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Por qué mataron a Oswaldo Payá

Por qué mataron a Oswaldo Payá

Por qué mataron a Oswaldo Payá
julio 27
01:08 2012

 

Frente a quienes señalan que el régimen cubano no tenía por qué matar al opositor Oswaldo Payá ahora mismo, cuando ya han pasado los días de gloria del Proyecto Varela, se alzan las voces de aquellos para los que, efectivamente, los Castro sí tenían objeciones inmediatas contra el líder del Movimiento Cristiano Liberación.

Este segundo grupo maneja dos teorías fundamentales para explicar el supuesto asesinato:

• Payá habría cruzado una línea roja “al desafiar las relaciones del régimen con la Iglesia, que se habían convertido en pilar de la estrategia de supervivencia del gobierno”.

• La visita con dos extranjeros a Bayamo, centro de un brote de cólera, amenaza económica y política que el régimen pretende minimizar, era también una forma de cruzar la raya. El castrismo no podía permitirse más filtración de información contrastada sobre la enfermedad.

Quiero agregar una tercera variable causal, a mezclar o no con las anteriores, que justificaría el ataque y/o persecución sobre el carro en el que viajaba Payá. Está relaciona con la sicología revanchista y hormonal del castrismo y, consecuentemente, de sus órganos de seguridad.  Y es que la policía política habría montado en cólera (nunca mejor dicho) cuando descubrió, o le informaron, que Jens Aron Modig y Ángel Carromero habían burlado los controles gubernamentales ingresando a la Isla como turistas (en realidad no son otra cosa), y sentía que debía castigar severamente la osadía de los dos europeos y del propio Payá, quienes para colmo se atrevían a meterse en la boca del lobo, esto es, en la región donde el cólera hace de las suyas.

Era como un desafío para la testosterona siempre exultante de los “camisas pardas” del régimen. ¿Les habían perdido el respeto? ¿Los tomaban por tontos? Había que darles una lección a los insolentes, amoratarlos un poco, que se orinaran en los pantalones. Debían regresar a Europa con el mensaje de que con la cadena se juega, pero no con el mono. De esta manera, la posible persecución sobre el auto chocado respondería a una operación de amilanamiento y revancha, una suerte de ajuste de cuentas al filo del abismo, entre la vida y la muerte. En semejantes circunstancias, bajo acoso y sobre una carretera tan irregular, sembrada de baches y protuberancias,  no hay que tener una imaginación muy frondosa para intuir un desenlace fatal.

Una cuarta variable, apéndice de la tercera, sería que Payá y Harold Cepero no murieron con el impacto, sino que fueron ultimados durante el traslado al hospital. Dado que se había llegado ya tan lejos, mejor desprenderse de una vez de la “escoria contrarrevolucionaria”. Lo que no acaban de entender muchas personas civilizadas, que nunca han desafiado directamente al fascismo institucionalizado, es que para los represores el ciudadano, el ser humano en su individualidad, constituye sólo una cifra, un grano de arena evanescente en medio del desierto colectivo, mueble perdido en una oficina perdida de la gran ciudad luminosa que avanza hacia el futuro. Y si el grano piensa con cabeza propia, se convierte en poco menos que un mueble roto.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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