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Radiografía de la literatura erótica

Radiografía de la literatura erótica

mayo 09
16:00 2011

1-EroticaIntenté escribir una novela sobre sexo. Voy a compartir la experiencia. Al fin y al cabo el mejor sexo es el compartido. El solitario -que no es tampoco desdeñable—es siempre un pobre sustituto, pese a la apasionada defensa de Onán que suele hacer mi admirado Woody Allen.

El amor y la justicia sólo deben tomarse de la propia mano cuando no queda más remedio.

Mi novela se llama «Sex-Shop», y descubro, desalentado, llegando a los últimos capítulos, que no es erótica. Trata, única y exclusivamente, de sexo; cuenta la biografía genital de una pareja y, sin embargo, no es erótica. Es trágica, humorística, irónica, pero no es erótica. Yo quería que el lector sintiera, al leerla, cierto rubor sexual. Quería excitarle. Provocarle irrigación pélvica, sudoración en la planta de los pies y –de ser posible– hasta desprendimiento de la retina.

¿Por qué ese objetivo? Porque una obra literaria que logra dispararle el vagosimpático a quien se le enfrenta me parece un notable hallazgo. Cuando un estímulo intelectual –la lectura– es capaz de aumentar el ritmo cardíaco de un bípedo tembloroso, ha tocado los límites del arte. Ya no es, simplemente, el arte como imitación de la vida, sino el arte como agente mismo de la vida en su sentido más raigalmente humano: el fisiológico.

Siempre se habla desdeñosamente del «arte frío». Arte «frío» –literatura, cine, pintura– es el que no provoca reacciones corporales, el que nos deja indiferentes. El arte «caliente» debe ser lo contrario. Es el texto que nos produce ira o risa. Es la película que nos enternece o la escultura que nos sobrecoge. Cuando una historia escrita abandona su intrínseca realidad de papel, tinta y alfabeto, y transmite al lector deseos –por ejemplo– de ayuntarse con el (la) prójimo (a), esa literatura es una prueba del mejor arte caliente, y si frío era un adjetivo de sorda censura, admítaseme que caliente deberá serlo de alabanza.

Y me puse a meditar, entonces, sobre la literatura erótica. Aquí van las más urgentes conclusiones. En primer lugar, los protagonistas suelen ser mujeres. Las historias estimulantes sobre sexo suelen relatarlas mujeres y en papeles supuestamente autobiográficos. Cuando las aventuras son masculinas, esa literatura resulta más picaresca que erótica. La más famosa heroína es Fanny Hill, pero ahí están la Gamiani de Musset o la Wilhelmine Shoroeder-Devriant, que Apollinaire rescatara a principios de siglo; los tres anónimos tomos de Memorial de una princesa rusa –libros que si no estuvieron en mi cabecera durante mi adolescencia fue porque debía esconderlos bajo mi colchón, dato que probablemente explique mi escoliosis–, la reciente Historia de O, Enmanuel y los novísimos papeles de Erica Jong. Se pueden anotar decenas de ejemplos a partir de Las mil y una noches hasta llegar a la fatigada Xaviera Hollander, pasando por el Decamerón, pasajes de la Celestina o La lozana andaluza. Cuando los hombres son los protagonistas, el relato pierde la fuerza erótica. Esto ocurre con las Memorias de Casanova y con la versión fílmica del texto que intentara Fellini. Esto ocurre con Henry Miller. Miller es escatológico, escabroso si se quiere, pero nunca erótico (eso me consuela: el maestro Miller tampoco pudo hacer una novela erótica).

Es curioso que los episodios más enervantes –así se decía antes– de la literatura erótica estén compuestos en torno a las relaciones homosexuales entre mujeres, y que no falten las más complicadas aberraciones: bestialismo, aparatos mecánicos, relaciones contranatura, etcétera. Y es curioso porque todo eso forma parte de las más recurrentes fantasías masculinas, y suele aparecer en las «confesiones» femeninas. De ahí que las famosas Memorias de una cantante alemana o la correspondencia de Fanny Hill siempre me han parecido obras de algún varón timorato y no de una señora desenfrenada.

Como en el teatro clásico, como en las payasadas de circo, la literatura erótica tiene sus «gags» inevitables. Es muy importante la verosimilitud de lo que se cuenta (¿cómo provocar taquicardia en el lector si no se cree lo que se le dice?). Por eso es útil la narración en primera persona, en forma de diario íntimo. O que la escena amorosa, aunque no le ocurra a quien la cuenta, sea relatada por alguien que la observa subrepticiamente por el ojo de una cerradura o a través de una ventana. Todo eso le confiere a la historia una atmósfera de intimidad que colabora al buen fin de irrigarle la pelvis al lector.

El dolor, el sadomasoquismo, es también obligado «tic», inapelable recurso del arte erótico. El tema es muy antiguo. Los frescos de La casa de los misterios en Pompeya, descripción pictórica de los ritos de iniciación de alguna secta, son el clásico ejemplo de las relaciones entre placer y sufrimiento. El Sade de las Confesiones o el Masoch de La Venus de las pieles inventaron poco. Hace unos años, el film japonés El imperio de los sentidos consagró ese vínculo entre sexo y muerte que ha obsesionado a los artistas. Un siglo antes, Alfredo de Musset había hecho morir juntas, y en medio del placer, a la condesa Gamiani y a la joven Fanny. El recurso, por lo visto, es siempre válido.

Pero la más desoladora conclusión es ésta: la literatura erótica carece casi totalmente de originalidad. Peor aún: no es posible la originalidad. No es posible ni siquiera en Ovidio o en Aretino. Uno y otro fueron atrevidos, que es cosa muy distinta, pero nunca eróticos. Y es que la literatura erótica está irremisiblemente condenada a narrar la anécdota sexual, y el sexo, con perdón, suele ser un terreno muy estrecho. A fin de cuentas, casi no hay diferencias entre las aventuras que contó Petronio hace dos mil años y las que en nuestros tiempos narra Xaviera Hollander con el mayor desenfado.

No sé si hay algo nuevo bajo el sol, pero bajo la sábana no hay tema que estrenar. Así que, bien mirado, me alegro de no estar escribiendo una novela erótica.

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Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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