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¿Quién fue Amado Nervio?

¿Quién fue Amado Nervio?

¿Quién fue Amado Nervio?
marzo 22
23:16 2014

A pesar del tiempo transcurrido, para mí aún es imposible desprenderme de la incómoda sensación que me produce ese nombre aplicado a una persona. Al principio, me obsesionó encontrarle un rostro, tenía en mis manos la psiquis, el alma, pero contenidas en un recipiente de papel, así que me lancé a buscar información sobre el crisol original de carne y hueso donde se había fundido aquella materia de suprema calidad.

Desde la azotea del Gran Teatro hasta la cúpula del Capitolio, puede haber doscientos metros, si además se tiene en cuenta que aún no había amanecido cuando lo descubrí trepado allá arriba –a pesar de que había luna llena, reflectores que lo alumbraban y todo eso–, era imposible distinguir sus rasgos faciales a semejante distancia. Luego, ya de día, desde la calle, también me quedaba demasiado lejos, o sea que para mí Amado Nervio era una figura sin rostro, diminuta y lejana, cuyo pensamiento yacía en mi poder, bajo mi responsabilidad. De modo que, desatendiendo la advertencia que se me hacía en “la carta de presentación”, intenté averiguar algo del hombre que había estado detrás de todo esto.

Fragmento del prefacio de la novela inédita “Movin’ Dick en La Habana”, de próxima aparición en Miami.

Lo primero que hice fue mantenerme al tanto de la información que brindaran los medios de prensa y la televisión, ellos sí habían tenido la posibilidad de acercársele visualmente a través de los lentes de las cámaras fotográficas y de vídeo. Por otro lado, según ellos, la Seguridad del Estado y la policía lo conocían desde mucho antes, habían recogido el cadáver, era muy posible que alguna foto de él saliera en el periódico o en el noticiero, pero como dije antes, los mass media  le  echaron tierra  al  asunto de inmediato, limitándose a esas locas acusaciones de terrorismo, contrarrevolución y traición a la patria.

Sólo me quedaba una posibilidad a primera mano, y era que alguno de los trabajadores del Capitolio hubiera estado allí en el momento de la caída, llegando a tener, de alguna manera, acceso al cadáver. A esas alturas ya yo me conformaba hasta con una simple descripción oral –por inexacta que pudiera resultar. Acudí, por supuesto, a Rogelio el jardinero. Ya él me había hablado de cómo encontró el manuscrito oculto dentro de un rosal y de cómo, al leer la carta, supo que era yo el destinatario de todo aquello, claro, yo era el único lector que Rogelio conocía, él sabía, además, que me gustaba escribir cuentos. ¿A quién más se lo iba a dar? ¿A la policía? El pobre viejo estaba tan impresionado con la muerte de aquel hombre, y con la agresividad con que la prensa había tratado el tema, que no confiaba en nadie. ¿Tú estabas aquí cuando él se cayó? –le pregunté. Sí, acababa de llegar – respondió–. Pero a nadie se le permitió acercarse al cuerpo. Él cayó sobre el techo más cercano a la cúpula y la policía lo cubrió enseguida con una manta, a ninguno de nosotros se le permitió subir.

Bastante decepcionado, me refugié en la lectura del manuscrito. Todas las noches lo llevaba conmigo a la guardia y así lo leí tres veces seguidas. Siempre me he considerado un mal escritor de libros de ficción, pero en lo que a lectura se refiere, ahí sí que no hay quién me ponga un pie delante. No conozco a nadie más exigente que yo a la hora de valorar una novela o un libro de cuentos. Desde mi adolescencia me interesó la literatura, y pensaba que leyendo con atención y mucho cuidado cuentos, novelas y, sobre todo ensayos, podría descifrar la fórmula que me convertiría en escritor de primera línea. No fue así, por supuesto, pero esas minuciosas lecturas –me tomaba un mes leer una novela de doscientas páginas– me desarrollaron el gusto, dotándome de una vista de águila infalible para detectar los fallos, los baches, lo superfluo en cada párrafo, y lo verdaderamente interesante de cada narración. Era tal mi vicio por la lectura, que estoy convencido de que por su culpa yo no acababa de desarrollarme como escritor; cuando no estaba leyendo, una terrible sensación de estar perdiendo el tiempo me apretaba el pecho y me dispersaba el pensamiento. Ya por aquel entonces me bastaba con leer las diez primeras páginas de un libro para predecir, con un mínimo margen de error, la buena o mala calidad del conjunto. Con Movin’ Dick en La Habana me sucedió lo que nunca antes. Una noche de guardia me bastó para leer de punta a cabo las más de trescientas cuartillas que componían el manuscrito. Puedo decir que literalmente me las bebí de un trago y enseguida quise más. Y eso que había comenzado a leerlas con cierto recelo, pues el tono pretencioso de la carta me predispuso bastante, considero que es bueno y justo reconocerlo así. Evidentemente el tal Amado sabía lo que había escrito. Lo volví a leer dos veces más, y cada lectura aportaba nuevas y diversas razones para adorar aquel texto, pero, más que nada, para echarle un vistazo a la cara del autor.

La idea de buscar en el texto elementos y pistas que, de algún modo, me condujeran al autor, a su origen, a ese lugar enigmático donde se redactó la obra, me pareció sumamente atractiva y plausible. Es bien difícil, por no decir imposible, que un autor escriba un libro sin que en él aparezcan reflejadas las huellas frescas de sus pisadas en el camino de la vida hasta ese momento. En fin, supuse que quizás entre los personajes y las situaciones relatados en la obra podía estar la clave, la puerta que me condujera al mundo físico de Amado Nervio.

Eché a andar La Habana con el manuscrito como guía, pero de nada me sirvió. Amado siguió siendo tan etéreo e inasible como siempre, distante allá en su altura, fantasmal, envuelto en ese nombre tan ficticio y perturbador como su propia obra. De ahí que para llevar a feliz término la misión que me asignara el Destino, no tuve otra opción que ver ese nombre como una marca, como parte inseparable de ese falo en movimiento que sugiere el título, y la novela misma.

Esta novela, milagrosa sobreviviente de una feroz cacería, viene entonces a ilustrar un período poco conocido de la literatura cubana contemporánea, un lapso de tiempo bastante importante en que cabe suponer que muchas otras obras fueron secuestradas, silenciadas y asesinadas por la falacia, la feroz represión y la intransigencia a toda prueba de un régimen ordinario, despótico y dictatorial. Con sus traducciones a más de diez lenguas, Movin’ Dick en La Habana ha sido leída por medio mundo, mientras que para el pueblo que la engendró y que de algún modo es parte de ella, ha tenido que pasar inadvertida. Pero la marcha de la Historia es incontenible y estoy seguro de que, en un futuro ya no muy lejano, esta obra, del mismo modo en que halló su camino a la cima de la literatura mundial, sabrá encontrar el sendero de regreso a casa.

Sobre el autor

Augusto Gómez

Augusto Gómez

Nacido en 1970, graduado en Lengua y Literatura Inglesas en 1993, y librero en las calles de La Habana por más de quince años, salió de Cuba en el 2008. Realizó algunas traducciones para la editorial española Renacimiento, entre las que cabe destacar “Memorias de Arthur Conan Doyle” como la más importante. Toda su producción literaria --dos novelas inéditas y varios relatos-- data de finales de la década de los noventa y los primeros años del 2000. Reside en Miami.

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4 comentarios

  1. el lector
    el lector marzo 25, 19:05

    me deja con muchas ganas de leer la novela… algo distinto

  2. el lector
    el lector marzo 25, 19:06

    tiene misterio

  3. Torcuata Benavides
    Torcuata Benavides marzo 26, 00:18

    Este fragmento del prefacio de la novela, me ha dejado ansiosa por conocer la obra completa de Amado Nervio, quien se suicido lanzándose de la cúpula del Capitolio de la Habana y según entiendo, dejo un manuscrito que probablemente sea tan inquietante como este fragmento.Tiene mucho misterio y un gran movimiento interior.

  4. Callejas
    Callejas marzo 26, 08:19

    Una novela que va estremecer los cimientos de la narrativa cubana del exilio. Todo un regreso a la buena literatura, a la que nos permite disfrutar la lectura y nos mantendra en trance a través de sus reflexiones

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