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Qué puede hacer Obama por la libertad de Cuba

Qué puede hacer Obama por la libertad de Cuba

enero 29
00:23 2011

Obama_en_MiamiLa gente de una gran ciudad como Washington D.C. maneja habitualmente el término mugger money (el dinero del ladrón). Se trata del billete de 20 dólares que usted se desliza en el bolsillo delantero mientras guarda la mayor parte de su efectivo en otro sitio.

El objetivo es evitar la irritación del atracador cuando usted le informa que no tiene ningún dinero, ofreciéndole, en cambio, esos 20 dólares, y esperando a que se vaya por donde vino.

La decisión de la administración Obama el pasado 15 de enero, permitiendo que los estadounidenses envíen más dinero a Cuba, es como darle el dinero del ladrón a unos pocos millones de cubanos. El problema consiste en que, en Cuba, el atracador nunca se marcha.

Algunos consideran mediocre la decisión de Obama de permitir a las universidades e iglesias estadounidenses ampliar su cartera de viajes a Cuba. Ese es el otro problema. En momentos en que este gran país debería adoptar iniciativas audaces e innovadoras para ayudar al pueblo cubano a liberarse y gobernarse a sí mismo, a esta administración se le ocurre retomar unas medidas cuyas lagunas permitieron abusos y excesos anteriormente, y fueron desacreditadas y descartadas hace años.

Aquellos de nosotros responsables de controlar los viajes a Cuba antes de que las reglas se hicieran más estrictas, recordamos un incidente en el que una licencia de viaje de la Iglesia fue utilizada para patrocinar excursiones recreativas a la Isla. El patrocinador de un viaje en yate aconsejó a sus colegas excursionistas que se llevaran a Cuba una silla de ruedas o algunos productos farmacéuticos en sus barcos, y así justificar su visita al Havana Yacht Club. Un folleto de viaje para estudiantes universitarios los atraía con la promesa de un local de venta de rones. La decisión de la Administración de emitir licencias generales para universidades e iglesias, hará más probables tales abusos. De hecho, los viajes humanitarios, educativos o religiosos eran legales antes de los cambios anunciados el 15 de enero pasado. Por lo tanto, es simplemente deshonesto argumentar que los cubanos se beneficiarán porque los viajes a la Isla se hagan más vulnerables al abuso de personas a las que les importa un comino la libertad de Cuba.

Hasta el viernes 15 de enero, los amigos del pueblo cubano estaban impresionados (o, al menos, aliviados) de que el presidente Obama no hubiera tomado en cuenta las medidas cosméticas adoptadas por el gobierno interino de Raúl Castro. Es cierto que la dictadura se ha visto obligada a recortar sus planillas de empleo y ha liberado a algunos prisioneros políticos (aunque los obligó al destierro). No obstante, ese gobierno tiene aún que renunciar a las tácticas estalinistas con que atormenta diariamente a once millones de cubanos.

Nadie se atrevería a decir que el presidente Obama no quiere lo mejor para el pueblo cubano. Sin embargo, disponerse a que el régimen cubano vacíe los bolsillos de nuestras familias en sus tiendas en dólares, con sus exorbitantes precios, no es en absoluto lo mejor que podemos hacer. Permanecer en silencio mientras el régimen recaba apoyo internacional por liberar a unos opositores inocentes que nunca debieron haber sido encarcelados, no es lo mejor que podemos hacer. Negociar normalmente con la dictadura cubana mientras ésta mantiene como rehén al cooperante estadounidense Alan Gross, que en Cuba prestaba servicios humanitarios a la comunidad judía, no es lo mejor que podemos hacer. Y reducir el creativo programa de ayuda a la democracia por temor a irritar a la dictadura, sustituyéndolo con proyectos de micro-crédito que no harán más que facilitarle el trabajo a los burócratas del régimen, es tal vez lo peor que podemos hacer.

Las medidas “adicionales” –término adoptado por un alto funcionario del gobierno de Obama el 15 de enero pasado– no constituyen un problema para la dictadura. ¿Estas medidas adicionales están realmente diseñadas para lograr un cambio o se supone que deben asegurar que el cambio ocurra con suficientemente parsimonia como para que reaccionemos adecuadamente? ¿Son programas diseñados para garantizar un “aterrizaje suave”, aunque compatible con el cambio fundamental? ¿Y qué tiene de buena la “estabilidad” si ella significa que los cómplices de quienes han explotado a Cuba durante las últimas cinco décadas son ungidos para explotarla, adicionalmente, un poco más?

Es momento de liderazgo en negrita –subrayado–, cuando los compinches del régimen incuban las parcelas de poder con que pretenden preservar su impunidad y privilegios, y cuando el resto de la población cubana se pregunta cuánto le importa al mundo que ellos vivan como esclavos o ciudadanos libres. Nuestro presidente tiene la capacidad única de movilizar a la opinión pública, y no hay mejor momento que éste para desafiar a los miembros de la comunidad internacional a unírsenos insistiendo en reformas profundas, amplias e irreversibles en Cuba, no en un “aterrizaje suave” para la dictadura. Se puede avanzar en este objetivo aquí mismo, en Estados Unidos, prometiendo vetar cualquier concesión unilateral a los Castro, incluidos los viajes turísticos lucrativos, hasta que un régimen de transición democrática asuma el poder en la Isla.

Luego se puede trabajar con otras personas preocupadas por la libertad de Cuba para construir un consenso bipartidista significativo, que realmente ayude a los cubanos a liberarse más rápidamente.

Roger F. Noriega fue embajador de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos entre los años 2001 y 2003, y Secretario Adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental entre 2003 y 2005. Artículo tomado de The American. Traducción: Neo Club Press.

 

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