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Peces fritos

Peces fritos

Peces fritos
octubre 21
18:59 2014

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día es la sucesión del ayer
la rama caída en la persona exacta
para que se entiendan el soborno y tu presencia
encogiéndose hasta esfumarse.

Los días son iguales o distintos
y dependes tanto de ello
que para salvarte tendrías
–en una de esas ocasiones donde
haces del naufragio un símbolo–,
tendrías que hablarle a tus manos
y crecer de modo tan íntimo
que pudieran abrirte todas las aguas.
“Un día habrá en que bajes del tren
y no haya nadie esperando”.

Las cosas son como las de los cantantes,
pero no es en los llanos o en las laderas de un ojo
donde te hacen subir y bajar según lo comprendas;
de las cosas que van al polvo
dependen los arreglos, las consultas, los establos,
también la diferencia.
Ensillar los potros salvajes
no significa hay una fuente
donde todos beben su altruismo.

Algunos no fueron llevados por Moisés
ni su pueblo fue escogido en la cifra de los censos.
La libertad puede no ser aquella que está
en la puerta de las casas, en los toldos amarillos
donde se venden las fotos de los adivinos.
Todo eso también simula una apariencia.
La libertad es lo que dentro de uno mismo atrapa,
esas cosas no se aprenden
están en los años de pasar por encima
y en la huella que de ti dejan algunos finísimos metales.

Las cosas pudieran ser lo que no son
pero nunca pienses que a falta de ser
van a volverse otras.
Metido en tu pereza, en tu fino metal,
estás soñando partes que no fueron.
La huida tiene mucho de parecer una calle.
¿Alguna vez habrá de acabarse?
No busques otra inmensidad donde destruir tus venas;
la foto de cuando naciste puede quedar
pero no el instinto,
y de una causa así
la diaria salutación jamás abriga.
Si no te echaran tanto el ojo
pesaría menos tu vida y otras causas
donde la ceniza, la pala, mis temores
y ese “azar concurrente” queden bajo la huella rota.
No ocupes el espacio si antes nacieron
los ángeles que hacen ahora la burla y el apetito,
por los extraños que pasan la noche
sobre el techo de la casa.
Eres semejanza cuando partes
desde una ruina en círculo a otra ruina.
En todo sitio hay cuchillos y matadores
dispuestos al polvo que desangra.
No te aflijas,
intentamos vivir haciéndonos los muertos.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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