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Receta para un buen artículo periodístico

Receta para un buen artículo periodístico

enero 13
04:56 2012

1-11_al_tecladoArturo Villar hace algún tiempo me pidió que escribiera mi “receta” para hacer buenos artículos periodísticos. Y puso en igual trance a Madariaga, a Sender, a Umbral, a Arciniegas, a Uslar Pietri y por ahí.

La verdad es que me cogió de sorpresa. Ni yo estaba seguro de que fueran buenos, ni mucho menos de tener una receta. Lo primero ha sido releerme para enterarme de lo que llevo escrito. Como me temía, no estoy de acuerdo con casi nada. La inveterada manía de oponerme a cuanto leo me ha llevado a la paradoja de no coincidir conmigo. (Me alegro. Sólo las piedras son inmutables.) Después de este infamante ejercicio de onanismo literario saqué en limpio varias conclusiones, y las doy por epígrafes, muy sistemáticamente, porque me sospecho que detrás de la petición hay un malvado propósito didáctico.

El título. Suelo hacer una alusión literaria de fácil rastreo por el lector culto. No escribo para la masa, entre otras cosas porque es inútil. La masa no lee columnas de opinión.

El primer párrafo. Debe ser contundente. La primera oración debe invitar a la lectura. Es una trampa para que el lector insista.

La extensión. Un artículo de opinión es como una especie de telegrama crispado. Hay que decirlo todo en quinientas palabras. Por eso lo ideal es concretarse en desarrollar una idea. Las digresiones sobran. Es preferible hacer afirmaciones tajantes que dedicarse a probarlas con ejemplos y razonamientos. Lo que abunda, daña, pesa, lastra al artículo.

El estilo. El estilo, como el documento de viaje, debe ser personal e intransferible. La prosa correcta sólo sirve para llamar a los taxis. Un señor que escribe artículos de opinión tiene que comenzar por tener una opinión sobre el estilo. Arciniegas y Umbral son los mejores ejemplos de lo que digo. Dos líneas de estos escritores bastan para adivinar la firma.

El tono. Debe responder a la personalidad del autor. Mis artículos son irreverentes y ocasionalmente irónicos porque padezco ambos defectos. No tengo, en cambio, el de la seriedad absoluta. Estar siempre serio puede conducir a la atrofia de la mandíbula inferior. Lo mejor –se me ocurre– es mezclar humor y trascendencia. Elegir un tema serio y tratarlo con desenfado. El lector listo agradece humor y contenido. El lector solemne –que es, evidentemente, tonto– se siente defraudado con la combinación. Pero uno escribe para lectores listos.

La sintaxis. Simple. Muy simple. Oraciones cortas. Un adjetivo, o, a lo sumo, dos. Pero aportando siempre cierta imaginación en el lenguaje. El artículo periodístico es un género literario tan digno como el ensayo o el soneto, pero con mayor cantidad de lectores. Hay que cuidarlo. Tiene su poética, su métrica, sus reglas. Tiene, en fin, su estética. No se trata de mera redacción informativa. La prosa del artículo tiene un ritmo y una secuencia lógicas que hay que tocar, aunque sea de oído.

Los temas. «Nada humano me es ajeno», como decía el griego, pero sin caer en lo de «nada ajeno me es lejano» que afirma García Márquez en sus raptos de humor plagiario.

Los especialistas suelen ser un fraude. Hay que opinar de todo cuanto tengamos una opinión formada. La única limitación es la originalidad. Si lo que va a decir no es mínimamente original, no lo diga. Cállese la boca. Mientras mayor sea el talento del que escribe, más detestable resultará leerle un lugar común. Esto ocurría con Miguel Angel Asturias. La misma mano que escribió “Señor Presidente” perpetraba unas crónicas insulsas sobre la polución atmosférica.

La ética. No mienta nunca. Equivóquese, aun exagere, pero ni mienta ni difame. Tampoco oculte nombres, datos, señas. Es mejor hablar claro y al grano. Cierta agresividad conviene. Estimula su vesícula y la del lector, aunque la bilis de quien lee –me consta– muchas veces no es la misma de quien escribe. Los anónimos, las amenazas de muerte y los retos a duelo –todavía hay imbéciles que retan a duelo– acaban convirtiéndose en anécdotas amables.

El final. Hay que volver al principio. A veces basta una misteriosa referencia al lector cómplice. Por ejemplo: contad si son quinientas, y está hecho.

Una primera versión de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980).
http://www.elblogdemontaner.com/

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