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¿Quién está seguro de no ser manipulable?

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¿Quién está seguro de no ser manipulable?

¿Quién está seguro de no ser manipulable?
marzo 06
16:54 2017

 

Entre los más famosos experimentos de la psicología social está considerado aquel que en los años sesenta, del siglo XX, llevó a cabo Stanley Milgram, en la Universidad de Yale, sobre algunos de los resortes que pueden condicionar nuestra obediencia a la autoridad. Desde luego que, para el caso, la autoridad no sólo estaría representada por las figuras tradicionales, sino por todo el que (legítimamente o no) sea capaz de ejercer algún poder o influencia sobre la gente.

Milgram, un psicólogo neoyorquino que ocasionó gran revuelo con su experimento, se había propuesto demostrar la facilidad con que casi todas las personas tendemos a obedecer órdenes o a satisfacer los deseos de figuras autoritarias, aun cuando lo que nos recomiendan contradiga nuestro sistema de valores morales o nuestras convicciones y consideraciones de cualquier otra índole.

No creo sea necesario abundar mucho sobre el experimento en cuestión. No sólo porque sus resultados fueron ampliamente divulgados y discutidos, con opiniones a favor y en contra. También porque están al alcance de cualquier lector, mediante el libro Obedience to authority. An experimental view, del propio Stanley Milgram, y de fácil acceso en estos días, tanto en inglés como en su traducción al español, Obediencia a la autoridad. La perspectiva experimental.

Más que los métodos utilizados por Milgram (algunos discutibles y ya suficientemente cuestionados e incluso trascendidos), me interesa ahora refrescar dos detalles del experimento. En primera, éste fue inspirado por los juicios que se hicieron a los criminales de guerra nazis, quienes por lo común alegaron que cumplían órdenes, así que no debían ser considerados responsables de sus terribles actos. ¿Fueron naturalmente malvados esos hombres, o fueron víctimas también ellos de un fenómeno de grupo que podría afectar a cualquier otra persona (ayer, hoy o mañana) en circunstancias similares o parecidas? Justo a partir de tal interrogante discurrió el estudio de Yale.

Como segundo detalle, traigo a recordatorio una de las conclusiones de Stanley Milgram, con palabras literales de su libro antes citado: “Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.

Quedaría por explicitar que, para conseguir su propósito, Milgram se valió de alguna que otra argucia, como la de hacerle creer a los participantes que eran expuestos al efecto de descargas eléctricas. Pero, como ya dije, el método es lo que menos cuenta para el caso. Hoy ni siquiera haría falta ese tipo de argucia. Los métodos ideales están al alcance de cualquier manipulador de personas, están en Twitter, en la televisión, en los foros públicos de Internet y en otros conductos. Y aun cuando en líneas generales la manipulación no persiga actos tan salvajes como los del nazismo, conserva intacta su esencia malévola, atendiendo aquello de que ocasionar o propiciar la desgracia de un individuo, aunque sea de uno solo, implica un atentado contra todo el género humano.

Es algo que los cubanos olvidamos con frecuencia. Y tanto más lo olvidamos cuanto más a salvo creemos estar de la influencia de líderes y caudillos charlatanes.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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