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Primeras elecciones libres para Cuba, un proyecto de supervivencia

Primeras elecciones libres para Cuba, un proyecto de supervivencia

Primeras elecciones libres para Cuba, un proyecto de supervivencia
agosto 20
18:26 2014

 

Se sabe que el sistema electoral vigente en Cuba es cualquier cosa menos electoral. Por eso la única forma de empoderar a la ciudadanía cubana ahora mismo, aprovechando la coyuntura de la llamada reforma migratoria aprobada por Raúl Castro en 2012, pasa por comenzar a estructurar un sistema de votación para elecciones libres fuera de la Isla en el que puedan participar tanto los ciudadanos que viven dentro como los radicados en el exterior, previa postulación de candidatos de ambas orillas.

Imponer el derecho del pueblo en libertad resulta vital para la supervivencia de la nación cubana, si así puede llamársele, luego de más de medio siglo de daño antropológico. Incluso resulta vital para el futuro de toda América Latina. Hay que evitar un nuevo Tratado de París, y probablemente la manera más efectiva de lograrlo sea, si descartamos un nuevo Maleconazo, elegir un nuevo gobierno entre cubanos sin esperar por el permiso del actual. Este, dada su ilegitimidad de origen y ejercicio, no está en condiciones de ejercer ni siquiera de árbitro.

En Cuba, para bien o para mal, los grandes cambios siempre han venido de afuera. La guerra que independizó el país e instaló la República fue organizada desde Estados Unidos por un hombre que toda su vida adulta la pasó fuera de Cuba. Castro mismo tuvo que coordinar su guerra contra Batista fuera de Cuba. Quienes aseguran que los agentes del cambio tienen que operar dentro parecen ignorar la historia del país. Hoy, tras casi dos años de reforma migratoria, está claro que unas elecciones libres para Cuba solo pueden coordinarse y hacerse fuera de Cuba (a no ser que los cubanos quieran esperar medio siglo más para salir del castrismo). Es la hora de la Tercera República.

Las condiciones objetivas

Cabe volver sobre unas declaraciones de Ricardo Alarcón en torno a la postulación de candidatos dentro de Cuba, concedidas a la agencia EFE en 2005, para que la opinión internacional entienda bien por qué no tenemos más alternativa que llamar a unas elecciones cubanas fuera de la Isla.

En 2005, el entonces presidente de la Asamblea Nacional aseguró que en Cuba podrían postularse a las elecciones municipales aquellos opositores que no estuvieran tras las rejas, incapacitados mentalmente o en libertad condicional con “licencia extrapenal”. Pero para hacer buenas las declaraciones de Alarcón dicha Asamblea Nacional tendría que haber abordado, en primer término, el problema de la seguridad de los candidatos independientes y sus familiares, asunto espinoso donde los haya. Es notorio que los disidentes cubanos, bajo el fuego cruzado de la marginación social y el terrorismo de Estado, perviven sistemáticamente hostigados por organizaciones paramilitares, parapoliciales y, en general, por sectores extremistas que, aunque minoritarios, son respaldados por el sistema judicial vigente, bajo cuerda de la policía política. He ahí el problema, porque garantizar la seguridad del disidente en tanto contendiente y/o emisor de programas electorales significaría el principio del fin del totalitarismo. La medida provocaría una avalancha de candidaturas no oficiales y eso Raúl Castro y sus mafiosos nunca lo permitirían.

Por otra parte, parece complicado convencer a la población cubana de que puede elegir –siquiera escuchar— públicamente, dentro de Cuba, a candidatos opositores. ¿Cómo persuadir a una sociedad secuestrada por el Estado, democráticamente analfabeta e íntimamente convencida de la omnipresencia oficialista, a votar de verdad, efectivamente, sin temor a encerronas o represalias? ¿Cómo transmitirle al ciudadano de a pie que está en el derecho, durante una “reunión de vecinos”, de tomar asiento frente a un disidente y escucharlo, y levantar la mano, y tomar la palabra sin que necesariamente sea para calumniarlo y cubrirse las espaldas, porque la diversidad ha sido legalizada? Habría que instigar, desde la reestructuración de las instituciones y las leyes, un reordenamiento cívico que posibilitara la libre emisión del pensamiento, contexto irreal mientras perdure la actual superestructura represiva.

Asimismo, en el hipotético caso de que los candidatos opositores pudieran entrar en campaña, interactuar con sus potenciales votantes y ser votados por estos, el inventario final debería tener lugar en presencia de observadores internacionales y de la propia disidencia interna (previo conocimiento de la población), lo cual jamás aceptaría el castrismo. Ahora mismo, el sistema deja en manos del oficialismo el recuento de los votos, que es como confiar al gato la custodia del ruiseñor.

El clan de los Castro aspira a mantener el falso sistema electoral vigente

El clan de los Castro aspira a mantener el falso sistema electoral vigente

No obstante, llegados a este punto habría que ajustar numerosas tuercas. Por ejemplo, la declaración de Alarcón en 2005 carecía de contenido práctico porque, entre otras razones, los delegados municipales habrían sido y son purgados en los niveles intermedios, en función de sus fidelidades y/o afinidades (en el procastrismo todo, fuera del procastrismo nada). Recuérdese que cuando la dirigencia cubana habla de “elecciones” se refiere al proceso mediante el cual, después de competir consigo mismo, el castrismo intenta justificar su sistema de partido único ante la opinión pública. Solo eso.

Resumiendo

Conseguir que los cubanos puedan elegir directamente a quienes eventualmente presidirían el país –de manera que sean removidos de sus cargos aquellos que durante décadas han demostrado su incapacidad para favorecer un régimen de libertades civiles y desarrollo económico–, en las actuales circunstancias debería constituir la prioridad de todo legítimo activista, incluso reformista. Es lo que habría que hacer en el exilio. Organizar elecciones libres para todo cubano que quiera votar… fuera de Cuba. Es posible y hay mecanismos jurídicos internacionales con que avalar el proceso.

Una vez alcanzado este supraobjetivo, a los herederos del castrismo no les quedaría otra que tener en cuenta a la ciudadanía. Recuérdese que los cubanos en el exterior, los exiliados o como se les quiera llamar, tenemos el derecho y el dinero, mientras los castristas en Cuba, esbirros-mendigos, solo conservan –artificialmente, es decir, a la fuerza– el territorio.

Los interesados en apoyar este esfuerzo con el objetivo de celebrar las primeras elecciones libres entre cubanos en los últimos 60 años, tienen el vasto universo de las redes para hacerse escuchar.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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