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Para la más bella… 1836

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Para la más bella… 1836

Obra de Arístide

Para la más bella… 1836
junio 14
02:33 2016

A mi padre,

quien me contaba historias como ésta

Hace horas que El cabalga por este monte inhóspito, desconocido. Nunca escucha consejos. Nunca los ha escuchado. Esta vez no hace excepción. Bien le advierte el dueño del sitio donde por última vez cambia de caballo: Disculpe, señor, pero mejor continúe en la mañana. En la posada le sirven chocolate caliente y panecillos recién horneados. Cómalos, que la travesía es larga y caprichosa. Haga caso a mi esposo, espere que amanezca.

Testarudo, terco, persistente, que no, que le ensillen el potro, que El sigue viaje. De madrugada es mejor. Cuando salga el sol, hará su entrada triunfal en la hacienda. Nada lo detiene. Nada lo amedrenta, ni siquiera cuando le dicen que no hay atajos, y que solo existe una vía para llegar a su destino. Es increíble, a quién se le ocurre levantar tan hermoso predio, al que no se puede llegar, sino se atraviesa por el mismo centro el viejo cementerio de la zona.

Y aquí va el hombre de ciudad, en noche oscura, sin luna y sin estrellas, subiendo y bajando lomeríos, bajo un aguacero frío y pegajoso, entre rayos y truenos, pasando ríos y pantanos, y ni un solo ser humano que se le aparezca en el camino. El caballo, acostumbrado al trayecto, aprovechando ahora la pradera y que las lomas quedan atrás, va a galope tendido. Sus patas, apenas tocan el terreno. Si se viera la escena desde lejos, se pudiera decir que rompe la gravedad, parece que las cuatro patas están siempre en el aire. Su marcha es libre. No es necesario que lo guíen. Jinete y caballo disfrutan de la marcha apresurada, a pesar de la oscuridad y de la lluvia.

El galope disminuye. El hace esfuerzo para continuar por el valle. El caballo se le resiste. No hace el más mínimo caso. Las aletas de su nariz se agrandan y parece como perro olfateando la negrura de la noche. Se alejan del camino central. No importa que El intente hacerlo retroceder. Se acercan hacia el bosque de pinos al oeste. Se adentran serpenteando los árboles. Atraviesan el bosque. Salen a una explanada y el alazán se para en dos patas, relincha una y otra vez. El tiene que agarrarse fuerte a la hermosa y abundante crin del caballo para no caer. Se tranquilizan los dos. Lentamente el animal avanza, se detiene de nuevo. El alcanza a leer el cartel mustio, tallado en la piedra del arco de medio punto, también medio destruido: “tu última morada…”

No teme a los muertos. Nunca les ha temido. Atraviesan el arco de entrada. La lluvia amaina, pero persiste. Una vez adentro, El, por primera vez en toda su vida, siente temor, mucho temor. Temor por la oscuridad, temor a lo inesperado. Temor al ambiente enrarecido que sin esfuerzo se respira. Se mantiene alerta. Mira hacia adelante, hacia atrás, hacia un lado y otro. Solo están El, la bestia y el misterioso silencio del sacrosanto lugar. El, ansioso por continuar. El caballo detenido, no responde a los fuertes e insistentes golpes de las espuelas en su vientre y mucho menos a la voz de mando de El, que, frustrado, no puede escapar a todo galope.

Alguien, El lo percibe como un ligero salto, sube y se acomoda en las ancas de su montura. El se asusta. Da media vuelta. No hay nadie que El vea. Entonces, como si hubiera recibido una señal, el caballo avanza de nuevo. Asume el paso lento, elegante, como si desfilara ante un jurado. El siente un par de manos que corren a su alrededor y se entrelazan delante, ahí mismo, al centro de su pecho. Son manos suaves que al unirse, lo acarician y es como si encontraran al fin la protección buscada. El temor se va perdiendo. Siente en su nuca un aliento fresco y oloroso. La cabeza de ese alguien, que El no puede ver, se recuesta suavemente en su espalda y El siente que ese alguien suspira con alivio. Ya no siente miedo. El, tranquilo y gozoso, se relaja. Abandona todo intento de dominar su cabalgadura. Se dispone a disfrutar la inusitada carga que lleva a sus espaldas y aquel trote espontáneo e inexplicable, que repetido por el eco suena como caballería militar.

No hay dudas, el caballo conoce muy bien este camposanto. Las cruces de las tumbas no terminan nunca, son infinitas. No están en fila. Por grupos, hacen rectángulos, cuadrados, círculos. Luego le contarían que se dispusieron así para dificultar al diablo la búsqueda de las almas y facilitar la comunicación entre los muertos. Van zigzagueando las cruces. Lo cierto es que el caballo no tropieza con ninguna de las miles de cruces altas, que se mueven empujadas por el viento. Cruces encintadas y descoloridas por el sol y el agua, con letreros, que El apenas puede leer gracias a las luces intermitentes de los relámpagos:

A NUESTRA ABUELA…1868

EL CAPITAN MAMBI… 1895

PARA EL SOLDADO DESCONOCIDO… 1902

PARA NUESTRO NIETO… 1934

Ya no llueve copiosamente. Queda una llovizna helada, que traspasa la chaqueta de cuero del hombre. El empieza a acostumbrarse a ese alguien que lleva detrás y que no puede ver, pero que siente respirar en su cuello. Debe ser hermosa, se repite desde que está allí junto a El. Le parece que ya nunca más podrá vivir un segundo de su vida sin esta excitante compañía, que cada vez, al ritmo del trote del animal, se le ha ido pegando más y más. Le da la idea de que poco a poco va integrándose a su propio cuerpo. El ya no intenta verla, le es suficiente con olerla, con sentirla, le basta con que esté allí, en la grupa de su caballo. Quiere eternizar estos minutos. Que no se acaben las tumbas, que no se acaben las cruces con sus letreros y sus cintas. No recuerda haber tenido una compañía tan perfecta, a la que no necesita exigir, pedir, reclamar. Nunca ha sentido esta paz dentro y fuera de El. No hay duda, ha encontrado el estado perfecto para vivir y morir.

Llegan al final de las tumbas en círculos y rectángulos. No hay más cruces. El caballo sale a la campiña, abandona el trote militar y sale a toda carrera. El quiere detenerlo, Imposible. Los brazos que le rodeaban, lo abandonan. No, por favor, quédate conmigo. Su olor, su aliento: se van alejando. No, no me dejes…El quiere regresar, imposible. Intenta recuperar el control. No puede tomar las bridas del corcel. Ya no están, solo una cinta que alguna vez fue color rosa, polvorienta y que dice:

PARA LA MÁS BELLA… 1836

Sobre el autor

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa (Guantánamo, 1949) es narradora, periodista, guionista de radio y televisión, promotora, productora cultural, crítica y ensayista. Técnica en informática, fue profesora universitaria y asesora de tesis de grado de la Facultad de Comunicación Social (Colombia 1998-2008). Es también curadora y ha obtenido numerosos lauros y reconocimientos por su obra literaria y radial. Su primer premio literario lo recibió a los 15 años de edad. Ha publicado varios libros con la coautoría del maestro Arístides Pumariega.

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