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Poesía femenina y machismo

Poesía femenina y machismo

diciembre 23
17:54 2011

1-aaa_bb_bjuanaBlanco Fombona decía que Juana de Ibarbourou había inaugurado la poesía “clitórica” americana. Creo que Don Rufino tenía razón. En los versos de Juana se percibe (no me atrevo a escribir se palpa) una fuerte irrigación pélvica.

Su equivalente masculino es el Neruda extasiado (¿excitado?) de los cien sonetos amorosos. Me imagino que si Blanco Fombona llega a leerlos hubiera descubierto en ellos rasgos testiculares o prostáticos. Pero en una indagación más extensa de la obra del poeta chileno también habría reconocido –no sé si para bien o para mal– la elocuencia de su poesía épica, la densidad de ciertos poemas cuasimetafísicos o la voluntad innovadora de –por ejemplo—“Tercera residencia”. En Juana, quiero decir, en su poesía, sólo sería capaz de distinguir el sexo. ¿Por qué?

Se trata de un lamentable caso de machismo. La única poesía femenina que la humanidad –o sea, los hombres– es capaz de reconocer es la que se ajusta al estereotipo femenino: o la hembra desatada (Juana de Ibarbourou, Safo, Alfonsina) o la señora maternal (Gabriela). Se admite –es inocultable– la presencia de una infinita legión de poetisas, pero sólo se les da crédito si encajan dentro del esquema. No hay aplauso para la poeta cerebral. Se presume que las mujeres no aportan ideas, sino sentimientos. No se perciben sus aportes personales, sus invenciones originales. No estamos “programados” –la palabra es dolorosamente exacta– para leerle a una señora unos versos secos, hermosos, discursivos y ramplonamente aconsonantados como los que escribía, por ejemplo, Jorge Luis Borges.

El “eterno femenino” sigue siendo un Jano ovarizado que por una cara es Eva y por la otra María. Me imagino que esta injusticia está presente en la actitud rebelde de una George Sand, siempre dispuesta a asumir una personalidad masculina si ello contribuía a liberarle la prosa de afectaciones idiotas.

Porque en el juego caemos todos: los hombres y las mujeres. La escritora que busca aplausos sólo tiene que servirle a su (casi seguramente) lector varón una dosis de desbordada sensualidad o una caricia de matrona protectora. La poeta que abra el pecho, o más al sur, y cuente en verso su biografía endocrina tiene muchas más posibilidades de obtener reconocimiento que la que reflexione sobre la-naturaleza-de-ser-en-sí, y por lo menos tanta como la que repita aquello de “piececitos de niño / que se mueren de frío, / cómo os ven y no os cubren, ¡Dios mío!”. O más o menos, ¡Dios mío!, que cito de memoria y suelo tenerla pésima para la sospechosa tarea de almacenar las líneas cortas y largas, verticalmente ordenadas en las arbitrarias construcciones conocidas por poemas.

Es verdaderamente complicado evadirse de la trampa de los roles. Existe la superstición de que las mujeres escritoras están más liberadas que sus congéneres de otros o ningún oficio. Me temo que eso es casi siempre inexacto. El hombre, desde sus prejuicios, desde su cómoda escala de valores, le dicta sutilmente a la mujer el tema y el texto que le divierte. Y entonces ella va y escribe.

Una primera versión de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980).
http://www.elblogdemontaner.com/

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