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El pez que se muerde la cola (Carlos Michel Fuentes)

Pez
noviembre 11
06:59 2015

 

Soy un pez de las profundidades. Nado despacio de un lado para otro, sin rumbo ni destino, a la oscuridad cegadora de estas aguas heladas, sobre la arena y las rocas. Navego entre las ruinas de un barco zozobrado, entre los recovecos de sus motores detenidos, de sus válvulas, de sus inútiles relojes, de su estrepitosa sala de máquinas, cubierta hoy por el silencio irremediable del océano y por un lino suave y ondulante que me acaricia al pasar la piel y las aletas. Vivo entre los huesos de su tripulación desdichada, al amparo de sus magníficas espinas; nací aquí al igual que mis abuelos y mis padres, como también lo harán mis descendientes y los suyos. Moriré aquí. Sé que este esqueleto pertenece al capitán, no tengo dudas, aún conserva entre sus dientes la cachimba labrada, morada inexpugnable de un cangrejito ñato. Nado en solitario. Me alimento de plancton. No le hago daño a nadie, no maldigo mi suerte. Soy sólo un pez que vive en las profundidades del mar. En silencio. Sobre el fantasma de este buque, entre ectoplasmas de tatuajes que ondulan por el éter salado de estas aguas oscuras y frías, nombres de mujeres que aún esperan en tierra firme al amor zozobrado. Sé que es el capitán, pues le falta una tibia en su esqueleto, de pie, imponente sobre el puente de mando. Entre las rocas y la arena –donde vive una langosta de ojos grises– yo nado. Despacio, sin rumbo, a merced de las escasísimas corrientes. Soy sólo un pez y no tengo aspiraciones ni sueños. Creo ver ahora cruzar por cubierta una mancha de sardinas –cientos de ellas–, gregarias, destellantes, risueñas; apresuradas al encuentro con la red del pescador con suerte, del sardinero solitario; como flechas encadenadas a su destino ineluctable. Sé que es el capitán –o al menos son sus huesos– pues en su hombro hay otro esqueleto reposando, fiel resonancia de un verso volador y autoritario. Mientras nado no pienso, pues soy sólo un pez. Un abisal pez. No un pez nacido en cautiverio, ridículo, de un lado para otro en cúbicas porciones del agua de un acuario, tampoco soy un pez transoceánico, gigante, imponente, tan sólo soy un pez que vive en lo profundo, donde no llegan señales de los días a no ser por la muerte, que desciende magullada, con un mensaje de luz sobre su cola. No tengo planes, ni sesos. La langosta me mira –sé que me mira– con sus hermosos ojos grises y su elegancia estrepitosa, y yo la miro a ella mientras nado entre el silencio de la sala de máquinas detenida en mi tiempo, entre el gesto impreciso de un esqueleto borracho de ron y de misterio. Pero soy sólo un pez de metabolismo lento, carente de sentimientos y de alma. Mis escamas ocultan un corazón inútil. Bitácora ondulante y azorada, batiscafo de oro y de esmeraldas. Con la tinta de un calamar he escrito yo estas líneas, repletas de torpezas y de errores. Con esta misma tinta le escribiría una carta si pudiera. Si fuese yo capaz de hallar las palabras precisas, sólo las justas, pues temo que se oculte para siempre entre la arena y deje de mirarme con esos ojos grises con que me mira a veces. El capitán convoca a todos a cubierta y ordena que se cante la canción de la esperanza, pero andan todos tan borrachos que apenas logran distinguir los puñales de los parches, las sotas de los bastos y son sacudidos sus cuerpos por el vaivén de ambas resacas. Más allá del ta lud que desciende moribundo y desgarrado de las costas africanas, entre las grietas hirvientes que se abren como heridas sobre la piel de las rocas más profundas, sobre este barco hundido yo habito, bajo la capa de penumbra donde viven mis hermanos de ojos saltones y de esqueletos duros. El rey de los arenques anda de amores con una vieja tembladera, nadie apuesta a esta relación por aquí abajo a causa de la enorme diferencia de edades entre ellos. Se han distanciado el engullidor negro y el pez rana, que siempre han sido tan amigos, a causa de un rumor malediciente y ha hecho testamento el pez dragón, que al parecer padece una letal enfermedad. Creo ver ahora a una sardina rezagada cruzar entre las cuencas de los extintos ojos de quien –estoy totalmente seguro– comanda este navío. Quizás su desatino hoy le salve el pellejo. A veces me alegro de vivir a media luz, oculto, sin ser visto, en solitario, como un anacoreta, y otras echo de menos los días en que solíamos nadar juntos y reíamos hasta llorar por cualquier cosa, dejando al descubierto nuestros dientes deformes sin pudor ni complejos y una estela de sal a nuestro paso. Tengo un aspecto atroz, lo reconozco: una cabeza enorme, grandes fauces, y una piel negra y muy fina ennegrecida por el paso implacable de los años. Diez colmillos afilados sobresalen de mi boca como una hilera de arqueros trasnochados. Mis aletas son pequeñas y simples como también lo son mis ojos y mi cola. Por eso Dios me oculta de la gente. Vergüenza enfermiza ante el fracaso, que comparte –¿quién lo diría?– con el resto de los hombres, o quizás sólo ande espantado de espantarles y tema que en las noches aparezca, en las profundidades de sus ilógicos sopores terrenales, y le culpen y le maldigan y se vea afectado en parte su próspero negocio. Hay cierto resentimiento en mis palabras, lo sé. Todo lo tengo y todo me falta. Soy sólo un pez viviendo entre los restos olvidados de un naufragio, añadiendo terror a la tragedia, por los lejanos confines de estas aguas, por los penosos despojos de estas almas.

No tengo nombre propio ni abolengo. Guardo el recuerdo con nostalgia de mi anterior vida, donde fui un humano padre de familia y un amoroso esposo, y una fotografía maltrecha como prueba, para cuando me falle la memoria, que es memoria de pez y es más escasa. Soy un pez. Soy un pez. Soy un pez. Soy un pez. Soy sólo un pez que nada en lo profundo de una vida cautiva y solitaria. Debería limitarme a mover mi cola y mis aletas y adaptarme al silencio y a las algas y olvidarme del vino, de las dunas, de tu ombligo, de los besos, de la playa vacía en el medio de la noche. Pero no tengo voluntad, ni planes, ni seso. Mi metabolismo es lento. Sé que es el capitán pues he visto sus lágrimas descender por la furia persistente de sus huesos –he bebido de ellas– y a su última visión presubmarina de estrellitas tiznadas por torcidos arpegios guiñándoles los ojos. Sé que es el capitán pues cuelga una llave aún de sus costillas y una sibilina flor en su cadera. Vivo a un paso del centro de la tierra y sus misterios. Mi rutina es nadar entre esqueletos, soportar la presión de tal hondura y la cruel indiferencia de un crustáceo. No tengo aspiraciones. Ni siquiera las justas, las que me impulsen a nadar fuera del casco putrefacto de este buque, donde no llegan los rumores de las olas.

Sobre el autor

Carlos Michel Fuentes

Carlos Michel Fuentes

Carlos Michel Fuentes (La Habana, 1968) es artista y escritor. Graduado de Pintura en la Academia de San Alejandro de La Habana, en 1987. Ha trabajado como set designer para el cine y el teatro en los Estados Unidos. Ilustrador, diseñador gráfico, pintor de murales, especializado en acabados decorativos. Ha publicado los libros “Anabah” (novela) y “Maldita seas tristeza” (relatos). Actualmente vive en Valencia, España. http://www.carlosmichelfuentes.com

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