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Parque de la Fraternidad, urinario público

Parque de la Fraternidad, urinario público

Parque de la Fraternidad, urinario público
junio 20
16:40 2014

La vida está llena de ciclos. Respirar, por más natural que nos parezca, constituye un ciclo vital para gran parte del universo vivo que conocemos. Respirar cubre también la mayoría de nuestro tiempo, parte de la inconsciencia diaria en la cual transitamos del trabajo a la casa y de la casa al trabajo por el resto de nuestras vidas, sean emocionantes o presas del tedio común.

Nuestra respiración está estrechamente relacionada con nuestros otros sentidos vitales, sobre todo con el olfato y sentido del paladar, con nuestra capacidad de sentir múltiples sabores. Y La Habana está tremendamente contaminada de malos olores. Esos malos olores tienen distintos orígenes y razones, y todos son evitables.

Casualmente hace unos días, mientras caminaba hacia la parada del ómnibus de la ruta P-11, frente al Capitolio Nacional, decidí evitar el nuevo foco de malos olores de la ciudad y atravesar con mucho cuidado por donde no debía, y ocurrió lo inevitable. Quedé atrapado entre un ómnibus, dos camiones medianos, cerca de media docena de autos de alquiler, cuatro bicitaxis y un grupo de peatones que, como yo, evitaban cruzar sobre los charcos de orina que los choferes de alquiler han creado entre sus autos al no tener baños públicos que puedan utilizar mientras esperan a sus posibles pasajeros.

El Campo de Marte, espacio neurálgico de la ciudad y conocido popularmente como Parque de la Fraternidad, se ha convertido en un foco de contaminación sonora, química, visual y sobre todo infecciosa. Los choferes de alquiler de las rutas más extensas del oeste de la ciudad tienen sus piqueras en ese gran espacio verde dividido por una compleja y difícil trama de cruces peatonales y automovilísticos. Dos de las rutas más intensas y recorridas son Habana-El Cotorro y Habana-Marianao. Esos dos grandes grupos de autos y choferes llenan de manera permanente los contenes, aceras y bancos del tramo de avenida por la cual los ómnibus del transporte urbano también deben encontrar su hueco entre el tráfico de carros y camiones estatales y los particulares que desean incorporase al Prado con sus históricos leones, al Barrio Chino o realizar la circunvalación de esas áreas verdes llenas de bancos y peatones para incorporarse a vías que los lleven hacia la zona del Puerto y la Habana Vieja.

Cruzar desde la acera del antiguo mercado “Centro” –ante sala de lo que hoy son nuestras shoppings y TRD-Tiendas de Recuperación de Divisas– al primer fragmento del parque, se ha vuelto difícil. Desde bien entrada la esquina los carros de alquiler han cambiado el ritmo del tráfico y copan con brillos de níquel, música alta y escape de motores sin ninguna norma regulatoria para sus emisiones de gas de escape, lo cual te obliga a realizar una serie de maniobras. Debes redoblar la atención cuando intentas cruzar hacia la parte del parque más amplia y verde, saltar con buen ánimo conteniendo la respiración, para evitar los charcos de orina fresca o acumulada en el contén junto al fango y el petróleo que gotea a raudales de motores vencidos por el tiempo y la explotación. Charcos pestilentes medio ocultos entre los apretados carros de alquiler, entre los cuales cada chofer a su modo orina no como los animales para marcar su territorio ante otros rivales de su especie, sino como solución única ante la falta de previsión de las autoridades sanitarias de la ciudad, las cuales no han sido capaces de colocar un baño público visible en esta zona siempre colmada de transeúntes.

Ya el Parque de La Fraternidad no lo es tanto. Convertido en urinario público y espacio para la venta ocasional de refrigerios y productos alimenticios de fabricación casera, vendedores mal ubicados interrumpen el tráfico peatonal creando momentáneos embotellamientos cada vez que un ómnibus se detiene a descargar su pasaje mientras los viandantes transitan por sus aceras. Fango y orine acumulado en sus contenes. Sobrecarga sonora de bocinas a sobredecibeles, claxon de todos los tipos y motores mal regulados emitiendo elevadas dosis de dióxido de carbono y otros gases de combustión interna, me han hecho pensar en lo curioso que resulta que la sede de la Academia de Ciencias, Medio Ambiente y Tecnología de Cuba se encuentre a pocos metros de este espacio, el cual debería ser fraternidad con el medio ambiente y la naturaleza.

Una fraternidad entre el hombre y sus necesidades. Una fraternidad real y no un pequeño infierno que me haga preguntarme: ¿Quién debe cuidar del aire que respiro?

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Sobre el autor

Nilo Julián González

Nilo Julián González

Nilo Julián González nació en 1967 en La Habana. Escritor, dibujante, pintor, curador, grafitero, performer, trabaja la fotografía y es realizador audiovisual. De formación autodidacta, es uno de los fundadores del proyecto Omni Zona Franca, con origen en la zona periférica de Alamar, al este de la capital cubana. Integrante fundador de ACETATO Producciones, reside en la Isla. Su poemario “Toca al corazón que late” fue publicado por Neo Club Ediciones en 2014.

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