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Rebeca Ulloa y la narración breve

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Rebeca Ulloa y la narración breve

Aristide, Denis Fortún, Rebeca Ulloa y Waldo González durante la presentación del libro en el Festival Vista

Rebeca Ulloa y la narración breve
agosto 06
17:40 2016

 

Con su nuevo volumen de narraciones, Cuerpo a cuerpo (Neo Club Ediciones, 2016), ilustrado por Aristide, Rebeca Ulloa corrobora su gusto por el minicuento o minirrelato, un subgénero que cada día gana más adeptos y adictos en Latinoamérica.

Sí, sería en el ahora lejano 1959, cuando el guatemalteco de origen hondureño Augusto Monterroso incluyera su clásico “El dinosaurio” en Obras completas (y otros cuentos), considerado hasta poco tiempo atrás la pieza más breve en español, ya que a inicios del presente siglo otros autores y ejemplos han superado, solo en extensión, la brillante intención del humilde Tito Monterroso, quien de cualquier modo fijaría el canon con su brillante: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»

Cierto, “El dinosaurio” fue el más breve minirrelato hasta la publicación de otros dos durante el primer sexenio del siglo XXI: el primero, en 2005, es “El emigrante”, del mexicano Luis Felipe Lomelí, y el segundo, en 2006, es “Luis XIV”, del español Juan Pedro Aparicio, quien narra con una sola palabra la minitrama de este superminimalista texto, incluido en su libro La mitad del diablo (2006) y es sin duda hasta hoy (31 de julio del 2016) el de menor extensión en nuestra lengua.

En Cuba

No escasos narradores residentes en nuestra sufrida Isla, desde más o menos unos quince o veinte años atrás, incursionan en este subgénero. Para apoyar su desarrollo, algunas editoriales de provincias, como Sancti Spíritus, crearían premios y, en no pocos ejemplos de minirrelatos que leí en Cuba sus autores sugerían veladamente temáticas sobre la irrealidad cubana.

En Miami

En nuestra ciudad, algunos escritores igualmente escriben minicuentos, entre ellos mi cara colegamiga Rebeca Ulloa, quien, ajena a las preocupaciones formales y restrictivas, apunta en su prólogo a Cuerpo a cuerpo:

mis textos […] son cuentos cortos y algunos hasta resultan una especie de microcuentos o viñetas. En realidad, no nos preocupa eso de andar clasificando por géneros. No nos parece bueno poner etiquetas a todo. Cuando se escribe, se dibuja o se pasa por cualquier proceso de creación, no se deberían preestablecer límites.

«Nada más increíble que la vida misma», nos dice también con sabiduría socrática de irredenta guantanamera Rebeca, tal demuestra en sus breves textos, que si no tan mínimos poseen en cambio virtudes como, entre otras: la precisión, el humor y su praxis vital dictada al oído por un sabichoso Pepe Grillo.

Una peculiaridad de sus logradas piezas es que todas están dedicadas a familiares, amigos u otras personas cuyos nombres no menciona, pues no es necesario, ya que, seguramente, ellos se reconocerán al leerlos y, como la autora, recordarán, con “salvaje nostalgia” o una sonrisa, el momento, el hecho o la situación evocada.

En la primera sección o parte, «Siete cuentos iniciales», ya la narradora muestra sus credenciales con relatos que adentran el lector en sus temas. De tal suerte, en el primero, «Juego de espejos», dedicado «a mi madre… tan estricta y tan amorosa», al detallar Rebeca el ambiente costumbrista de la época asimismo muestra el reprimido erotismo en la vida provinciana, aún vigente durante los iniciales años de la mal llamada Revolución, y cuenta:

Allí estaban, este viernes, más pegados los dos que los viernes anteriores. Ella, cumpliendo el pedido de Él. Además del nuevo orden de los muebles de la sala, burlando el juego de los espejos; no llevaba pantaletas y sí una ancha, anchísima falda estampada que facilitaba el desandar de la mano de Él entre los pliegues de la tela hasta llegar al final, a ese final tan deseado que se le ofreció húmedo y suave. Ella había ensayado muchas veces con su propia mano, pero nada en el mundo se parecía a esta sensación visceral que la embargaba ante el excitante movimiento de los dedos de Él en su interior, que Ella hubiera querido detener en el tiempo.

Finalmente cierra con acierto su texto, aserto vital:

No importó esa noche que la abuela y la madre tuvieran ataques seguidos de tos y que no entendieran por qué no recibían ninguna imagen de los novios en ninguno de los espejos. No importó que el domingo la misma madre convidara al padre a reordenar los muebles de la sala y restaurar el juego de espejos, porque Ella había descubierto aquel viernes, y para siempre, los misterios del amor.

En «Rosaura» —dedicado «al primer amor, que algunos no olvidan»—, la autora opta por un clásico recurso utilizado por grandes autores desde el siglo XIX: el final inesperado, que no por muy utilizado ha perdido eficacia, sino, al contrario, si se emplea con talento y minimalismo, como lo hace Rebeca, funciona bien. Y no digo más, por obvias razones.

En otros instantes, como en «La iglesia del Buen Pastor» —dedicado «a un viejo amor»—, recurre al tono nostálgico y poético, sin desentenderse de su recurrente y logrado recurso, el final inesperado, para concluir:

El domingo, como cada domingo, van juntos a la misa del Buen Pastor. Comulgan juntos, rezan uno al lado del otro, ruegan por los mismos sueños de adolescentes. Salen de misa y se van a la casa de Él. Como cada domingo, ríen, hacen planes, disfrutan los besos furtivos.

Así pasan, durante años, primaveras y veranos, inviernos y otoños. Siempre igual: juntos a la salida del colegio, juntos en la misa, juntos en el parque. Por eso no hay quien pueda explicar que hoy, el primer domingo de este verano, Ella, del brazo de su padre y acompañada por la marcha nupcial, llegue al altar con otro que no es Él y se case allí mismo, en la Iglesia del Buen Pastor.

Por su parte, «Amor en el chat» —que dedica «a mis amigos de FB»— muestra un tema con variaciones, al presentar otra situación de pareja cuyo final ofrece una inesperada sorpresa. Así, acorde con los comunes equívocos que suelen darse en las citas a ciegas por Facebook, concluye con no menor acierto: «Las diez y once minutos: Ella se pone de pie, empujándolo suavemente. Toma la rosa amarilla, su cartera al hombro y susurra al oído de Él:

“No… no soy yo”.

Otro tipo de relación se da en «La novia» —dirigido “a las muchachas casamenteras”—, donde la joven que ansía la soñada boda, justo en el decisivo momento, según nos cuenta Rebeca, actúa así:

Los dos arrodillados, tomados de las manos, uno al lado del otro. Ha llegado el día soñado. Él dice que sí. ¡Ha dicho que sí! Ahora le toca a Ella. Silencio. Ella suelta su mano, se pone de pie. Lo mira agradecida, amorosa. Le da un beso en la mejilla y con aire de vencedora recoge su largo velo, su larga cola del vestido de novia, se da vuelta y sale por el pasillo a la puerta principal, ahora sin acordes de la marcha nupcial.

La segunda y última parte se titula «Siete cuentos finales», y tal es el número de textos incluidos en esta sección, conformada con minicuentos donde afloran sucesos reales, imaginados o contados a Rebeca por otras personas.

La inicia el relato «Veinte años atrás» y es, como lo expresa en un epígrafe la narradora, un homenaje al filme Lo que el viento se llevó.

Pero es mucho más, porque Rebeca combina elementos hoy acaso demodés en el re-descubrimiento de los amantes quienes, si bien cuando se re-encuentran en apariencia guardan el viejo amor, pero tras mirarse y redescubrirse se van percatando que sus ayeres líricos ya quedaron atrás. Para ello, la autora realiza una vivisección o tratamiento con leve ironía.

«De donde ella viene…», dedicado «a alguien que aún la recuerda», posee rasgos distintivos que lo hacen uno de los mejores textos del volumen. Tales peculiaridades son: fino erotismo, admirable concisión, manejo de la tensión, dominio de las situaciones y certero ritmo, virtudes por las que resulta un momento decisivo en el cuaderno.

Como en otros de sus relatos, al final, cuando el muchacho va a entrar al baño a poseer y saciar a la excitante madre de su amigo Marquitos, este llega y frustra las eróticas intenciones de ambos.

En «Aquel asunto», dirigido «a todo aquel que calla porque no sabe cómo decir la verdad…», la narradora, indeclinable cinéfila, se vale de un recurso empleado en su filme El ángel exterminador por uno de mis cineastas preferidos, Luis Buñuel, quien utiliza con singularidad las reiteraciones de secuencias, si bien no idénticas, cercanas. Reiteraciones tan utilizadas por el cineasta aragonés en tantos momentos del gran filme, que alcanzan la decena y otorgan un ritmo extraño y poético a la valiosa cinta, merecedora de sendos premios en el Festival de Cannes de 1962: el Fipresci de la crítica internacional y el de la Sociedad de Escritores del Cine.

De tal suerte, Rebeca ofrece tres finales en este cuento. Como el también director de Un perro andaluz, Ese oscuro objeto del deseo y Viridiana, nuestra narradora aquí y en otros relatos opta por los finales abiertos y las historias inconclusas, dejando al lector imaginar los desenlaces. Quizás también como Buñuel piensa que la naturaleza humana es demasiado compleja para que el final de sus cuentos sea su acabamiento y resolución.

La lectura del delicioso cuento «¡Oh vida…!» —autodedicado «al recuerdo de la adolescente que alguna vez fui»— causa una amada y salvaje nostalgia en quienes peinan canas y en otros que ya estamos descabellados.

La oportuna combinación de letras de boleros y recuerdos de la adolescencia, me evoca otras gratas lecturas: Boquitas pintadas y La traición de Rita Hayworth, del argentino Manuel Puig que, por su logro, resulta, en suma, un homenaje al reino perdido de la adolescencia.

Por su parte, «Domingo de Ramos» —dedicado «a la época en que quería ser monja»— es la mini historia de una chica religiosa en plena adolescencia y su encuentro con el sexo, despertado por un cura que, deseoso de la muchacha, sutilmente le descubre la belleza de su joven cuerpo y la incita al disfrute de los primeros clamores sexuales que la llevan finalmente a rechazar su aspiración a ser monja.

Por último, el cuento que titula el libro es otro acertado momento en el conjunto, ya que descuella lo imaginativo de la breve y sencilla anécdota, narrada con síntesis y ritmo, pues en apenas un par de cuartillas la autora establece un mundo referencial en el que la literatura se mezcla con la historia y el erotismo para establecer un fresco convincente.

Por fin, con la edición de Cuerpo a cuerpo, Rebeca Ulloa avanza con decisivos pasos por el difícil camino del minirrelato que, a un tiempo, es asimismo el borgiano sendero de los jardines que se bifurcan sin nunca cambiar el ansiado derrotero: la incambiable literatura.

Sobre el autor

Waldo González López

Waldo González López

Poeta, ensayista, crítico teatral y literario, periodista cultural, es graduado en la Escuela Nacional de Teatro (ENAT) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana (Universidad de La Habana). Autor de 20 poemarios, 6 libros de ensayo y crítica literaria, diversas antologías de poesía, décima y teatro, desde su arribo a Miami (2011) ha sido ponente y jurado en eventos teatrales y literarios internacionales. Merecedor del 3er. Premio de Poesía en el X Concurso “Lincoln-Martí” 2012, colabora con las webs teatroenmiami.com (Miami), Encuentro de la Cultura Cubana (España), Palabra Abierta (California), el Boletín de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (New York), el blog Gaspar El Lugareño, la revista bimestral y digital Otro Lunes y la digital y en formato de papel Baquiana, por cuyas Ediciones Baquiana publicó en 2015, y en su Colección Poesía, su antología “Trazo estos signos en la arena”.

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