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¿Por qué en Cuba apenas pasa nada?

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¿Por qué en Cuba apenas pasa nada?

El 'pueblo estatal' en plena actividad combatiente

¿Por qué en Cuba apenas pasa nada?
abril 10
02:16 2016

 

En uno de sus primeros discursos Fidel Castro pronunció una frase que en aquel momento caló profundamente en la opinión pública: “Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella”. Una clara alusión a la demagogia, la corrupción y el clientelismo que caracterizó todo el período republicano y en particular a la etapa de la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958). Sin embargo, muy pocos sospechaban aquel 1 de enero de 1959 que a partir de ahí los cubanos tendrían que convivir no sólo con la mentira, sino además con el miedo, y no por espacio de seis años, sino durante cincuenta y siete.

Después de más de medio siglo en el poder, ejerciéndolo mediante métodos de ordeno y mando —gracias a los cuales ha convertido a Cuba en un cuartel—, es lógico que, en los países donde existe un régimen de libertades ciudadanas, se pregunten cómo es que los Castro continúan gobernando de forma despótica, pisoteando los más elementales derechos de su pueblo, reprimiendo brutalmente a toda la oposición y burlándose groseramente de la opinión pública internacional, incluso ahora con la santa bendición del Santo Padre y con la carta de legitimación expedida por Barack Obama, presidente de los EE.UU., quien recientemente visitó la Isla.

La extrema, prolongada e irresuelta crisis económica de carácter estructural genera un candente conflicto social y ético en la inmensa mayoría de la población, premisas que hasta ahora no han dado lugar a un levantamiento popular de envergadura, o al menos a alguna manifestación numerosa que se atreviera a salir a la calle en demanda de lo que más necesita el pueblo, que es su libertad. El llamado Maleconazo de agosto de 1994, a pesar de su histórica repercusión, ha pasado a ser una de las escasas oportunidades en que desde 1959 un grupo numeroso de personas desafió abiertamente al régimen, enfrentándose a los agentes represivos de la dictadura.

Vale la pena referirse entonces, al menos brevemente, a alguna de las causas que condicionan esta actitud pasiva del pueblo cubano frente a la absoluta pérdida de su libertad.

Para muchos, la revolución de 1959 constituyó el acto que devolvería la constitucionalidad al régimen, que redistribuiría la propiedad agraria y que restablecería la eficacia de las instituciones democráticas. Sin embargo, el triunfo rebelde significó la radical incorporación de Cuba al bloque comunista, la clausura del mercado doméstico y el espacio público, o sea, la estatización absoluta de la propiedad, la dogmatización de la cultura y la forzosa unanimización de la política.

Cabe recordar que a partir de 1960 y mediante el proceso de expropiaciones, desaparecieron por completo las relaciones de mercado. El sector financiero de la economía en todas sus modalidades, tanto desde el punto de vista orgánico de las empresas como del de las instituciones, entre ellas las de propiedad privada y las de crédito, fue demolido. Igualmente, se redujo drásticamente el sector de comercio, tanto al detalle como el mayorista, junto con las modalidades de transporte y servicios complementarios. El sector de servicios fue severamente reducido y actividades de tipo contable, legal, de publicidad y otras, desaparecieron o fueron estatizadas. Resulta interesante destacar que mientras que la empresa se socializó en relación con la propiedad, se des-socializó en el sentido de que perdió su capacidad de satisfacer con su producción la demanda de la población, sobre todo después de la ofensiva revolucionaria de 1968.

En el ámbito del espacio público, a partir del mismo año comenzó también una sistemática campaña para desarticular el vasto y complejo tejido de la sociedad civil, desmembrando un sinfín de asociaciones de diverso carácter y aboliendo los espacios físicos, jurídicos, sicológicos y culturales en los cuales los ciudadanos ejercían su soberanía más elemental. Se impuso un régimen de partido y central sindical únicos. Se procedió a controlar todos los órganos de información y de creación de opinión, tales como periódicos, revistas, editoriales, emisoras de radio, estaciones de televisión. Se “nacionalizó” todo el sistema de educación, privado y público, convirtiéndolo en el vehículo ideal para el adoctrinamiento de la población, en particular de la juventud.

El lugar de la sociedad civil fue ocupado por organizaciones “de masas” que no son otra cosa que correas de transmisión del poder político, las cuales se ocupan de la vigilancia de cada uno de sus miembros. Junto con la demolición total del capitalismo y la abolición radical del mercado, la desaparición absoluta del espacio público constituyó un crimen de lesa cultura, y este doloroso acontecimiento contribuye a explicar el férreo control que todavía ejerce el régimen en buena parte de la población cautiva.

Para comprender las razones de la relativa inercia en que se desenvuelve la vida civil, hay que tener en cuenta que en Cuba el Estado durante décadas ha sido el único empleador, pese al timorato movimiento hacia el mercado iniciado por Raúl Castro a partir de 2010; hiperregulado, hiperfiscalizado e hipercontrolado por el todo-poderoso Estado. O sea, que el ciudadano carece incluso de libertad económica para, emancipándose relativamente del Estado, tomar las riendas de su pequeño negocio e incluso fijar los precios de los productos que vende. Por otra parte, desde que el poder desintegró y clausuró los espacios y asociaciones que conformaban la red de la sociedad civil, el resto de los mecanismos fuera de las llamadas “correas de transmisión” se convirtieron en ilegales.

El régimen, en sus tres primeros años, aprovechando el apoyo mayoritario de la población y amparándose en una retórica marxista-leninista, nacionalista y antiimperialista, consiguió identificar eficazmente sus propios intereses con los de toda la nación, excluyendo cualquier otra alternativa de representatividad. Mediante esta estrategia se hizo realidad el sueño de cualquier gobernante autoritario: lograr la unanimidad absoluta. Desde entonces cada ciudadano carece del más mínimo espacio para cuestionar y menos disentir de la línea política trazada por los Castro, por el Partido, por el Estado, por el Gobierno y por la Nación, o sea, por la totalidad total. Los Castro desde 1959 se abrogaron el monopolio de la representación de todo el pueblo cubano, así de forma indivisible, unánime. Dicho de otro modo: se trata de un pueblo estatal. Y quienes se atreven a disentir de la política del gobierno, corren el grave peligro de convertirse en elementos marginales y delictivos dentro de la sociedad, sujetos por tanto a una cruel y arbitraria represión.

Semejante escenario de intolerancia y asfixia totalitaria puede ayudar a explicar las extraordinariamente difíciles condiciones en que se desenvuelve la oposición interna y por qué le resulta tan arriesgado articular una trama a nivel nacional y concitar el apoyo del pueblo; actúa en un contexto de absoluta ilegalidad, sometida permanentemente a una campaña de acoso y persecución, así como de descrédito de su actividad y de la gestión de sus dirigentes. Las Damas de Blanco, UNPACU y Estado de Sats, entre otras, pese a su emergencia y su creciente visibilidad, sobre todo internacional, no han logrado articular un programa mínimo de acción en torno al cual nuclearse con el objetivo de unificar sus acciones contra la dictadura.

La mordaza impuesta desde hace casi 60 años a la articulación de voces distintas al castrismo, ha funcionado eficazmente también gracias a las distintas modalidades represivas que ha empleado el régimen con el fin de, por una parte, inculcar el terror colectivo, y por la otra, aplicar toda la crueldad de que es capaz con el fin de acallar las voces de sus más valientes y lúcidos opositores, muchas veces, como el caso del valiente luchador Zapata Tamayo, mediante el asesinato.

Tales condiciones de terror, mantenidas y renovadas durante casi medio siglo —Raúl Castro ha dejado bien claro que el hecho de que EE.UU. haya restablecido sus relaciones diplomáticas con La Habana no significa per se que los efectos del “bloqueo” aun vigente y la consabida “amenaza imperialista” hayan modificado el escenario de “plaza sitiada”— han generado un sentimiento de agobio e intimidación que se puede definir como de paranoia colectiva, todo lo cual termina por conformar actitudes de indolencia y desánimo en gran parte de la población, que equivocadamente espera que la solución a sus problemas provenga del exterior —de la visita de Obama, por ejemplo— y no desde dentro.

Romper esta inercia, quebrar la sorda dinámica de esta situación paralizante no es nada fácil. Desenvolver cualquier actividad anti-régimen en tal escenario representa para los cubanos un enorme desafío, de ahí que resulte considerablemente difícil configurar una oposición organizada y numerosa, pues hasta ahora han visto que todos sus intentos se estrellan contra el sistema represivo del castrismo, el cual funciona por la lógica partisana de ellos o nosotros. Sin embargo, si tras la irrupción del comercio, del turismo y de las inversiones norteamericanas —con embargo o sin él— ese grupo poblacional que sobrevive en condiciones miserables advirtiese de que los EE.UU. ya se han abierto pero ellos continúan sufriendo la pobreza más espantosa y la carencia de libertad más absoluta, no descarto que, en el plazo de unos meses, una masa crítica de cubanos, más allá de los opositores, devenga fermento de una presunta revuelta popular, al comprender finalmente que el problema no reside en el embargo sino en el hecho de que ha sido mero instrumento de una muy eficaz relación de extracción de renta por parte de una elite de generales-empresarios verde olivo. Mediante el secuestro de la libertad, esta elite se ha enriquecido vilmente a costa de su pobreza y de su sufrimiento.

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Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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1 comentario

  1. alfredo
    alfredo abril 12, 20:38

    La frase completa era. ” nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella, por eso cuando escuchamos la verdad parece que se nos cae el mundo encima”
    Esto le cae a los comunistas como anillo al dedo

    Reply to this comment

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