos, u intereses económicos, en caso de ir estos contra nuestra independencia.

La manigua, y la guerra de desgaste, eran por tanto recursos secundarios en esa otra guerra, la principal, en que el objetivo era presentar esa independencia como vital a los múltiples intereses implicados, o como sentimentalmente deseable para la opinión pública del mundo de su época (en esencia el mundo atlántico: europeo y americano).

El segundo gran obstáculo que había encontrado Varela en la realización de la Idea era la insuficiente cultura política del pueblo cubano en general, y en particular el problema de la integración nacional de las razas. Si a él mismo lo sorprendió la constatación de que a diferencia del de 1815 el contexto internacional de 1823 no se prestaba a la independencia de Cuba, más traumático aún les resultaría a aquellos de sus discípulos que habían permanecido en la Isla el darse cuenta, durante los años de La Pepa (el Trienio Liberal), de que el pueblo cubano no estaba preparado para gobernarse a sí mismo, por sí mismo, para sí mismo, y que incluso ese problema que habían soslayado hasta entonces en su idealismo juvenil, el de la integración racial, debía ser resuelto de algún modo (no es que los que llamaré valerianos soñaran soluciones ideales al problema de la integración, es que en su juventud ni tan siquiera lo veían).

Antes de Martí la Guerra Grande ya había demostrado que se podía conseguir integrar en una nación única a las dos razas principales, más allá de las hasta entonces predominantes soluciones blanqueadoras, o los también innegables sueños de africanización total. La Guerra propiamente había sido el crisol en que se había comenzado a forjar la unidad nacional, y era evidente que la siguiente, si la había, terminaría el trabajo. Quedaba, sin embargo, por entender qué en esencia en la Guerra misma había contribuido a ese resultado parcial pero en desarrollo: ¿La disciplina militar y sus jerarquías, o la naturaleza horizontal de las relaciones que se habían establecido en los campamentos mambises?, ¿en esencia el orden o la participación igualitaria?

Para la gran mayoría de los caudillos regionalistas de la Guerra Grande la respuesta no podía ser otra: el orden; la disciplina militar y sus jerarquías. En consecuencia para los caudillos regionalistas Cuba independiente necesitaría obligatoriamente de un gobierno central autoritario y militarista, encabezado por un Hombre Fuerte (un caudillo). Tanto por necesidades internas como externas.

Debemos tener muy en cuenta el carácter de la solución de los caudillos regionalistas de la Guerra Grande al primer obstáculo encontrado por los valerianos. Son los caudillos los primeros que al hacer la única guerra viable en Cuba, la de desgaste, dada la enorme desproporción entre los bandos combatientes, viven en propiedad independientes en la Isla. De la experiencia de esa guerra de desgaste eterna se armará su ideal de Patria: Una Nación Cruzada en guerra interminable, contra España primero, pero pronto contra todo ese mundo exterior, otro, que no permite que una Isla demasiado inserta en los tejidos globales de comercio, de ideas y hasta en los complejos equilibrios de fuerzas, viva solo en base a sus tendencias endógenas. Una Nación de Cruzada contra el afuera, concebida en lo social como un cuartel, como un campamento, en que los caudillos ordenan y los ciudadanos ocupan disciplinadamente su puesto y cumplen con lo mandado (quizás Raúl Castro no lo sepa, pero ningún otro caudillo regionalista anterior ha logrado explicitar con tanta claridad la doctrina que los animaba como él: Se entiende, en este señor las cortedades constitutivas de la especie llegan a resultar tan marcadas hasta el punto de convertirlo en el ejemplar típico, digamos que por antonomasia).

Aclaro que es en este sentido limitado, “regionalista”, que nos atrevemos a incluir en la categoría caudillo regionalista lo mismo a Vicente García que a Antonio Maceo. En ambos el afuera, situado más allá o más acá, no importa, es siempre el enemigo, no el principal reservorio de posibilidades a explotar por los cubanos en su empeño de edificar una mejor vida para todos.

Esta Idea caudillista es en cierta medida el lógico resultado del encuentro entre el limitado espacio vital en que se ha desarrollado la vida de dichos caudillos, más o menos restringidos a su barrio rural o urbano, su ingenio, cafetal o pequeña ciudad del interior, lo cual no los capacita para entender la complejidad de la existencia de una Isla demasiado imbricada en el Mundo, con la añeja noción española de Cuba como Presidio, como Fortaleza Sitiada, que de una u otra manera permanecía muy actual en los imaginarios de los cubanos que no habían participado en el boom cosmopolita de las clases altas y medias de la primera mitad del diecinueve, por sobre todo del hinterland habanero. Habría incluso que ver cuánto permanecía y permanece en nuestros imaginarios de la noción de España como una cruzada: porque de que algo hay si no caben dudas.

Lo que los caudillos pasaban por alto, no obstante, era que esa integración nacional que se había dado en la Guerra era resultado en lo fundamental de la horizontalidad de la sociedad manigüera. Más que la disciplina y el encuadramiento militar, fue la participación en igualdad en la contienda, y sobre todo en su parte principal, ese mayoritario espacio de tiempo en que no se combatía, pero se desgastaba inexorablemente a España, lo que comenzó a crear a la Nación Cubana; o por lo menos los imaginarios participativos e igualitarios que muy pronto, en el periodo de entreguerras, se propagarían entre la mayoría de la población que no había tomado las armas en aquella primera guerra.

Es así que ante el José Martí humano, y por tanto limitado, que antes que nada busca hacer independiente a Cuba, surgen dos preguntas esenciales: ¿Cómo lograrlo dado lo intrincado de su contexto internacional, sin echar mano de la solución de los caudillos, consistente en el repliegue de la Isla sobre sí misma, o sin la solución minúscula de anexionistas, autonomistas e integristas? ¿Cómo conseguir el verdadero gobierno que dé real cohesión a la Nación Cubana, más allá de la solución militarista de los caudillos o la plutocrática de las élites económicas? Es aquí dónde deben buscarse las claves del pensamiento martiano, en enunciar las respuestas que de tan evidentes nadie alcanzaba a verlas: Aprovechar la situación central de Cuba, al ganar para la causa de su independencia a la opinión pública mundial, y crear la nación participativa y horizontal mediante la participación igualitaria en el esfuerzo bélico. Toda su obra, desde más o menos 1882, va en esa dirección, y solo se afina más y más, en lo principal, tras su experiencia de 1889 en la política hemisférica.

En esencia es este el papel de José Martí en nuestra historia: Es el quien propone una solución ideal aceptable, y con un basamento realista, a los obstáculos que habían trabado a la idea independentista desde su nacimiento. Porque no nos engañemos, en 1868 no fue una clara idea independentista la que lanzó a la manigua a los pro-hombres que iniciaron la Guerra Grande, independientemente de lo que después ellos mismos, o quienes reescribieron interesadamente nuestra historia ya desde el mismo 1869-70, sobre todo los intelectuales afines a la idea de los caudillos regionalistas, hayan querido hacernos creer. Se fue al monte una incoherente mezcla de anexionismo con conspiracionismo reformista anti-isabelino. Independentismo en verdad no lo habrá en esa guerra hasta que en abril del 69 Eduardo Machado dé la nota y no firme el pedido de anexión al que Céspedes, Agramonte y en realidad todos los pro-hombres iniciadores dan las suyas (este acto mayúsculo ha sido extrañamente soslayado por nuestra historiografía de casi cualquier partido). Luego los caudillos tomarán el relevo de la tea incendiaria de la mano de Eduardo Machado, pero su independentismo será demasiado poco práctico, y por sobre todo poco atractivo para la significativa proporción de los cubanos que viven del comercio exterior, o en general de las complejas interconexiones de la Isla con el mundo contemporáneo. Pero por sobre todo para el imprescindible sector emigrado.

Martí solucionará ese defecto de la idea, al volverla interesante para ese sector emigrado tan importante, numérica y económicamente, de cara a sostener la contienda. Es él quien creará la base ideológica para arrastrar a la Guerra, que él llama Necesaria, a ese elemento mayoritario e imprescindible para el buen desarrollo de la misma, y que, sin esas soluciones suyas, no se habría dejado llevar a una lucha por la independencia a la que en base a criterios anteriores les hubiera parecido un disparate marcharse.

Sobre el autor

José Gabriel Barrenechea

José Gabriel Barrenechea

Investigador y periodista independiente cubano, durante años ha estado escribiendo artículos sobre cultura, historia y actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre ellas 14ymedio, Convivencia, Cubaencuentro, Cubanet y Voces. También ha pertenecido al equipo editorial de revistas independientes como Cuadernos de Pensamiento Plural. Reside en Santa Clara, Cuba.

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