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Ramón Alejandro y La familia Calandraca

Ramón Alejandro y La familia Calandraca

Ramón Alejandro y La familia Calandraca
mayo 23
01:40 2014

No es de extrañar que La familia Calandraca (Alexandria Library) más que la primera parte de una desencarnada tetralogía sobre la vida del pintor Ramón Alejandro, sea como un amplio mural que ha pintado, en el que expone lo que lo llevó a ser quien es hoy, sazonado con vívidas imágenes que ha rescatado de su vida, y de profundas meditaciones sobre la búsqueda del ser.

Quisiera comentar algo de la niñez de Ramón Alejandro, pero me he encontrado con un problema. Él dice que su infancia no ha terminado aún y, según ha expresado, “se hace el adulto”. Esto lo pone en un eslabón emocional diferente, y diría yo que ventajoso sobre nosotros, porque el ego y todas las emociones emparentadas no permiten que se desarrolle nuestro ser profundo.  Y me pone en una encrucijada sobre lo que quiero decir. De todas formas contaré algunos de los hechos que lo llevaron a ser este artista sensible y maravilloso.

Afortunadamente, desde pequeño, Ramón Alejandro tuvo una intensa relación con la pintura, la música y la literatura. Y digo afortunadamente, porque antes de conocer su verdadera vocación, quiso ser tabaquero y luego guagüero. Su abuelo llegó a Cuba como parte del ejército español que luchó contra los mambises y, como tantos otros soldados, quedó prendado de la belleza de la Isla y decidió quedarse a vivir en ella.  Era un hombre que poseía una voluminosa biblioteca, había estudiado en la Academia de San Fernando, en Madrid, y traído consigo muchas pinturas del Museo del Prado, copiadas por él.  En su biblioteca había una rica colección de libros con reproducciones de arte que Ramón Alejandro contempló ensimismado en muchas tardes de su temprana existencia, y fue allí, en la contemplación absorta de aquellas pinturas, en especial las obras del Tintoretto, con personajes que se arrastraban, saltaban  y se perdían con expresión de dolor o de placer en actividades clandestinas, cuando se sintió fascinado por otra vida que considerabamás intensa que la que vivía.

A los 13 años ya Ramón Alejandro llevaba sus pinturas a su tío Pepe, quien las comentaba y corregía. El tío Pepe había estudiado en San Alejandro, y aunque ciertamente no era un pintor muy exitoso, sí le dejo muy claro a Ramón Alejandro que podría decidir ser pintor, pero que si quería ganarse la vida como pintor ya eran otros cuatro pesos. Tendría que salir de Cuba y establecerse en París, donde había oído decir que los pintores lograban vivir de las ventas de sus obras. Fueron muchos los viajes que Ramón Alejandro realizó con su tío cuando iba a pintar al campo, mientras, no muy entusiasmado por la obra de Pepe, prefería entrar a los bohíos y familiarizarse con la campiña cubana, que siempre le fascinó.

Mientras transcurrían estos años preadolescentes, Ramón Alejandro se concentraba en la contemplación detallada de obras de arte, en entender el movimiento en aquellas reproducciones, valorando mucho más las sensaciones obtenidas de su observación de ellas que las de la vida misma, lo que constituyó un determinante en el desarrollo de su sensibilidad artística.

Fue cuando le pidió a su padre que lo dejara estudiar en la escuela de San Alejandro. Recibió un rotundo “no” por dos razones: primero, porque ni su abuelo ni su tío se habían ganado la vida con lo que habían aprendido en las escuelas de arte, y en segundo lugar porque la Escuela de San Alejandro era “un nido de maricones”.

Palabras leídas durante la presentación del libro en La Otra Esquina de las Palabras, el 23 de abril en el Café Demetrio de Miami.

Hizo entonces su bachillerato en los Hermanos Maristas, donde poco aprendió de lo que le interesaba. Aprovechó entonces el tumulto social y familiar reinante para hacer su último año en el Instituto de la Víbora, donde se incorporó a grupos sociales con inquietudes similares a las suyas, disfrutando de los aires de libertad que en aquel momento embargaban a una gran parte de la población en Cuba. También se pudo adentrar en el mundo de las artes de forma autodidacta, a la par que empezaba a analizar los mecanismos y tortuosos laberintos de la mente humana.

la-familia-calandracaPor aquella época, dos lecturas le abrieron al mundo de la evolución social y le ayudaron a entender adonde se podía dirigir la llamada Revolución Cubana, que ya había tomado el poder: la primera fue El materialismo histórico de Konstantinov, con el cual creyó aprender las bases sobre las que reposan las sociedades y de qué manera se podían dirigir a una finalidad precisa. La segunda lectura dio el puntillazo final. Fue Animal Farm (Rebelión en la granja), que le aclaró el fenómeno social que estaba viviendo y el curso que tomaría. Experiencias posteriores y la necesidad de una búsqueda interior que no lograba satisfacer, le determinaron a viajar a Buenos Aires, donde vivía una hermana. Este fue el inicio de su viaje hacia la conquista interior, a la vez que a la conquista de su soledad, como él mismo ha afirmado.

A partir de este encuentro con el mundo, Ramón Alejandro se fue conociendo a sí mismo, paulatinamente. Trabajó incansablemente, triunfó con sus pinturas, hizo exposiciones y formó una vida alrededor de su arte. Paralelamente estudió y estudió, fundamentalmente filosofía, y fue adentrándose en el análisis de la mente humana a la par que perfeccionaba el arte de la pintura. En París comprobó que los pintores sí podían vivir de su trabajo. Su padre se equivocaba, y su tío tenía razón.

El solapamiento del Ramón Alejandro escritor al Ramón Alejandro pintor va paralelo a su torbellino interno, a su preferencia de sobrevolar la vida antes que caminarla, al desenredo de los nudos que llenan su existencia, y a su amor a la fantasía. Tiene mucho que contar y lo hace con imágenes, todo colorido, florido. Pero les advierto, despójense de prejuicios, y abran su mente, que lo que van a leer en La familia Calandraca es intenso.

La familia Calandraca es historia con elementos de ficción que no hacen más que dar veracidad a lo narrado. En su paleta de escritor mezcla relatos, filosofía de vida y religión para pintar con palabras la esencia de los cubanos, pues, ¿cómo conciliar ser católico, consultar a un babalao, y por si la cosa se pone mala tener un Elegguá escondido detrás de la puerta?

Ramón Alejandro comienza a narrar un hecho y se eleva, se va, sube adornándolo todo con imágenes, y cuando uno está por allá arriba, colgado de una nube, te suelta y te estrellas. Entonces baja, te toma de la mano y sigue contando su historia. Y uno se queda sin saber si quedó prendado por una narración que va de lo sublime a lo desfachatado, o por las múltiples y artísticas aristas que emanan de cada rincón de su alma al contarlo. Y así, quien empieza su novela tiene que acabarla, pero lleno de chichones.

La escritura de Ramón Alejandro me recuerda a un mandala, palabra tibetana  que significa “aquello que rodea a un centro”,  esquema sagrado que representan la estructura del universo. Son figuras geométricas que, combinadas instintivamente y con la magia y la vida de los colores, representan nada menos, que nuestro interior. Un mapa que devela el camino sutil hacia nuestro propio centro, el punto a partir del cual se desarrolla nuestro propio universo. Son construcciones llenas de significado que vibran, giran y transmiten energía. Su forma interna es siempre una espiral, la veamos o no. La danza del centro con la periferia nos envuelve, actuando como un imán para nuestro contradictorio ser espiritual.

Traer a colación el mandala no es peregrino, porque Ramón Alejandro ha dedicado más de treinta años al estudio de la filosofía oriental y a la práctica del budismo. Ello se muestra en su personalidad, en sus escritos, en su forma de ver la vida. Al buscar intensamente un sentido a los mecanismos de la mente humana, ha ido creciendo interiormente para darse cuenta de algunas de las incomprensiones de la existencia y así  aliviar su desasosiego emocional.

La familia Calandraca es el grito impaciente de quien tiene mucho que decir. Aquí Ramón Alejandro se vira al revés, impúdica y elegantemente, para mostrar sus costuras y entresijos. Si el lector ha tenido alguna vez la curiosidad de colarse de invisible en la consulta de un siquiatra, para escuchar a alguien que ha vivido intensamente decirlo todo bajo hipnosis, léase este libro, del cual un título posible hubiera sido: “Desde el diván”. Y un subtítulo posible: “Las confesiones más descarnadas escritas nunca”.

Y como soy bióloga, no literata, quisiera decir, además, que una cosa es saber, por ejemplo, que una planta recibe la luz del sol y es capaz de producir oxígeno, y otra cosa conocer cómo funciona el todo y las partes de esta cadena de reacciones; una cosa es ver la planta con sus hojas verdes, que tienen la clorofila que capta la luz, y otra bien diferente cómo funciona la famosa ecuación de la fotosíntesis, que es el proceso más importante que ocurre en la naturaleza.

Así les digo que, si quieren conocer a un ser humano, no solamente como quien recibe los reflejos de la luz del sol y los convierte en realidad a través de su arte, sino además cada una de las reacciones químicas, biológicas, psicológicas y humanas que acompañan al proceso creativo, léanse este libro.

Y agárrense, son cuatro consultas al psiquiatra, porque este es el primer volumen de una tetralogía.

Sobre el autor

Vilma Cebrián

Vilma Cebrián

Vilma Cebrián es cubana, graduada de Ciencias Biológicas en la Universidad de la Habana y con un Diplomado en Administración de Negocios. Por más de 20 años ha trabajado en la distribución de libros. Actualmente es editora y distribuidora. Vive en Miami, Florida (cebrianv@gmail.com).

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2 comentarios

  1. Armando Añel
    Armando Añel mayo 29, 01:19

    Una disección! Gracias a Vilma por esta magnífica introducción a la novela.

  2. raul lopeztegui
    raul lopeztegui mayo 30, 15:19

    con el talento se nace.el autodidacta tiene que salir a buscar sus herramientas,pero sale a buscarlas ya que comprende su valor, esto es en si uno de los razgos distintivos del talento.y a donde llegara el autodidacta…hasta donde le permita su talento. Felicitaciones a Alejandro!

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