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Primavera falsa

Primavera falsa

Primavera falsa
abril 30
18:10 2015

El viento sopla a rachas sacudiendo el pequeño nido que se aferra a la rama del guayabo como un bote en plena borrasca. Ha sido una primavera rara.

Junto a las primeras estrellas Rocío llega a la playa y se sienta en una roca con los pies descalzos, casi tocando el agua, mirando al horizonte que comienza a platearse bajo la luz de la luna. El viento sacude su pelo, lanzando cuchillas de salitre sobre su rostro, pero ella no siente nada.

Su hijo partió el mismo día en que la colibrí anidó; en una barcaza de tablas viejas calafateada con una mezcla de chapapote y trapos, un motor arreglado, un mástil de pino fresco recién cortado, una vela parchada con trozos de lona, dos pares de remos para salir de la costa sin hacer ruido, varias garrafas de agua y gasolina y la vieja brújula del abuelo.

–Para nosotros no ha cambiado nada –le dijo Pedro a su madre mientras veía las noticias en el viejo televisor y apuraba el último sorbo de café amargo, luego se escurrió en la noche cargando las últimas dos garrafas de gasolina que había conseguido.

Al día siguiente Rocío descubrió el nido de la colibrí en el guayabo, una lágrima rodo por su mejilla mezcla de miedo y esperanza y en un susurro oró al Dios que quisiera escucharla; desde ese día miraba el cielo y fruncía el ceño con desconfianza cada vez que el viento arreciaba.

Primero empezó la lluvia, luego el viento, hasta granizo había caído en esas semanas, pero el pequeño nido, perfecto y frágil como una taza de porcelana, resistía; la colibrí volaba a ratos libando entre las flores de la granada, pero siempre volvía; ya entrada la noche Rocío encendía la luz del patio y desde lejos observaba el nido… y ahí estaba la colibrí cubriendo sus huevos con sus alas azules y su fino pico levantado como un minúsculo mástil en medio de las aguas profundas del estrecho.

Se preguntaba por qué la colibrí había hecho el nido en el guayabo, en esa delgada rama, a merced del viento, tan cerca de la casa; quizás le había perdido el miedo a las personas, quizás intuía que esta sería una primavera difícil, de esas que el abuelo llamaba “primaveras falsas” y buscaba una esperanza, donde la hubiera.

Era un dilema sin solución, en su interior ella sabía que en esta primavera falsa, la colibrí no lo lograría sola y quería ayudarla, cubrir el nido con algo cuando llovía o granizaba, incluso cortar la rama y fijarla a una columna del cobertizo, donde estaría protegida del viento, los gatos y los cuervos oportunistas; pero también sabía que si solo lo tocaba, la colibrí rechazaría a sus propias crías y no volvería; los colibríes silvestres no anidan en cautiverio. Solo quedaba esperar.

El viento sopla a rachas sacudiendo el pequeño nido que se aferra a la rama del guayabo como un bote en plena borrasca, el sol ya no es más que un tenue rubor en el horizonte, pero, por primera vez en varias semanas, la colibrí no ha vuelto para protegerlo de la noche; en la tarde la vio parada en el borde del nido, pero ya no inclinaba la cabeza para alimentar a las crías, solo miraba el interior, una, dos veces. Luego voló.

Sorteando las piedras de la playa, a paso lento, como quien nunca quisiera llegar, viene Jacinto, el padrastro de Pedro. Acaban de oír en las noticias del norte que un crucero encontró una balsa a la deriva, casi desecha… el mismo mástil con un jirón de vela parchada, ya sin remos… vacía…

Sobre el autor

José Fernández Cambas

José Fernández Cambas

De origen cubano, Fernández Cambas está especializado en investigación periodística y social. Por varios años trabajó como Freelance acumulando amplia experiencia en los procesos de Curación y Creación de contenidos e investigación. Su formación abarca desde el Periodismo y la Fotografía hasta un Diplomado en Alta Dirección impartido por el ITESM (Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey). Reside en México.

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