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enero 12
10:09 2016

 

Habían tenido una pequeña discusión, una de esas discusiones sin pies ni cabeza que conducen a ningún sitio –una típica discusión de parejas como suele decirse–, donde las frases arrojadas se enredan irreversibles y torpes, barranco abajo, formando una madeja amarga e indisoluble; tierra fértil donde germinarán y crecerán al final –en un mismo surco– el mísero silencio junto al amor y su fatiga irremediable. Aun así la mujer sacó las tijeras del cajón de las costuras y con un gesto claro le indicó que se sentara en la banqueta. Él obedeció. Se quitó la camisa y arrastró un poco el asiento hacia la ventana desde donde podía ver las cruces que indicaban cada tumba, cada muerto de un cementerio pequeño, gris y empobrecido, del que llegaba además el olor de las flores que se marchitaban en los búcaros, y donde las viudas de orgulloso luto no dejaban un solo domingo de ir a llorar a sus maridos. Mujeres de otros tiempos, compasivas y fieles. Quizás la proximidad de la casa al cementerio devaluara en parte su precio de venta o fuese más difícil encontrar algún comprador desprejuiciado dispuesto a respirar con los ojos cerrados el mismo aire que tantos esqueletos; por lo demás la casa resultaba perfecta, su luminosidad, la distribución de las habitaciones, el gusto con que aquella mujer había decorado cada rincón, colocado cada cuadro. Ni muy fría en invierno ni demasiado calurosa en verano y el silencio aguardando siempre tras la puerta, recibiéndoles a saltos jubilosos, encaramándoseles encima de sus cuerpos extenuados con sus patas confusas y laxas y lamiendo sus carnes sudadas del ajetreo del día.

Con la punta de sus dedos, ensortijados de sensuales serpientes constrictoras de pura plata que se comprara sin regatear ni un peso en un mercado en Tepoztlán, torció hacia un lado la cabeza del hombre empujándola un poco. Eran sus dedos, conservaban su olor y su forma, pero esta vez le parecieron algo fríos y distantes, vengadores y autoritarios, obstinados perseguidores de victorias, incorregibles gozadores de su aroma y de su sabor empalagoso. Con firmeza y un peine de dientes muy finos estiraba y cortaba su pelo humedecido, que en cuestión de segundos rodaba desde las alturas de su cabeza por el desfiladero de sus hombros y por su espalda hasta llegar al suelo oscuro de la cocina en donde terminaba confundiéndose. Desapareciendo.

La seriedad de la escena, casi trágica, contrastaba con aquella liviana banqueta infantil verde chillón, de patas plásticas y obesas con su cojín de peluche estridente y despeinado en donde el hombre permanecía sentado escuchando el ir y venir de las tijeras afiladas alrededor de sus orejas, por la cocorotina, sobre la mancha colorada de nacimiento en su nuca. Confiaba en ella, cerraba los ojos y veía –no imaginaba– su ombligo profundo y redondo sobre el elástico tenso de su blúmer azul piscina, se alegraba de que así fuese. A tan sólo una cuarta, el ombligo de la mujer y la mujer misma. Ambas visiones le estremecían y le impulsaban a besarla, a confesarle cuánto la amaba, pero no parecía ser un buen momento para esas muestras de afecto –pensaba–. Se conformaba entonces con recostar la cabeza a su barriga y soplar algún pelo que, aferrado a la nariz y muerto de miedo, luchaba –con sus ojos desorbitados y el corazón trepidante– por su vida, hasta ceder derrotado, abatido al fin por la fuerza del viento que emanaba de sus pulmones.

Apoyado así sobre su panza, a la sombra menguante de sus senos, fue quedando sumido en un letargo bombo y desabrido, entregándose sumiso a una somnolencia bobalicona y saraza inducida por el rintintín de las tijeras –prolongación exacta de sus nombrados dedos–. Chasquidos hipnóticos revoloteando entre la brisa coladiza, fúnebre y cansona del anochecer como Pedro por su casa por la casa de ambos –un poco más de ella que de él, cabe decir–. Soñó entonces que se encontraba lejos, en La Habana; recorriendo entre sus gentes los puestos de una feria churrupienta con bancos y mesas de maderas fermentadas, soportando malamente el peso de libros ya leídos y de juguetes usados, de cazuelas abolladas y de espadas melladas, de cualquier cosa imaginable capaz de empaparse poco a poco de una llovizna persistente y fría que anegaba el suelo de este sueño donde antes hubo un campo de cebollas.

Sobre una alfombra persa inverosímil, apilados sin orden ni esmero, unos cocodrilos disecados iban cobrando vida lentamente y puestos ya de pie sobre sus patas traseras se marchaban campantes, uno a uno, siguiendo la ruta de un camino de agua y barro trazado por la lluvia, en fila india, guardando las distancias, hasta el interior de una iglesia abandonada con una torre flaca y desgreñada que soportaba el peso de un reloj enloquecido, con sus agujas cremosas y blandas tan propio de los sueños. Y así se vio de pronto el hombre, hasta la cintura dentro de un río de aguas cristalinas que enseguida fue un estanque azul, azulejado y donde un pez achatadísimo, del tamaño del sobre de una carta, mordía y tragaba de una costra muerta, de un pellejo de humo y escamas, pendiente y ondulante, ceñido al vientre y a las verijas de la mujer desnuda. Pez parejero y confiansú, de humana inteligencia. Inespantable. Hermoso y útil. Aliviándose a cuenta y riesgo de su voraz urgencia. También creyó el hombre, en esta corta fuga, escuchar el croar de una rana, no una vez, sino dos veces, y alistó el oído y cerró los ojos ya cerrados y despertó a la luz de una luna real, redonda, hiperrealista y amarilla que flotaba sobre el cielo.

Para entonces la mujer ya acumulaba con la escoba el pelo disperso por el piso formando una montaña tupida y prieta, habitada por un ñoqui naufragado allá por las salobres costas del mueble renovado de la cocina, junto a su perro fiel de nombre Pesto y un diente de ajo anaranjado. El hombre se sacudió los restos capilares de la poda con su camisa, observó que la tijera agotadísima descansaba sobre un plato blanco y vacío y pensó que aún no había transcurrido suficiente tiempo como para que el metal de la herramienta se enfriase nuevamente, pensó también en un lémur con un sombrero y en que el pelo no pararía de crecerle hasta su muerte, pensó en lo absurdo de la discusión que los sumía en tal silencio, miró a su mujer junto al teléfono a contraluz y le pareció que sonreía, se fue al espejo, se palpó la cabeza con sus manos y descubrió una verruga nueva en su sobaco.

http://edicionescontrabando.com/libro.php?l=55

Sobre el autor

Carlos Michel Fuentes

Carlos Michel Fuentes

Carlos Michel Fuentes (La Habana, 1968) es artista y escritor. Graduado de Pintura en la Academia de San Alejandro de La Habana, en 1987. Ha trabajado como set designer para el cine y el teatro en los Estados Unidos. Ilustrador, diseñador gráfico, pintor de murales, especializado en acabados decorativos. Ha publicado los libros “Anabah” (novela) y “Maldita seas tristeza” (relatos). Actualmente vive en Valencia, España. http://www.carlosmichelfuentes.com

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