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Prohibido matar a un toro en estampida

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Prohibido matar a un toro en estampida

Prohibido matar a un toro en estampida
octubre 23
13:52 2016

 

Indudablemente la mayor de las preocupaciones de un escritor es proyectar su obra y de alguna manera trascender por medio de su escritura. En ese sentido algunos autores pretenden reflejar, a través de sus personajes, las inquietudes y motivaciones que los desvelan y de esa manera manifestar una parte de sus ideales y de su espiritualidad. Se cumple, así, una de las más importantes y difíciles funciones del juego de la creación: una presencia anímica del escritor no obstante que ellas no representen su personalidad ni su ideario en su totalidad. Es la manera de expresarse por medio de una instrumentación que le permite revelar sus propósitos. Tal es el caso del libro Cómo se mata a un toro y otros cuentos (Neo Club Ediciones, 2016), del escritor cubano Luis Jiménez Hernández, radicado en los Estados Unidos.

Este es un libro que por la variedad de sus apuestas formales, por la limpieza y serenidad de su escritura, por la estrategia de desplazar la voz del yo lírico hacia el habla del otro, y por su diálogo con la historia, dejó de ser propiedad de Luis Jiménez para convertirse en el libro de todos.

Estamos en presencia de un cuaderno novedoso no sólo por los resortes donde se apoya el decir del narrador, sino por esa otra forma tan unipersonal de dialogar con la historia, desde la historia íntima del yo lírico hasta la historia que podríamos sombrear con mayúscula. Pareciera como si sus historias resurgieran de los intersticios de una pluralidad de voces para mostrarnos que la visión lírica del devenir humano se halla en las márgenes de la misma historia del hombre.

Once cuentos estructuran el libro. Once historias tan visuales como la realidad misma, como si el autor extrapolara toda una vida sobre estas páginas y la atmósfera de ellas pareciera absorberlo todo. Once historias donde encontraremos a un autor tan preocupado por la técnica como por el contenido. Por lo que podríamos decir que estaremos en todo el recorrido de la lectura frente a una buena historia, pero por encima de ella, también frente a una buena técnica narrativa.

“Mario Pupo suda y vuelve a sudar frente al papel en blanco. Desea lograr una historia fractal que lo lleve a la inmortalidad. En su interior un terrible cáncer lo va llenando de terror y frío (…) Escribe tres palabras, las borra, abusa de sí mismo, su terrible dolor no lo deja llegar a ningún lado”, describe en el cuento El último encierro de Mario Pupo, página 23. Y lo hace como turbado. ¿Por qué? Porque así sabe, está seguro, que atrapará al lector, técnica muy sugestiva y para nada desdeñable, con la que terminará de armar la historia y aniquilar, de una vez y por todas, y sin cargo de conciencia, al lector en su más sano juicio.

Reseña perteneciente al libro ‘Estos silencios. Estas palabras’, en proceso de publicación por Neo Club Ediciones.

Libro que nos lleva hasta metas sólo intuidas por el autor y donde se aprecia el bien logrado oficio de plegar el lenguaje a su acción interior y su acción a la necesidad de lenguaje, estrategia que al mismo tiempo confronta la libertad del decir, apunta al riesgo y a la rotante dinámica de un texto en ocasiones auto-referente, absuelto de toda demagogia y sustentado por su propia anatomía: no refiere a otra cosa más allá de la posibilidad de conocerse a sí mismo frente al espejo multidimensional que somos todos. Así nos encontramos con un hablante lírico que deja toda posible arbitrariedad en el lenguaje y se nos presenta, sorprendentemente, como retraído en su aparato discursivo; en el cuento Espejuelos oscuros, página, 27, al estilo de un Truman Capote, como sumergido en un deprimente diagnóstico clínico, el narrador dice: “Ella tenía la mirada triste como los poemas de Vallejo. Hablo de los más tristes, sí, como ese de ‘Hijo, cómo estás de viejo’ o algo así, que habla de París y miles de cosas que a uno le van chupando la esperanza. Pero al final como los ojos de ella”. Cuento de delirante poética, de precisión absoluta en su nostálgica manera de decir y que nos hace parte de la ya convulsionada historia.

Luis Jiménez, como todo mortal, sucumbe a la nostalgia, al encuentro y desencuentro. Así vemos aparecer la historia de sus antepasados, tal vez la del bisabuelo o la del abuelo mambí, da igual, si al final ambos llevan sangre de noble y apellidos reales. “El teniente Crombet tenía la mirada perdida en las lomas, sufría el color verde de la vegetación salpicada de sangre. Las balas se habían acabado, quedaban aproximadamente veinte hombres y la pequeña escuadra de haitianos artilleros”. Aquí, en el cuento Liberación, página 51, estamos en presencia de un espectáculo vivo en el que figuran los resortes más oscuros y misteriosos de una accidentada crueldad humana: la guerra; ya no importa si la que nos “liberó” o la que nos hundió en la total desesperanza, sólo eso, un espectáculo cruel, muy bien descrito, pero cruel.

En el cuento Carne a contrapelo, página 77, volvemos a hacer presa de la misma poética, que para bien ha venido acompañando al narrador. Una poética que en esta ocasión se me antoja llamar perfecta, contundente, precisa hasta la saciedad, ya que todos los personajes de la historia logran convivir en el mismo universo de un tiempo detenido. Realidad y tiempo un tanto fantasmales, que se oponen radicalmente a otra experiencia que no sea la escritura, que se resisten y se revelan contra las convenciones y constituyen, a mi modo de ver, la afirmación de su propia identidad. “Ya los había besado la muerte blanca en forma de lluvia, una muerte atraída por el amor de dos hombres. Uno de los dos tendría que irse con ella. La muerte de los mataderos es una muerte fría, blanca, que ronda los ganchos y se posa en el filo de los cuchillos manchados por cualquier sangre, sin piedad”.

En la lectura se constata el desdén por toda simetría o marco de ordenamiento, observable en la explicita restricción del referente y en la omisión de un sentido manifiesto, lo que podría considerase la alusión de un significado totalizador. De esta manera el libro dispersa su circular movimiento en un espacio caracterizado por su movilidad, por un tiempo que únicamente se muestra en la fugacidad del instante, en ese momento en que los hechos se apropian del lector, haciéndose cada vez más creíbles, en una novedad verbal que supone su pensamiento narrativo/poético, el que pretende capturar no a otra cosa que al ser que está detrás de la escritura: al lector.

En opinión de quien suscribe, estamos ante una conformación lírica, ficcional o no, cuya funcionalidad en el discurso nos invita al acercamiento, a la reflexión sobre una historia, como ya he enunciado, que crea una nueva: interruptiva. Pero esta interruptividad es entrópica; regresa a su propia intimidad y la vuelve exclusiva, y el texto, en apariencia cambiante por la actividad que propicia y los sujetos involucrados, deja aflorar en la superficie del acontecer lingüístico la interioridad más contundente del pensamiento: una instancia anterior a la razón, una temporalidad puramente imaginaria, implícita en el cuento que da título al libro, Cómo se mata a un toro, página 87: “Cuando Juan Pérez se paró delante de la puerta, lo único en que pensó antes de llamar fue en lo difícil que se hace todo cuando se va a matar a un hombre (…) Sacó una navaja y un peso lleno de tierra, tierra de 20 años, y se lo arrojó en la cara a Pedro Ramírez”.

Luis Jiménez debe saber, tanto como yo, que siempre quedará la historia sin rostro único, reconociéndose en la multiplicidad, cuando la comunicación o la acción se vislumbran como realidades posibles. Por eso los que gustamos de la narrativa reflexiva, y con una buena sobredosis poética, acogemos con beneplácito su propuesta.

No olvidemos, como dijera Veleta –otro amigo escritor–, que siempre quedará la otra mejilla del prójimo. Sólo hay que golpear duro y evitar su limosna para vivir en paz cuando se muera.

https://www.amazon.com/Como-se-mata-toro-Spanish/dp/1535168617

Sobre el autor

Luis Pérez de Castro

Luis Pérez de Castro

Pérez de Castro (Pinar del Río, 1966) es historiador, abogado, narrador y poeta. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos 'Nostalgia del cíclope' (Ed. Libre Idea 2004), 'Mientras arde en silencio mi voz' (Ed. Capiro, 2006) y 'Epístolas de un loco' (Ed. Mecenas, 2007), y los poemarios 'Confesiones del Abad' (Ed. Matanzas, 2005) y 'Testimonio del Pagano' (Ed. Unicornio, 2007). Ha obtenido, entre otros, los premios Mercedes Matamoros, 2003; Félix Pita Rodríguez, 2006; Farraluque, 2007, y el Primer Accésit certamen de relato breve LGTBI, Premios Lorca, España, 2013. Reside en Cuba.

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