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Por qué no tenemos nación

Por qué no tenemos nación

Por qué no tenemos nación
diciembre 21
12:50 2014

La nacionalidad cubana, que no la nación, padece de una fuerte tendencia a la auto-disolución, o sea, en ella predominan las fuerzas de carácter centrífugo; el disolverse antes que la cohesión y la unidad constituye una constante en la historia de Cuba al menos desde la Guerra de los Diez Años. Una tara que se mantuvo muy latente durante todo el periodo republicano y que se amplificó a niveles espantosos a partir de 1959-60, con la política castrista de provocar un profundo cisma en la sociedad, entre revolucionarios y “gusanos”, entre los que están conmigo y los que están sinmigo. Este quizás sea el mal de males de la nacionalidad cubana, sobre todo porque lo llevamos muy arraigado, en nuestro ADN.

Que si los niches, que si los pinareños, que si los palestinos de Oriente, que si los abacuá, que si los santeros, que si los maricones, que si las tortilleras, que si los jabaos, que si los blanquitos del Vedao, que si este grupo, que si aquel, que si aquellos, que si los otros… nos pasamos la vida buscando matices para dividir y compartimentar nuestra nacionalidad, que por demás es muy heterogénea, aunque no más que otras, y además escasa si nos atenemos a que somos unos 13 millones de cubanos. Sin embargo, visitas la Confederación Helvética (Suiza), dividida en cantones alemanes, franceses e italianos –allí hablan tres idiomas y, si me apuras, cuatro o cinco–, y todos ellos tienen un fuerte sentido de pertenencia, de cohesión en torno a la nación, teniendo muy claro cuál es el lugar que ocupan en Europa y en el mundo.

No soy amigo de las anécdotas, al menos en el lenguaje escrito, pero me voy a permitir narrar esta: una vez, trabajando en la construcción con un alemán en Alicante, le pregunté cuál era su opinión sobre la diferenciación entre “Wessis” y “Ossis”, o sea, entre alemanes del oeste desarrollado y libre y alemanes de la RDA esclavos, y el tipo serenamente me contestó: “Todos somos alemanes, no importa las divisiones que nos haya impuesto la historia”. Es raro escuchar a un líder cubano hablar con esa firmeza de nuestra nacionalidad, y si lo hace es en puro sentido demagógico. Todo ello ocurre porque conformamos, aún a la altura del siglo XXI, una nacionalidad romántica, una patria sin nación. No hemos llegado a ese estadio en el cual los suizos, por encima de todo, son suizos, y los alemanes son alemanes. Nos falta esa conciencia fundamental, el saber a fondo cuál es nuestro papel en el presente histórico y cuál será nuestro proyecto de futuro como nación. Nos falta ser ciudadanos con plenos derechos y obligaciones y, como colectivo unívoco, tener una hoja de ruta, un norte.

Nos hemos pasado la vida improvisando una República moderna, una nación en muchas ocasiones utópica, y aún no la hemos parido, no ha emergido de nuestras entrañas como pueblo. Lo más cercano que estuvimos de ello fue en 1940, con aquella Constitución que refrendaba la libre empresa y los derechos del individuo y que dio lugar a las diversas alianzas que se tejieron entre partidos de diferente signo, como entre Batista y los comunistas. Pero está claro que fueron alianzas puntuales y oportunistas y que la vigencia de la Constitución, el firme respeto al Imperio de la Ley en Cuba, duró mucho menos que lo que un merengue en la puerta de un colegio. Rápidamente volvimos a nuestro “vacilón” testicular y repentista del 7º día, o sea, a la flojera moral, al abandono del civismo, a los vicios, al sectarismo, al latrocinio y la corrupción. Hasta que un aparente Mesías barbudo nos embobeció y, por tener escuelas y médicos, ademas de una bronca muy costosa, disparatada y permanente con nuestro principal mercado, renunciamos a nuestras libertades, le dejamos que devastara a nuestra vibrante y diversa sociedad civil, a nuestra industria, nuestro comercio y a nuestras instituciones políticas, largamente irrespetadas, disfuncionales, pero eso sí, diseñadas con arreglo a una organicidad liberal-democrática y con voluntad nominal de apego a la ley.

La historia posterior ha sido la más horrenda de nuestro devenir. Hoy, las premisas para la emergencia definitiva de una nación cubana están más remotas que nunca. Respecto a ello, con todo respeto, me permito discrepar de José Martí cuando expresó aquello de que “la tiranía prepara”. A mi juicio, la tiranía corrompe y desgraciadamente su nefasta y prolongada acción tiende más bien a una mutación de naturaleza oligárquica, una forma menos excluyente de gobierno pero igualmente perversa y liberticida.

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Sobre el autor

Enrique Collazo

Enrique Collazo

Enrique Collazo es Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana. Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Educación a Distancia de Madrid. Ha publicado libros sobre las cuestiones de la banca y el crédito en Cuba, tanto en la Isla como en España, y colaborado asiduamente en publicaciones como la revista Encuentro de la Cultura Cubana y su página web Encuentro en la Red, la Revista Hispano-Cubana, Cuadernos de Pensamiento Político e Islas, entre otras. Actualmente reside en Madrid.

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1 comentario

  1. Gilbert
    Gilbert diciembre 21, 13:18

    Mis felicitaciones al autor por tan buen análisis! Nos falta una oposición con sentido de estado y con luz larga

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